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25.

Sanación.

—¿Se dio cuenta por qué era importante que me llamara tan pronto supiera algo o recuperara la memoria? —le increpó la sicóloga, preocupada por los últimos hechos en la vida de Gabriel.
—Sí, Julieta, ahora lo sé.
—De todas formas, lo único que lo disculpa es que usted deseaba saber sobre su tiempo sin memoria y estaba en su derecho de hacerlo. Pero los médicos no tenían la misma opinión. Discrepé con ellos en un par de cosas, pero sabía que había algo más.
—Primero, los médicos no querían ocasionar un shock traumático que empeorara mi situación. Eso puedo entenderlo.
Gabriel se quedó pensativo un momento.
—¿Y segundo?
—Mi esposa pidió que no me contaran nada de lo ocurrido.
—¿Por qué?
—Quería protegerme.
— Y protegerse ella también.
—¿Por qué lo dice? —le preguntó Gabriel, y se revolvió incómodo en la silla.
—¿Gabriel, no se da cuenta de que ambos tomaron decisiones
algo extremas para poder sobrevivir emocionalmente?
—No entiendo.
—Piense un poco. ¿En qué momento de su captura se sintió más desesperado?
—Cuando me enteré de la traición de Melisa —dijo, y ahí lo entendió todo. Su amnesia había sido emocional; fue el muro con que protegió sus sentimientos para poder seguir viviendo—. Lo entiendo, pero, ¿y Melisa?
—Para ella no es fácil tampoco. Se siente culpable. Si usted no la hubiera conocido, nada de esto habría pasado. Además, está lo del bebé… Ella se siente responsable de su perdida.
—¿Por qué? —le preguntó Gabriel abatido. Su angustia iba en ascenso.
La psicóloga se quedó pensativa durante unos segundos. Finalmente contestó:
—De pronto piensa que no lo supo proteger.
En ese momento Gabriel se dio cuenta de que su secuestro había tenido tentáculos muy largos. Aún los tenía; había afectado la vida de todos a su alrededor.
—¿Qué hago ahora? —Se llevó ambas manos a la cara y se levantó de repente. Empezó a caminar por la habitación—. La amo tanto.
—Ambos deben superar todo esto y aprender a vivir con el recuerdo de todo lo que pasó. Sin reproches. Sin culpas. Sin miedos.
—No es tan fácil —le contestó él, no de muy buena manera.
—Es lo que sucede cuando se vive una situación como la que ustedes vivieron. El secuestro afecta a todo el núcleo familiar. Las pérdidas no fueron solo suyas. Pero veo que ya empieza a darse cuenta.
Estaba asustada.
Melisa suspiró con fuerza. Cerró los ojos unos segundos antes de atravesar las puertas de la joyería de su madre y su suegra.
En el fondo de su alma deseaba que Gabriel la acechara, la conquistara; pero tal parecía que se había olvidado de ella.
Dos semanas sin una llamada, sin recibir flores, tan solo dos escuetos mensajes de texto.
Había salido con Miguel en un par de ocasiones. Se alegraba de tener a su gran amigo de vuelta en el país, pero estaba tan misterioso como Gabriel. No soltaba prenda.
Esa noche era la inauguración de la joyería de su madre y
Amalia. Melisa sabía que Gabriel estaría allí.
Quería llamar su atención.
Quería que la deseara.
No quería sentir miedo.
¿Y si se había olvidado de ella? ¿Y si pensaba que ya no valía la pena?
Se moriría allí mismo si lo viera entrar con otra mujer. No, Gabriel no podía ser tan cruel. Estaba segura de que no le haría eso.
Melisa no había escatimado en su arreglo personal. Traía puesto un vestido negro de Carolina Herrera, que había conseguido a un precio irrisorio en una tienda de rebajas en Nueva York; arriba de la rodilla con un discreto escote en el frente y la espalda destapada, medias negras de malla y zapatos negros de gamuza de tacón alto. Se había peinado el cabello suelto y liso y se había maquillado.
Se sentía sexy, peligrosa… Y quería que su marido lo notara.
Era un hombre muy guapo, demasiado guapo, tal vez, pensaba admirada mientras lo observaba con disimulo, vestido con un traje completo color gris plomo, camisa blanca y una corbata que no le conocía. La mirada de felino de sus hermosos ojos verdes, su porte, su altura… Adoraba todo de él. A medida que completaba el examen, una opresión en el estómago, le impedía contestar las preguntas de una conocida de su madre. Caminó en sentido contrario de donde él estaba. Necesitaba calmarse. Deseaba con toda el alma poder olvidar sus palabras y su comportamiento, pero otra vez el maldito miedo hacía de las suyas.
Cuando Melisa entró en la joyería, a Gabriel casi le da un infarto.
Al paso que iba, si no arreglaba las cosas con su mujer moriría de un ataque. El corazón daba un fuerte golpe en su pecho y era la hermosa mujer que caminaba por entre los invitados la que se lo provocaba. O en el mejor de los casos, se ganaría una ulcera del tamaño de un cráter, pensaba irónico al tiempo que sufría un agudo y agonizante deseo al ver a su mujer totalmente hermosa, sexy, seductora…
Momentos más tarde estaba molesto. ¡Qué diablos! Molesto no, furioso. No le gustaba cómo los demás hombres devoraban a Melisa con la mirada. Inclusive sus amigos le echaban una que otra mirada de admiración.
—Tranquilízate, hombre. Deja de mirarla como un loco —le decía Álvaro risueño.
Miguel terció:
—Solo lograrás asustarla, y asustar a los demás. Es la noche de tu madre. No lo arruines.
—¿Pero qué carajo piensan ustedes que voy a hacer? —Aparte de sacarla de aquí y encerrarla en una cueva, pensó Gabriel mortificado. Dejó de mirarla un momento para contemplar a su madre. Estaba bella y elegante como siempre, pero con un toque de seguridad en sí misma que no le había visto nunca antes.
Amalia se veía más que satisfecha con el modo en que estaban saliendo las cosas y Gabriel se prometió en ese momento, acercarse más a ella, conocer a esta nueva mujer que ahora se le presentaba.
“Momentos” era el nombre de la joyería. Lo habían decidido entre las dos socias. El local era precioso, con una decoración moderna, elegante y sobria, y una iluminación al estilo actual, que permitía destacar el trabajo y la minuciosidad de las joyas. Gabriel no tenía idea de que su madre tuviera tanto talento, se sintió orgulloso de ella. Las diferentes vitrinas eran de vidrio grueso, con base en madera de color oscuro y un par de pinturas collage de diferentes joyas y piedras preciosas en una conjugación de colores. Las sillas, reliquias de los años sesenta, estaban tapizadas con telas modernas de colores sobrios, en un contraste de lo más elegante. Todo muy agradable a la vista.
Aunque no era un sitio demasiado grande, en ese momento albergaba alrededor de cincuenta personas que iban de un lado a otro admirando el trabajo de las dos amigas, y de otras cinco mujeres que habían contratado para el pequeño taller que estaba en la parte de atrás del local.
Gabriel observó a su suegra, esa sencilla mujer, que encerraba sabiduría sin hacer alarde de ello. Se notaba que no cabía en sí de la dicha, enfundada en un elegante traje rojo. Aunque algo tímida al principio, ahora no podía evitar sentirse orgullosa por todo lo que había logrado.
—Estoy muy orgulloso de ti, mi vida —le decía Luis Eduardo con una sonrisa enamorada.
—Gracias, mi amor.
Todo esto alcanzó a oír Gabriel mientras pasaba por su lado, no quiso interrumpir la intimidad del momento. Dejó la copa de champaña en una de las bandejas que tenía en sus manos uno de los meseros que pululaban por el lugar.
Rafael Preciado Lavalle hizo su entrada con una seguridad que
estaba lejos de sentir. Esas semanas sin ella habían sido un infierno, y estaba allí esa noche para recuperar a su mujer.
Divisó a Amalia enseguida.
Estaba hermosa. Ese tono azul del vestido le sentaba de maravillas, pensó para sí.
Y el sitio era genial. Se sintió feliz por ella.
Algo debió evidenciar ella en su mirada, porque lo recibió con una amplia sonrisa.
—Hola, amor —la saludó él, dándole un beso en la boca que demoró más de lo habitual, como si no se hubieran despedido tan mal semanas atrás. En todo ese tiempo, él no la había buscado.
—Hola, Rafael, me alegra que vinieras —le contestó ella algo ofuscada y con un sonrojo que Rafael no le había visto en años.
Rafael se percató de su desconcierto y sonrió.
—Te felicito, el sitio es hermoso, aunque no tanto como tú. —Le sostuvo la mirada. Tomó su mano, le besó los nudillos y añadió —: Estoy orgulloso de ti.
—Gracias, eres muy amable —contestó ella, con una mirada especulativa.
Charlaron de trivialidades, pero Rafael no le quitaba la vista de encima. En un momento dado, puso su mano en la espalda de ella, y con un movimiento del pulgar, acarició su espalda. Amalia se estremeció.
—Voy a mezclarme con los demás invitados— le dijo ella nerviosa.
—Claro, querida, ve —le contestó él mientras la miraba con deseo—. Después me muestras todo lo que quiero ver.
Melisa estaba nerviosa.
Ya se había tomado dos copas de champán. Sabía que tendría que saludar a su marido de un momento a otro.
Podía advertir su mirada recorriéndola entera. Estaba observando un collar de piedras turquesa con unos aretes a juego, cuando, sin necesidad de voltear a mirar, percibió la presencia inconfundible de su marido.
—Tengo tantas ganas de ti —le susurró él al oído.
Melisa casi se derrite allí mismo. Se le pararon los pelos de la nuca al oír aquel tono de voz cuya frecuencia detentaba el poder de aflojarle las rodillas, levantarle el vello de la nuca, y alterar los latidos. Todo a su alrededor desapareció de repente, la gente, los ruidos de las conversaciones, la música suave, el entrechocar de las copas.
—Tengo ganas de desnudarte y besarte toda —le decía mientras le acariciaba el brazo de arriba abajo.
Dios…Este hombre me va a matar.
Sentía escalofríos que la recorrían de los pies a la cabeza.
—Hasta que llores de placer en mis brazos.
Durante unos enloquecedores segundos, quiso decirle que sí.
Lo anheló tanto…
Quería que se la llevara de inmediato, y que cumpliera cada una de sus palabras. Pero las dudas la asaltaron enseguida, y se encargaron de opacar su deseo de arreglar las cosas.
De pronto pensó que había sido una necedad haberse vestido de esa forma para incitarlo si ella no iba a ser capaz de dar ese paso. Le aterrorizaba que él la volviera a rechazar y que, al mirarla, solo pudiera ver la crueldad de su secuestro.
Le dolió tanto el corazón. Era incapaz de hablar, tenía un nudo atravesado en la garganta desde que la había abordado.
—Eres tan hermosa que me duele verte —le susurraba cada vez más pegado a ella, sin importarle la gente alrededor.
Seguía muda.
—Quiero acariciarte —le susurraba con la respiración entrecortada—, contemplar tu cuerpo y que me sientas muy dentro de ti…
—Gabriel, por favor… —le rogaba ella en un murmullo.
—¿Por favor qué? —le preguntó ansioso—. ¿Por favor, no pares? O, ¿por favor, llévame lejos de aquí?
Melisa no contestó.
—Siento tanta necesidad de ti, de tus besos con sabor a miel, de tus caricias… Sentir el roce de tus manos en mi pecho y en mi espalda.
Gabriel le acariciaba la espalda de arriba abajo, de forma lenta y sin pausa.
Nadie se fijaba en ellos. A la vista de todo el mundo, solo parecían una simple pareja cortejándose.
—La sensación de estar dentro de ti, ni te lo imaginas —sonrió él extasiado. —Si me preguntaran cuál es mi lugar favorito, aquel lugar que escogería para quedarme durante el resto de mi vida, sin duda alguna contestaría que mi lugar favorito eres tú.
Y allí, en medio de un salón abarrotado de gente, Gabriel le hizo el amor a su mujer, solo con su tono de voz y con un ligero roce de sus dedos en la espalda.
—Te pertenezco, amor… Soy tuyo en cuerpo y alma.
—Detente, Gabriel, por favor —le dijo Melisa al tiempo que lo miraba a los ojos—. Sabes que no puede ser.
Y por fin se alejó de él, sabía que lo había extraviado en el desencanto.
Mierda.
Tenía que salir a tomar aire.
La miraba desde la calle.
¿Qué más hacer Dios mío? ¿Cómo convencerla? Al relatarle a Julieta todo lo ocurrido en Nueva York, ella le hizo ver que Melisa, ahora más que nunca, trataría de permanecer lejos de él; sus palabras hirientes habían hecho el trabajo. Tendría que tener mucha paciencia para poder demostrarle a ella que esas palabras habían sido fruto de su desesperación por la supuesta traición.
No era tan fácil, pensó consternado. Una cosa es la teoría y otra la práctica. Melisa era terca. Debía tomar medidas drásticas, se dijo Gabriel resuelto.
—Hola, hijo —saludó Rafael. No habían vuelto a hablar desde aquel dichoso día de la confesión.
—Hola, papá —contestó Gabriel el saludo con gesto inescrutable. Otra cadena en el eslabón.
—Hijo, necesito hablarte.
—Yo también, papá.
Con un gesto le pidió que hablara primero.
—Tú sabes que soy un cabezota en todo lo que se refiere a la familia —colocó las manos en los bolsillos y lo miró consternado—. Estaba desesperado por ti, hijo, no podía tolerar que algo malo te pasara. Perdóname.
—Papá, yo entiendo la situación. Y claro que te perdono, eres mi padre. Pero debes darme tiempo para recuperar lo que teníamos, por favor.
—Claro, hijo, claro.
Era su padre y merecían un nuevo comienzo.
—¿Te lo está poniendo difícil, eh? —dijo de pronto Gabriel, al ver la mirada de su padre a través del vidrio de la ventana de la joyería.
—Sí, pero lo solucionaré, así tenga que pedir el divorcio —contestó Rafael en broma.
—Tú no te quieres divorciar —le señaló al ver cómo la mirada de su padre contradecía sus palabras.
—No, cómo se te ocurre. Solo quiero que acepte sus sentimientos. Tu madre es el amor de mi vida.
—¿Por qué no la convences con palabras? —le dijo, aunque a él no era que le hubiera dado mucho resultado.
—Hijo querido, a nuestra edad se necesitan más que palabras, y es lo que me encuentro dispuesto a hacer en este momento.
—Parecen dos muertos de hambre mirando un pastel en la vitrina —señaló Álvaro al ver cómo los dos hombres miraban a sus mujeres.
Ambos se sonrojaron.
—Los dejo —dijo finalmente Rafael. Antes de volver a entrar añadió —: Chicos, aprendan del maestro.
Amalia charlaba con unos amigos. Rafael se acercó hasta el grupo, saludó, conversó y, muy sutilmente, la alejó del lugar, y la invitó a que lo llevara en un recorrido por todo el local. Amalia, con total inocencia, lo llevó al taller. Apreció que Rafael prestaba genuina atención a todo lo que ella le iba explicando, al tiempo que le hacía preguntas pertinentes de las empleadas y la aconsejaba sobre los diferentes seguros que debería tomar para proteger su negocio.
Al llegar a la oficina, Rafael la hizo entrar a ella primero. Luego entró él y se aseguró de cerrar la puerta detrás de ellos. Amalia se dio cuenta del gesto y empezó a recorrer el lugar, estaba algo nerviosa.
—¿Cómo te pareció todo?
—Todo es muy bello —se acercó a ella y la abrazó—. Te he echado tanto de menos —le decía con su boca pegada a su cabello.
A Amalia el corazón le palpitaba en el pecho.
—Han sido solo dos semanas.
Ella también lo extrañaba.
—No han sido solo estas dos semanas… Te he echado de menos estos dos últimos largos años, desde que empezó el infierno.
Amalia se tensó.
—No, no te pongas a la defensiva —la miró mientras le acariciaba un mechón de su cabello—. Sé que he sido un cretino. No puedo reprocharte nada.
—Oh, Rafael…
Pero él la interrumpió.
—He tenido tantas bendiciones en mi vida desde que te conocí —le habló con el corazón en la garganta y una sonrisa en los labios—.
Recuerdo cuando nuestras miradas se cruzaron. En ese momento sentí que comenzaba una nueva vida para ti y para mí.
—Mi amor —dijo Amalia con lágrimas en los ojos.
—Aunque tú no lo creas, con tu amor, tu pasión y tu paciencia, curaste muchos miedos de mi corazón —dijo Rafael, y con un gesto de sus dedos borró una lagrima de la mejilla de su mujer—. En estos días me di cuenta de que aún no te he dado las gracias.
Amalia suspiró y lo miró: aquellos ojos hablaban también de sus sentimientos.
—Gracias, mi amor, por tu entrega, por nuestros hijos, por nuestros amaneceres, por las puestas de sol, por el hogar que me diste, porque a pesar de todos mis desaciertos has sido un faro en mi vida.
Amalia lloraba tanto que necesitó un pañuelito, se separó un momento de él para buscarlo.
Él la siguió.
—Perdóname por mis exabruptos, por mis celos infundados, por mi egoísmo, por querer siempre todo de ti.
Rafael la abrazó y Amalia volvió a sentirse amada.
—Tú siempre has seguido mi camino. Es hora de que yo siga el tuyo. Quiero vivir tus ilusiones, quiero estar contigo en esta nueva etapa de tu vida. Lo quiero todo, quiero ser el hombre que acompaña a esta gran mujer. Solo soy un hombre lleno de defectos que lo único que quiere es hacerte feliz.
—No digas más.
Amalia lo abrazó y lo besó con toda pasión.
Rafael empezó a besarle el cuello mientras la aferraba a él. La acariciaba con urgencia. En cuestión de segundos estaban jadeando como dos adolescentes.
Amalia lo deseaba, y eso era algo que no había cambiado con los años. Ni la menopausia, ni los parches hormonales, nada había modificado el deseo por su marido. Y Rafael era consciente de eso.
—Vamos a otro lugar —le decía entre jadeos.
—Me temo que vamos a inaugurar la oficina, querida —dijo él sonriente, mientras se aflojaba la corbata; la chaqueta ya la había tirado en cualquier parte—. Cada vez que te sientes al escritorio, vas a pensar en este momento.
—Estás loco.
—Sí, loco por ti.
Amalia no pudo evitar sonreír mientras le rodeaba el cuello con
los brazos para darle un largo y apasionado beso.
Gabriel no quitaba el ojo a su esposa desde afuera del local. Le llegó el olor a cigarrillo de un par de jovencitas que fumaban unos metros más allá. Su hombro estaba recostado en una de las columnas, tenía una de sus manos en el bolsillo del pantalón y el ceño fruncido por la tensión que lo habitaba. La observaba desde allí, por entre el mismo vidrio de la ventana donde la había observado hacía como media hora. La veía charlar con los invitados, sonreír y era como si un puño le atravesara el estómago, y sus ojos, sus malditos ojos que lo hacían tan vulnerable. ¿Quién sería el tipejo con el que hablaba? Parecía muy cómoda, charlaba con todo el mundo. Se acercó a sus padres, abrazó como por decima vez a su madre. Era una mujer buena y Gabriel no sabía qué hacer para atraerla otra vez hacía él.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Álvaro al ver cómo Gabriel miraba a su mujer.
—No tengo idea… —dijo, quedándose pensativo por un momento—. Mi padre podría tener razón.
—¿Acerca de qué? —preguntó Álvaro.
Gabriel sonrió, ante el tono de voz empleado por Álvaro y al ver su cara que era todo un poema. Seguro que por todo lo que había vivido con su padre durante su cautiverio.
—No te preocupes. Simplemente fue un comentario que me dejó pensando.
—¡Dios bendito! —Suspiró Álvaro.
Rafael y Amalia salieron rato después de la oficina.
Gabriel los observó con envidia. Deseaba ser él quien hubiera salido de ese cuarto con Melisa. A leguas se notaba que sus padres habían estado pasándolo bien en la oficina.
Bien por ellos, pensó. Ya era hora de que dejaran la pesadilla atrás.
Observó nuevamente a su mujer, molesto por la sensación de impotencia que sentía crecer en su corazón cada vez que la miraba.
Melisa salió del local rato después. Respiró profundo al contacto del aire nocturno. Como si el interior la asfixiara, pensó Gabriel. Se colocó el abrigo y acomodó el sobre negro de fiesta en la mano.
La noche estaba algo fría, la oyó tiritar. La calle estaba en silencio, roto solo por el ruido del exhosto de un auto que la asustó. Hizo el amague de entrar otra vez. Él salió a su encuentro simulando una seguridad que estaba lejos de sentir.
—Melisa —la llamó Gabriel.
Ella no lo había visto, porque Gabriel estaba al pie de la columna que estaba en penumbras. La sintió tensarse.
—Me voy a casa —dijo mientras miraba hacia la calle con la esperanza de ver aparecer un taxi.
—Te llevo.
—No creo —le contestó ella, y evitó su mirada.
Gabriel no aguantó más, toda su frustración por la situación salió a flote. Con la desesperación en las manos, agarró a Melisa del brazo y la llevó a una de las camionetas.
—Suéltame —lo miró furiosa, con gesto nervioso se acomodó su cabello.
—¡No! —le contestó él con mirada malévola.
La subió a la camioneta y le dijo al chofer que dejara encendida la calefacción y lo esperara afuera. Quería increparla por su terquedad, y a la vez besarla como loco. Deseaba ponerse de rodillas, suplicarle que lo amara otra vez, y al mismo tiempo reñirle por su desconfianza. Pero al estar allí al lado de ella y sentirla tan cerca, la abrazó posesivo, le tomó la cara con las dos manos y la devoró en un beso que hablaba de deseo y desesperación.
—Mi amor, mi amor, mi amor —le susurraba en sus labios.
—No —la oyó murmurar—, Gabriel, por favor, suél-tame.
Melisa trataba de esquivarlo y eso lo enfureció aún más.
—¿Por qué no? —le aferró la cadera y con caricias bruscas la pegó más a él —. ¿Ya no me deseas?
—No —inventó—, ya no.
—¿Estás segura? —Con voz endurecida y mirada turbia le espetó—: ¿Algún otro te excita?
Melisa se movió indignada, mientras trataba de separarse de él.
—Estoy aburrida de tus acusaciones, primero en Nueva York y ahora esto.
Gabriel le invadió la boca con premura. Ajeno a los gestos de Melisa, devoró sus labios, los succionó hasta que ella abrió la boca, y con ello Gabriel inició una seducción diestra con la lengua y recorrió todo el espacio de su boca. La respiración agitada y los gemidos por parte de ambos le indicaron a Gabriel el momento en que su Melisa claudicó.
Quiso brincar de la dicha cuando Melisa le respondió, y le colocó los brazos alrededor del cuello atrayéndolo más hacia ella. Sin dejar de besarla, Gabriel la reacomodó en la silla y quedó casi acostada. La
cabeza de Melisa presionaba contra una de las puertas. Le besó el cuello, le mordisqueó el mentón y por último chupó los lóbulos de sus orejas hasta que la boca buscó sus labios y ella le respondió con un beso matador.
El blindaje de la camioneta, los protegía de todo el ruido exterior, del arranque de los diferentes autos, de las puertas al cerrarse y de las conversaciones y despedidas de los amigos.
Gabriel deslizó las manos por entre las rodillas de Melisa, le subió el vestido y con caricias intensas y presurosas le sobaba los muslos. Era inútil frenar su impetuosa respiración. Soltó un gemido cuando se percató de que tenía medias de liguero. Tocó la piel entre el interior y la media, perplejo le farfulló:
—¿Para quién te vestiste así?
“Para ti”, quiso decir ella.
Gabriel intensificó sus caricias a sus muslos, y al centro de los muslos. Melisa soltó un gemido desmesurado.
—¿Quién te ha tocado así? —le susurraba mientras la acariciaba sin pausa.
Ella seguía en silencio. Él dejó de acariciarla al momento. Pero ella apresó su mano nuevamente.
—Nadie, nadie.
—¿Solo yo?
—Sí, sí, solo tú.
Melisa respondió con una cascada de placer. El interior de la camioneta fue testigo del tono de sus gemidos continuados.
Gabriel sonreía satisfecho mientras la calmaba. Sentirla así entre sus brazos, era todo lo que necesitaba para ser feliz. Como la extrañaba…
—Vamos a casa, mi amor.
—No puede ser. Quiero que te quede claro.
Gabriel soltó una carcajada irónica.
—¿Cómo me va a quedar claro? Si reaccionas ante mí como reaccionas.
Ella lo miró sonrojada y mortificada. Quiso increparlo, pero ¿para qué? Sabía que él tenía toda la razón. En cuanto Gabriel ejercía su magia con ella, se portaba como una desvergonzada.
—Te necesito —le decía él perplejo, besándole el cuello, el lóbulo de la oreja—. No puedes mostrarme el paraíso y después
despacharme hasta el infierno, como si tal cosa.
Melisa sintió una presión fuerte en su corazón, ¿Por qué hago esto? ¿Por qué me niego a él? Porque te destrozara el alma, si no lo ha hecho ya. Y apareció el miedo como una ola y barrió con todo lo que sintió cuando estuvo en brazos de Gabriel. Se escabulló de la peor manera posible.
—Solo por esta noche —dijo ella—. Después seguiré mi camino.
Se percató que Gabriel palideció de repente. Se separó de ella enseguida, se pasó los pulgares por los ojos, se arregló la corbata y después la miró.
—No te quiero para una noche —le espetó ofendido. Se le notaba un gesto incrédulo en el semblante.
—Es lo que hay.
—Pues no lo quiero.
Se bajó del auto enseguida.
—Oscar te llevará a tu casa.

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576 days ago

25.

Sanación.

—¿Se dio cuenta por qué era importante que me llamara tan pronto supiera algo o recuperara la memoria? —le increpó la sicóloga, preocupada por los últimos hechos en la vida de Gabriel.
—Sí, Julieta, ahora lo sé.
—De todas formas, lo único que lo disculpa es que usted deseaba saber sobre su tiempo sin memoria y estaba en su derecho de hacerlo. Pero los médicos no tenían la misma opinión. Discrepé con ellos en un par de cosas, pero sabía que había algo más.
—Primero, los médicos no querían ocasionar un shock traumático que empeorara mi situación. Eso puedo entenderlo.
Gabriel se quedó pensativo un momento.
—¿Y segundo?
—Mi esposa pidió que no me contaran nada de lo ocurrido.
—¿Por qué?
—Quería protegerme.
— Y protegerse ella también.
—¿Por qué lo dice? —le preguntó Gabriel, y se revolvió incómodo en la silla.
—¿Gabriel, no se da cuenta de que ambos tomaron decisiones
algo extremas para poder sobrevivir emocionalmente?
—No entiendo.
—Piense un poco. ¿En qué momento de su captura se sintió más desesperado?
—Cuando me enteré de la traición de Melisa —dijo, y ahí lo entendió todo. Su amnesia había sido emocional; fue el muro con que protegió sus sentimientos para poder seguir viviendo—. Lo entiendo, pero, ¿y Melisa?
—Para ella no es fácil tampoco. Se siente culpable. Si usted no la hubiera conocido, nada de esto habría pasado. Además, está lo del bebé… Ella se siente responsable de su perdida.
—¿Por qué? —le preguntó Gabriel abatido. Su angustia iba en ascenso.
La psicóloga se quedó pensativa durante unos segundos. Finalmente contestó:
—De pronto piensa que no lo supo proteger.
En ese momento Gabriel se dio cuenta de que su secuestro había tenido tentáculos muy largos. Aún los tenía; había afectado la vida de todos a su alrededor.
—¿Qué hago ahora? —Se llevó ambas manos a la cara y se levantó de repente. Empezó a caminar por la habitación—. La amo tanto.
—Ambos deben superar todo esto y aprender a vivir con el recuerdo de todo lo que pasó. Sin reproches. Sin culpas. Sin miedos.
—No es tan fácil —le contestó él, no de muy buena manera.
—Es lo que sucede cuando se vive una situación como la que ustedes vivieron. El secuestro afecta a todo el núcleo familiar. Las pérdidas no fueron solo suyas. Pero veo que ya empieza a darse cuenta.
Estaba asustada.
Melisa suspiró con fuerza. Cerró los ojos unos segundos antes de atravesar las puertas de la joyería de su madre y su suegra.
En el fondo de su alma deseaba que Gabriel la acechara, la conquistara; pero tal parecía que se había olvidado de ella.
Dos semanas sin una llamada, sin recibir flores, tan solo dos escuetos mensajes de texto.
Había salido con Miguel en un par de ocasiones. Se alegraba de tener a su gran amigo de vuelta en el país, pero estaba tan misterioso como Gabriel. No soltaba prenda.
Esa noche era la inauguración de la joyería de su madre y
Amalia. Melisa sabía que Gabriel estaría allí.
Quería llamar su atención.
Quería que la deseara.
No quería sentir miedo.
¿Y si se había olvidado de ella? ¿Y si pensaba que ya no valía la pena?
Se moriría allí mismo si lo viera entrar con otra mujer. No, Gabriel no podía ser tan cruel. Estaba segura de que no le haría eso.
Melisa no había escatimado en su arreglo personal. Traía puesto un vestido negro de Carolina Herrera, que había conseguido a un precio irrisorio en una tienda de rebajas en Nueva York; arriba de la rodilla con un discreto escote en el frente y la espalda destapada, medias negras de malla y zapatos negros de gamuza de tacón alto. Se había peinado el cabello suelto y liso y se había maquillado.
Se sentía sexy, peligrosa… Y quería que su marido lo notara.
Era un hombre muy guapo, demasiado guapo, tal vez, pensaba admirada mientras lo observaba con disimulo, vestido con un traje completo color gris plomo, camisa blanca y una corbata que no le conocía. La mirada de felino de sus hermosos ojos verdes, su porte, su altura… Adoraba todo de él. A medida que completaba el examen, una opresión en el estómago, le impedía contestar las preguntas de una conocida de su madre. Caminó en sentido contrario de donde él estaba. Necesitaba calmarse. Deseaba con toda el alma poder olvidar sus palabras y su comportamiento, pero otra vez el maldito miedo hacía de las suyas.
Cuando Melisa entró en la joyería, a Gabriel casi le da un infarto.
Al paso que iba, si no arreglaba las cosas con su mujer moriría de un ataque. El corazón daba un fuerte golpe en su pecho y era la hermosa mujer que caminaba por entre los invitados la que se lo provocaba. O en el mejor de los casos, se ganaría una ulcera del tamaño de un cráter, pensaba irónico al tiempo que sufría un agudo y agonizante deseo al ver a su mujer totalmente hermosa, sexy, seductora…
Momentos más tarde estaba molesto. ¡Qué diablos! Molesto no, furioso. No le gustaba cómo los demás hombres devoraban a Melisa con la mirada. Inclusive sus amigos le echaban una que otra mirada de admiración.
—Tranquilízate, hombre. Deja de mirarla como un loco —le decía Álvaro risueño.
Miguel terció:
—Solo lograrás asustarla, y asustar a los demás. Es la noche de tu madre. No lo arruines.
—¿Pero qué carajo piensan ustedes que voy a hacer? —Aparte de sacarla de aquí y encerrarla en una cueva, pensó Gabriel mortificado. Dejó de mirarla un momento para contemplar a su madre. Estaba bella y elegante como siempre, pero con un toque de seguridad en sí misma que no le había visto nunca antes.
Amalia se veía más que satisfecha con el modo en que estaban saliendo las cosas y Gabriel se prometió en ese momento, acercarse más a ella, conocer a esta nueva mujer que ahora se le presentaba.
“Momentos” era el nombre de la joyería. Lo habían decidido entre las dos socias. El local era precioso, con una decoración moderna, elegante y sobria, y una iluminación al estilo actual, que permitía destacar el trabajo y la minuciosidad de las joyas. Gabriel no tenía idea de que su madre tuviera tanto talento, se sintió orgulloso de ella. Las diferentes vitrinas eran de vidrio grueso, con base en madera de color oscuro y un par de pinturas collage de diferentes joyas y piedras preciosas en una conjugación de colores. Las sillas, reliquias de los años sesenta, estaban tapizadas con telas modernas de colores sobrios, en un contraste de lo más elegante. Todo muy agradable a la vista.
Aunque no era un sitio demasiado grande, en ese momento albergaba alrededor de cincuenta personas que iban de un lado a otro admirando el trabajo de las dos amigas, y de otras cinco mujeres que habían contratado para el pequeño taller que estaba en la parte de atrás del local.
Gabriel observó a su suegra, esa sencilla mujer, que encerraba sabiduría sin hacer alarde de ello. Se notaba que no cabía en sí de la dicha, enfundada en un elegante traje rojo. Aunque algo tímida al principio, ahora no podía evitar sentirse orgullosa por todo lo que había logrado.
—Estoy muy orgulloso de ti, mi vida —le decía Luis Eduardo con una sonrisa enamorada.
—Gracias, mi amor.
Todo esto alcanzó a oír Gabriel mientras pasaba por su lado, no quiso interrumpir la intimidad del momento. Dejó la copa de champaña en una de las bandejas que tenía en sus manos uno de los meseros que pululaban por el lugar.
Rafael Preciado Lavalle hizo su entrada con una seguridad que
estaba lejos de sentir. Esas semanas sin ella habían sido un infierno, y estaba allí esa noche para recuperar a su mujer.
Divisó a Amalia enseguida.
Estaba hermosa. Ese tono azul del vestido le sentaba de maravillas, pensó para sí.
Y el sitio era genial. Se sintió feliz por ella.
Algo debió evidenciar ella en su mirada, porque lo recibió con una amplia sonrisa.
—Hola, amor —la saludó él, dándole un beso en la boca que demoró más de lo habitual, como si no se hubieran despedido tan mal semanas atrás. En todo ese tiempo, él no la había buscado.
—Hola, Rafael, me alegra que vinieras —le contestó ella algo ofuscada y con un sonrojo que Rafael no le había visto en años.
Rafael se percató de su desconcierto y sonrió.
—Te felicito, el sitio es hermoso, aunque no tanto como tú. —Le sostuvo la mirada. Tomó su mano, le besó los nudillos y añadió —: Estoy orgulloso de ti.
—Gracias, eres muy amable —contestó ella, con una mirada especulativa.
Charlaron de trivialidades, pero Rafael no le quitaba la vista de encima. En un momento dado, puso su mano en la espalda de ella, y con un movimiento del pulgar, acarició su espalda. Amalia se estremeció.
—Voy a mezclarme con los demás invitados— le dijo ella nerviosa.
—Claro, querida, ve —le contestó él mientras la miraba con deseo—. Después me muestras todo lo que quiero ver.
Melisa estaba nerviosa.
Ya se había tomado dos copas de champán. Sabía que tendría que saludar a su marido de un momento a otro.
Podía advertir su mirada recorriéndola entera. Estaba observando un collar de piedras turquesa con unos aretes a juego, cuando, sin necesidad de voltear a mirar, percibió la presencia inconfundible de su marido.
—Tengo tantas ganas de ti —le susurró él al oído.
Melisa casi se derrite allí mismo. Se le pararon los pelos de la nuca al oír aquel tono de voz cuya frecuencia detentaba el poder de aflojarle las rodillas, levantarle el vello de la nuca, y alterar los latidos. Todo a su alrededor desapareció de repente, la gente, los ruidos de las conversaciones, la música suave, el entrechocar de las copas.
—Tengo ganas de desnudarte y besarte toda —le decía mientras le acariciaba el brazo de arriba abajo.
Dios…Este hombre me va a matar.
Sentía escalofríos que la recorrían de los pies a la cabeza.
—Hasta que llores de placer en mis brazos.
Durante unos enloquecedores segundos, quiso decirle que sí.
Lo anheló tanto…
Quería que se la llevara de inmediato, y que cumpliera cada una de sus palabras. Pero las dudas la asaltaron enseguida, y se encargaron de opacar su deseo de arreglar las cosas.
De pronto pensó que había sido una necedad haberse vestido de esa forma para incitarlo si ella no iba a ser capaz de dar ese paso. Le aterrorizaba que él la volviera a rechazar y que, al mirarla, solo pudiera ver la crueldad de su secuestro.
Le dolió tanto el corazón. Era incapaz de hablar, tenía un nudo atravesado en la garganta desde que la había abordado.
—Eres tan hermosa que me duele verte —le susurraba cada vez más pegado a ella, sin importarle la gente alrededor.
Seguía muda.
—Quiero acariciarte —le susurraba con la respiración entrecortada—, contemplar tu cuerpo y que me sientas muy dentro de ti…
—Gabriel, por favor… —le rogaba ella en un murmullo.
—¿Por favor qué? —le preguntó ansioso—. ¿Por favor, no pares? O, ¿por favor, llévame lejos de aquí?
Melisa no contestó.
—Siento tanta necesidad de ti, de tus besos con sabor a miel, de tus caricias… Sentir el roce de tus manos en mi pecho y en mi espalda.
Gabriel le acariciaba la espalda de arriba abajo, de forma lenta y sin pausa.
Nadie se fijaba en ellos. A la vista de todo el mundo, solo parecían una simple pareja cortejándose.
—La sensación de estar dentro de ti, ni te lo imaginas —sonrió él extasiado. —Si me preguntaran cuál es mi lugar favorito, aquel lugar que escogería para quedarme durante el resto de mi vida, sin duda alguna contestaría que mi lugar favorito eres tú.
Y allí, en medio de un salón abarrotado de gente, Gabriel le hizo el amor a su mujer, solo con su tono de voz y con un ligero roce de sus dedos en la espalda.
—Te pertenezco, amor… Soy tuyo en cuerpo y alma.
—Detente, Gabriel, por favor —le dijo Melisa al tiempo que lo miraba a los ojos—. Sabes que no puede ser.
Y por fin se alejó de él, sabía que lo había extraviado en el desencanto.
Mierda.
Tenía que salir a tomar aire.
La miraba desde la calle.
¿Qué más hacer Dios mío? ¿Cómo convencerla? Al relatarle a Julieta todo lo ocurrido en Nueva York, ella le hizo ver que Melisa, ahora más que nunca, trataría de permanecer lejos de él; sus palabras hirientes habían hecho el trabajo. Tendría que tener mucha paciencia para poder demostrarle a ella que esas palabras habían sido fruto de su desesperación por la supuesta traición.
No era tan fácil, pensó consternado. Una cosa es la teoría y otra la práctica. Melisa era terca. Debía tomar medidas drásticas, se dijo Gabriel resuelto.
—Hola, hijo —saludó Rafael. No habían vuelto a hablar desde aquel dichoso día de la confesión.
—Hola, papá —contestó Gabriel el saludo con gesto inescrutable. Otra cadena en el eslabón.
—Hijo, necesito hablarte.
—Yo también, papá.
Con un gesto le pidió que hablara primero.
—Tú sabes que soy un cabezota en todo lo que se refiere a la familia —colocó las manos en los bolsillos y lo miró consternado—. Estaba desesperado por ti, hijo, no podía tolerar que algo malo te pasara. Perdóname.
—Papá, yo entiendo la situación. Y claro que te perdono, eres mi padre. Pero debes darme tiempo para recuperar lo que teníamos, por favor.
—Claro, hijo, claro.
Era su padre y merecían un nuevo comienzo.
—¿Te lo está poniendo difícil, eh? —dijo de pronto Gabriel, al ver la mirada de su padre a través del vidrio de la ventana de la joyería.
—Sí, pero lo solucionaré, así tenga que pedir el divorcio —contestó Rafael en broma.
—Tú no te quieres divorciar —le señaló al ver cómo la mirada de su padre contradecía sus palabras.
—No, cómo se te ocurre. Solo quiero que acepte sus sentimientos. Tu madre es el amor de mi vida.
—¿Por qué no la convences con palabras? —le dijo, aunque a él no era que le hubiera dado mucho resultado.
—Hijo querido, a nuestra edad se necesitan más que palabras, y es lo que me encuentro dispuesto a hacer en este momento.
—Parecen dos muertos de hambre mirando un pastel en la vitrina —señaló Álvaro al ver cómo los dos hombres miraban a sus mujeres.
Ambos se sonrojaron.
—Los dejo —dijo finalmente Rafael. Antes de volver a entrar añadió —: Chicos, aprendan del maestro.
Amalia charlaba con unos amigos. Rafael se acercó hasta el grupo, saludó, conversó y, muy sutilmente, la alejó del lugar, y la invitó a que lo llevara en un recorrido por todo el local. Amalia, con total inocencia, lo llevó al taller. Apreció que Rafael prestaba genuina atención a todo lo que ella le iba explicando, al tiempo que le hacía preguntas pertinentes de las empleadas y la aconsejaba sobre los diferentes seguros que debería tomar para proteger su negocio.
Al llegar a la oficina, Rafael la hizo entrar a ella primero. Luego entró él y se aseguró de cerrar la puerta detrás de ellos. Amalia se dio cuenta del gesto y empezó a recorrer el lugar, estaba algo nerviosa.
—¿Cómo te pareció todo?
—Todo es muy bello —se acercó a ella y la abrazó—. Te he echado tanto de menos —le decía con su boca pegada a su cabello.
A Amalia el corazón le palpitaba en el pecho.
—Han sido solo dos semanas.
Ella también lo extrañaba.
—No han sido solo estas dos semanas… Te he echado de menos estos dos últimos largos años, desde que empezó el infierno.
Amalia se tensó.
—No, no te pongas a la defensiva —la miró mientras le acariciaba un mechón de su cabello—. Sé que he sido un cretino. No puedo reprocharte nada.
—Oh, Rafael…
Pero él la interrumpió.
—He tenido tantas bendiciones en mi vida desde que te conocí —le habló con el corazón en la garganta y una sonrisa en los labios—.
Recuerdo cuando nuestras miradas se cruzaron. En ese momento sentí que comenzaba una nueva vida para ti y para mí.
—Mi amor —dijo Amalia con lágrimas en los ojos.
—Aunque tú no lo creas, con tu amor, tu pasión y tu paciencia, curaste muchos miedos de mi corazón —dijo Rafael, y con un gesto de sus dedos borró una lagrima de la mejilla de su mujer—. En estos días me di cuenta de que aún no te he dado las gracias.
Amalia suspiró y lo miró: aquellos ojos hablaban también de sus sentimientos.
—Gracias, mi amor, por tu entrega, por nuestros hijos, por nuestros amaneceres, por las puestas de sol, por el hogar que me diste, porque a pesar de todos mis desaciertos has sido un faro en mi vida.
Amalia lloraba tanto que necesitó un pañuelito, se separó un momento de él para buscarlo.
Él la siguió.
—Perdóname por mis exabruptos, por mis celos infundados, por mi egoísmo, por querer siempre todo de ti.
Rafael la abrazó y Amalia volvió a sentirse amada.
—Tú siempre has seguido mi camino. Es hora de que yo siga el tuyo. Quiero vivir tus ilusiones, quiero estar contigo en esta nueva etapa de tu vida. Lo quiero todo, quiero ser el hombre que acompaña a esta gran mujer. Solo soy un hombre lleno de defectos que lo único que quiere es hacerte feliz.
—No digas más.
Amalia lo abrazó y lo besó con toda pasión.
Rafael empezó a besarle el cuello mientras la aferraba a él. La acariciaba con urgencia. En cuestión de segundos estaban jadeando como dos adolescentes.
Amalia lo deseaba, y eso era algo que no había cambiado con los años. Ni la menopausia, ni los parches hormonales, nada había modificado el deseo por su marido. Y Rafael era consciente de eso.
—Vamos a otro lugar —le decía entre jadeos.
—Me temo que vamos a inaugurar la oficina, querida —dijo él sonriente, mientras se aflojaba la corbata; la chaqueta ya la había tirado en cualquier parte—. Cada vez que te sientes al escritorio, vas a pensar en este momento.
—Estás loco.
—Sí, loco por ti.
Amalia no pudo evitar sonreír mientras le rodeaba el cuello con
los brazos para darle un largo y apasionado beso.
Gabriel no quitaba el ojo a su esposa desde afuera del local. Le llegó el olor a cigarrillo de un par de jovencitas que fumaban unos metros más allá. Su hombro estaba recostado en una de las columnas, tenía una de sus manos en el bolsillo del pantalón y el ceño fruncido por la tensión que lo habitaba. La observaba desde allí, por entre el mismo vidrio de la ventana donde la había observado hacía como media hora. La veía charlar con los invitados, sonreír y era como si un puño le atravesara el estómago, y sus ojos, sus malditos ojos que lo hacían tan vulnerable. ¿Quién sería el tipejo con el que hablaba? Parecía muy cómoda, charlaba con todo el mundo. Se acercó a sus padres, abrazó como por decima vez a su madre. Era una mujer buena y Gabriel no sabía qué hacer para atraerla otra vez hacía él.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Álvaro al ver cómo Gabriel miraba a su mujer.
—No tengo idea… —dijo, quedándose pensativo por un momento—. Mi padre podría tener razón.
—¿Acerca de qué? —preguntó Álvaro.
Gabriel sonrió, ante el tono de voz empleado por Álvaro y al ver su cara que era todo un poema. Seguro que por todo lo que había vivido con su padre durante su cautiverio.
—No te preocupes. Simplemente fue un comentario que me dejó pensando.
—¡Dios bendito! —Suspiró Álvaro.
Rafael y Amalia salieron rato después de la oficina.
Gabriel los observó con envidia. Deseaba ser él quien hubiera salido de ese cuarto con Melisa. A leguas se notaba que sus padres habían estado pasándolo bien en la oficina.
Bien por ellos, pensó. Ya era hora de que dejaran la pesadilla atrás.
Observó nuevamente a su mujer, molesto por la sensación de impotencia que sentía crecer en su corazón cada vez que la miraba.
Melisa salió del local rato después. Respiró profundo al contacto del aire nocturno. Como si el interior la asfixiara, pensó Gabriel. Se colocó el abrigo y acomodó el sobre negro de fiesta en la mano.
La noche estaba algo fría, la oyó tiritar. La calle estaba en silencio, roto solo por el ruido del exhosto de un auto que la asustó. Hizo el amague de entrar otra vez. Él salió a su encuentro simulando una seguridad que estaba lejos de sentir.
—Melisa —la llamó Gabriel.
Ella no lo había visto, porque Gabriel estaba al pie de la columna que estaba en penumbras. La sintió tensarse.
—Me voy a casa —dijo mientras miraba hacia la calle con la esperanza de ver aparecer un taxi.
—Te llevo.
—No creo —le contestó ella, y evitó su mirada.
Gabriel no aguantó más, toda su frustración por la situación salió a flote. Con la desesperación en las manos, agarró a Melisa del brazo y la llevó a una de las camionetas.
—Suéltame —lo miró furiosa, con gesto nervioso se acomodó su cabello.
—¡No! —le contestó él con mirada malévola.
La subió a la camioneta y le dijo al chofer que dejara encendida la calefacción y lo esperara afuera. Quería increparla por su terquedad, y a la vez besarla como loco. Deseaba ponerse de rodillas, suplicarle que lo amara otra vez, y al mismo tiempo reñirle por su desconfianza. Pero al estar allí al lado de ella y sentirla tan cerca, la abrazó posesivo, le tomó la cara con las dos manos y la devoró en un beso que hablaba de deseo y desesperación.
—Mi amor, mi amor, mi amor —le susurraba en sus labios.
—No —la oyó murmurar—, Gabriel, por favor, suél-tame.
Melisa trataba de esquivarlo y eso lo enfureció aún más.
—¿Por qué no? —le aferró la cadera y con caricias bruscas la pegó más a él —. ¿Ya no me deseas?
—No —inventó—, ya no.
—¿Estás segura? —Con voz endurecida y mirada turbia le espetó—: ¿Algún otro te excita?
Melisa se movió indignada, mientras trataba de separarse de él.
—Estoy aburrida de tus acusaciones, primero en Nueva York y ahora esto.
Gabriel le invadió la boca con premura. Ajeno a los gestos de Melisa, devoró sus labios, los succionó hasta que ella abrió la boca, y con ello Gabriel inició una seducción diestra con la lengua y recorrió todo el espacio de su boca. La respiración agitada y los gemidos por parte de ambos le indicaron a Gabriel el momento en que su Melisa claudicó.
Quiso brincar de la dicha cuando Melisa le respondió, y le colocó los brazos alrededor del cuello atrayéndolo más hacia ella. Sin dejar de besarla, Gabriel la reacomodó en la silla y quedó casi acostada. La
cabeza de Melisa presionaba contra una de las puertas. Le besó el cuello, le mordisqueó el mentón y por último chupó los lóbulos de sus orejas hasta que la boca buscó sus labios y ella le respondió con un beso matador.
El blindaje de la camioneta, los protegía de todo el ruido exterior, del arranque de los diferentes autos, de las puertas al cerrarse y de las conversaciones y despedidas de los amigos.
Gabriel deslizó las manos por entre las rodillas de Melisa, le subió el vestido y con caricias intensas y presurosas le sobaba los muslos. Era inútil frenar su impetuosa respiración. Soltó un gemido cuando se percató de que tenía medias de liguero. Tocó la piel entre el interior y la media, perplejo le farfulló:
—¿Para quién te vestiste así?
“Para ti”, quiso decir ella.
Gabriel intensificó sus caricias a sus muslos, y al centro de los muslos. Melisa soltó un gemido desmesurado.
—¿Quién te ha tocado así? —le susurraba mientras la acariciaba sin pausa.
Ella seguía en silencio. Él dejó de acariciarla al momento. Pero ella apresó su mano nuevamente.
—Nadie, nadie.
—¿Solo yo?
—Sí, sí, solo tú.
Melisa respondió con una cascada de placer. El interior de la camioneta fue testigo del tono de sus gemidos continuados.
Gabriel sonreía satisfecho mientras la calmaba. Sentirla así entre sus brazos, era todo lo que necesitaba para ser feliz. Como la extrañaba…
—Vamos a casa, mi amor.
—No puede ser. Quiero que te quede claro.
Gabriel soltó una carcajada irónica.
—¿Cómo me va a quedar claro? Si reaccionas ante mí como reaccionas.
Ella lo miró sonrojada y mortificada. Quiso increparlo, pero ¿para qué? Sabía que él tenía toda la razón. En cuanto Gabriel ejercía su magia con ella, se portaba como una desvergonzada.
—Te necesito —le decía él perplejo, besándole el cuello, el lóbulo de la oreja—. No puedes mostrarme el paraíso y después
despacharme hasta el infierno, como si tal cosa.
Melisa sintió una presión fuerte en su corazón, ¿Por qué hago esto? ¿Por qué me niego a él? Porque te destrozara el alma, si no lo ha hecho ya. Y apareció el miedo como una ola y barrió con todo lo que sintió cuando estuvo en brazos de Gabriel. Se escabulló de la peor manera posible.
—Solo por esta noche —dijo ella—. Después seguiré mi camino.
Se percató que Gabriel palideció de repente. Se separó de ella enseguida, se pasó los pulgares por los ojos, se arregló la corbata y después la miró.
—No te quiero para una noche —le espetó ofendido. Se le notaba un gesto incrédulo en el semblante.
—Es lo que hay.
—Pues no lo quiero.
Se bajó del auto enseguida.
—Oscar te llevará a tu casa.

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