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596 days ago
3.
Briony no podía recordar haberse sentido jamás mejor. Yaciendo en la cama mientras se despertaba completamente y escuchando las respiraciones de Nic y Leo. Estar entre ambos era como estar en el cielo. Ella no podía más que maravillarse por la rápida conexión que se había producido entre ellos. Karma, destino, almas gemelas, ella se preguntaba, intercambiando términos con los que ni siquiera estaba familiarizada. Desde la primera vez que los había visto, su mente se había sentido atraída y sus bragas habían estado permanentemente mojadas.
Sentándose con cuidado para no despertarlos, miró sus cuerpos desnudos. Sin ser consciente, se dio cuenta de que Leo se había quitado el condón en algún momento. Ella no pensó en eso. La visión de sus hermosos penes medio erectos la llevó a recordar lo que había sucedido entre ellos hacía apenas una hora. Ella claramente quería más.
Si iba a pasar eso, lo mejor sería que descartara la cena y guardara las cosas.
Cuidadosamente, tanteó el borde de la cama. Su bastón estaba en el piso de abajo, en la entrada. Esto era un pequeño problema, pero en ningún caso iba ella a esperar a que sus nuevos amantes fueran a buscárselo. No era una débil viejecita. Era fuerte y podía hacerlo.
Su pierna protestó en cuanto se levantó.
Apretando los dientes, apoyó el peso en su pierna buena. Podía hacerlo. Podía cruzar la habitación e ir hasta la cocina. Sus ojos se cerraron y tragó antes de inhalar fuertemente. Dudando, dio un paso. Sus músculos se agarrotaron antes de ceder ante la debilidad de su extremidad. Su pierna cedió. Cayó al suelo con un ruido sordo, golpeando la cama en su caída.
Se sintió mortificada y pensó en arrastrarse bajo la cama, mientras sentía como si le pasaran púas calientes por la espalda cuando ambos hombres se levantaron sobresaltados. Aumentando su vergüenza, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Ella quería ser fuerte y perfecta. ¿Cómo podían Leo y Nic querer a una inválida?
— ¿Briony? — preguntó Leo, el pánico traspasando su voz. — ¿Briony? — repitió quedamente cuando la vio. Ella enterró la cara entre sus piernas levantadas.
Nic se arrodilló a su lado en un instante. — Cariño, ¿estás bien?
Ella meneó la cabeza sin mirarlo. Su deficiencia destrozó la dicha que había sentido esa misma tarde. ¿Por qué había sido tan estúpida? Ella no era una de esas chicas monas de las hermandades universitarias femeninas que seguramente iban detrás de ellos dos. En algún momento, se había dejado llevar por las palabras sobre almas gemelas de Nic. Estúpida. Después de todo ese tiempo, debería ser más inteligente y no dejarse engatusar.
Ella sintió que Leo se agachaba a su lado también.
— Nena, ¿estás lastimada? — Le preguntó gentilmente, su brazo rodeándola. Ella empezó a menar su cabeza pero luego asintió. El dolor que la atravesaba era mucho más que físico.
— Por favor, marchaos — dijo ella. Podía corregir exámenes, limpiar la casa, comerse un bol de helado y olvidarse de la euforia que había experimentado en sus brazos y la humillación de sus deficiencias.
En lugar de apartarse, Leo apretó su brazo alrededor de sus hombros. Nic la envolvió en su abrazo desde el otro lado. Ella reprimió un gemido ante el calor que la rodeaba como una manta. Rendirse no era una opción.
— Iros — reiteró.
Leo meneó la cabeza.
— ¿Por qué?
Porque su locura temporal había pasado y le había caído una ducha helada encima. Ella levantó la cabeza, envalentonada a pesar de sus mejillas llenas de lágrimas, y enfrentó sus demonios… o al menos a los dos ángeles que le habían mostrado un pedacito de cielo.
— Esto no está bien. No para vosotros — dijo ella.
— ¿Por qué? — Repitió Leo.
— Me pareció bien a mí. Perfecto, en realidad — gruño Nic, mostrando su naturaleza impetuosa. Él siempre atacaba de frente mientras Leo investigaba. Ella habría sonreído al ver sus temperamentos diametralmente opuestos si no fuera por su pena.
— En la cama — concedió ella, entonces se frotó la cara con ambas manos mientras formulaba sus pensamientos. — Pero la vida es más que eso. Hay sexo y hay compañerismo. ¿No queréis a alguien que pueda acompañaros mientras corréis por ahí y vivís las aventuras a las que os lleve la vida? Tiene que haber alguna chica de vuestra edad que adore estar con vosotros dos.
¿Quién no? Sus atractivos eran más que su simple aspecto. Eran buenos hombres, con talento, cariñosos y listos.
Nic frunció el ceño
— ¿Vas a echarnos de tu cama de esta manera? —exigió. Se puso en pie y dio unas vueltas — ¿Qué ha sido esto? ¿Una fantasía sexual? ¿Un numerito de profesora y alumnos? ¿La profesora Swift se folla a chicos jóvenes y luego les expulsa de su vida cuando ellos piensan que tienen una oportunidad? ¿Es esto lo que ha sido? ¿Un juego?
— No — susurró ella.
— ¡Nic! — exclamó Leo. — ¡Cierra la jodida boca!
— ¿Por qué? ¿Vas a decirme que te parece bien esto? — respondió bruscamente él y entonces miró a Briony, pareciéndose a un dios griego juzgando y conquistando a la gente o al menos a ella.
Los labios de Leo se apretaron y miró rencorosamente a su amigo. Evitando cuidadosamente contestar la pregunta de Nic, volvió la mirada hacia Briony.
— ¿Dónde ibas?
Dios, ella era patética. Había esperado poderlos echar sin tener que admitir que había caído antes de dar dos pasos en dirección a su cocina. Desgraciadamente la verdad de lo que había pasado era obvia.
— Iba a retirar la cena — Se frotó los ojos con una mano. — Esto es una mala idea. ¿De verdad queréis tener una relación con una mujer que no puede salir de su propia habitación sin ayuda?
— ¿Y eso te hace indigna de amor? ¿Eso es lo que piensas? — preguntó Leo.
— ¿No crees que hemos pensado en esto? ¿Un montón? — añadió Nic, acercándose a ella y arrodillándose a su lado. — Mira, lo siento si la he cagado. En mi familia… digamos que pasé mucho tiempo luchando para que me reconocieran y me tomaran en serio. Te juro que la mitad del tiempo tuve que luchar por una cama donde dormir. Esto te queda dentro, sabes. Algunos niños se convierten en perfectos angelitos. Otros dicen exactamente lo que sienten, especialmente si eso les consigue lo que quieren.
Ella sonrió — ¿Cómo sexo?
— Como a ti — Él beso su sien. — No es sólo sobre sexo, que es fantástico, por cierto. Quiero tenerte y mimarte y asegurarme de que nada te hiere jamás.
— ¿Y qué sacas tú con ello? Parece que yo tengo todas las ventajas.
— Cualquier cosa que quieras darnos como amantes — dijo Leo.
— De acuerdo — Briony se mordió el labio. Eso era un montón de cosas. Ella pensó en ellos como iguales, y siempre que la tocaban, la electricidad la atravesaba y le decía que eso era una conexión más allá de la lujuria. Ella no era una virgen sin experiencia. Había estado con hombres antes. Había estado con hombres muy atractivos que la habían dejado. Ella no había sentido ese… vínculo.
Tal vez conllevaba más que las ideas sobre el destino de Nic de lo que ella quería admitir.
— Usualmente no me pasa esto — les dijo ella. Meneó la cabeza. — Lo que debéis pensar. Dos veces desde que habéis estado aquí.
Leo se estiró y usó el exagerado movimiento para arrastrarla hacia sus brazos. Se puso en pie. Ella soltó un grito, sus brazos se enroscaron en el cuello de él.
— Creo — dijo él — que me has desgastado. Estoy muerto de hambre. Creo que deberías alimentarnos. ¿Nic?
— Oh, sí. Estoy hambriento.
Cuando Briony miró por encima del hombro de Leo, Nic parecía que iba a devorarla a ella, no a la comida que ella había preparado. La felicidad la llenó como el calor formando un rayo de sol. Ambos realmente la querían, con sus flaquezas y todo. Desde ese momento, ella se prometió no estar tan acomplejada y ser tan crítica con ella misma.
Nic se dirigió a la puerta principal para coger su bastón y Briony se dirigió con Leo a su soleada cocina amarilla. Él hizo una pausa en la entrada y admiró el espacio amplio y ordenado con la mesa cerca de las puertas acristaladas que daban al patio trasero. Nic se les unió en breves momentos. Juntos, llevaron tres platos de comida a la antigua mesa metálica pintada que ella había heredado de sus abuelos, entonces Nic cogió una cerveza para cada uno de la nevera.
La comida pasó en animada conversación. Los hombres parecían saber mucho sobre ella y, finalmente, cuando ella les preguntó, confesaron haber intentado averiguar todo lo posible sobre ella después de haberla visto en el gimnasio. No podía echarles la culpa cuando le explicaron por qué no habían hablado con ella directamente. Habrían fracasado de haber hecho eso. Extrañamente, no la hizo sentirse incómoda el pensar que habían recabado información sobre ella secretamente. Eso consolidaba la idea de que ellos habían pensado mucho sobre su posible relación. No era una idea de un solo momento.
Ya que ellos sabían tanto sobre ella, ella insistió en que le contaran cosas sobre ellos. Antes de haber consumido el asado que ella había cocinado, ella se enteró de que ambos venían de familias adineradas, pero que ambos se habían sentido perdidos entre multitud de hermanos, Nic era el segundo de cinco y Leo el tercero de seis. Sus cosas en común los habían unido en la escuela privada a la que habían asistido de adolescentes. Eso también explicaba su forma de comportarse. Uno se había convertido en un ángel, el otro lo había representado.
Aún así, ella no dudaba de que Leo tuviera también algún demonio interior. Quería un trío. Eso no era exactamente la norma para un retoño perfecto. También había sido el que había ideado el plan de viaje por el país y lo había llevado a término tras graduarse en el bachillerato.
Eso la impresionaba. Los dos habían partido a explorar los Estados Unidos y muchos de sus atractivos y paisajes más que ir directamente a la universidad. En cualquier sitio que ellos habían visitado habían trabajado y documentado su estancia en diarios y fotos antes de irse a otro lugar. El resultado eran sus libros.
Ella tomó un sorbo de cerveza y los miró. Esos eran dos hombres que habían experimentado la aventura durante cuatro años, probablemente más de lo que ella había experimentado en todos sus años desde que se graduó. ¿Cómo se le había pasado que eran adultos maduros desde el principio?
— ¿Has terminado? — preguntó Nic.
— ¿Hmmm? Oh… sí.
— Perfecto. Yo todavía estoy hambriento.
Ella no sabía cómo él podía comer más.
— Tengo helado de menta y chocolate en el congelador.
Él miró a Leo y sonrió. — Demasiado frío, ¿no crees?
— Si, aunque puede que no sea una mala idea… ¿Hay vecinos al otro lado de los árboles que rodean tu patio trasero? — preguntó él, cambiando de tema mientras que miraba más allá de las cristaleras que ocupaban la mayor parte de la pared trasera de su cocina. El anochecer estaba llegando, dejando su patio en sombras. El fino manto de nieve aún era evidente, así como los troncos sombreados de los muchos árboles que había tras su casa.
— No — contestó ella, tomando otro sorbo de cerveza. — Es muy íntimo en verano — Lástima que estaban a bajas temperaturas esa noche. Ella sonrió pensando en lo que ellos podrían hacer cuando hiciera más calor. El vecino más cercano estaba a una buena distancia de la calle. Sufrir interrupciones o que alguien los descubriera accidentalmente sería raro. Aunque poner una cerca protectora no era mala idea…
Leo la sorprendió tomando la botella de su mano.
— Eso es perfecto — dijo él.
Nic abrió las dos cristaleras y cerró la puerta que llevaba hacia la sala.
— ¿Qué estáis haciendo? — preguntó ella. Se le puso la carne de gallina cuando el aire frío llenó la habitación. En poco rato, hacía tanto frío en la cocina como fuera y ellos estaban ¡desnudos!
Leo la subió a la mesa de metal que ya estaba helada. Ella soltó un grito por la sensación de la fría superficie bajo su trasero. Sus pezones se pusieron duros mientras que un calor increíble se formaba en su coño.
— ¿Nunca has jugado al fresco? — le preguntó. Juntando los platos y botellas, despejó la mesa y puso todo en el fregadero para que nada molestara en su entretenimiento.
Temblando, ella meneó la cabeza. — No puedo decir que lo haya hecho.
— Mmm, lo hace todo más caliente — le informó él. Abriendo sus piernas, él se movió entre ellas. Ella estaba agradecida porque el cuerpo de él bloqueaba la brisa que entraba del patio trasero. Aún así, algunos copos perdidos de nieve arrastrados por el viento espolvorearon sus piernas.
Mientras él se inclinaba y la besaba, dejó espacio suficiente entre sus cuerpos para que ramalazos de aire helado incitaran su abierto coño.
Nic se movió por la cocina, pero ella no podía saber que estaba haciendo ya que Leo dominaba su boca y bloqueaba su visión. Ella pegó un saltito cuando algo helado, no helado. Era hielo, se deslizaba por su espalda. Nic lo siguió con cálidos lametazos de su lengua mientras llevaba un pedazo de hielo a sus pezones erectos. Briony gritó en la boca de Leo por el doloroso frío que eso le provocaba, y luego gimió mientras se transformaba en un increíble placer que la hizo arquearse y buscar con sus caderas la polla de Leo.
Pero no fue el pene de Leo lo que ella encontró. Ella gritó cuando descubrió a Nic jugando con cubitos de hielo. El maldito hombre frotaba un pedazo atrevidamente contra su hirviente sexo, moviendo dentro y fuera el supuesto pene. La sensación, el agua fundida que caía de ella, la hizo sentir un salvaje deseo atravesando su matriz. La sensación era completamente nueva y no se parecía a nada que hubiera sentido anteriormente.
Balanceándose apoyada en sus manos, se onduló contra ello.
— Si, cariño, justamente así — le dijo Nic con voz ronca.
Leo la tomó fuertemente por la cadera para mantenerla en su sitio mientras que continuaba metiéndole la lengua en la boca. Él se apartó. —¿Todo bien, nena?
Su cabeza hizo un movimiento, asintiendo. Las palabras le fallaron mientras el cuerpo se tensaba por el frío y cada vez más, también por el placer.
Suavemente, él la inclinó hasta que su espalda y hombros estaban sobre la mesa. Ella soltó un grito cuando su piel caliente tropezó con la fría superficie. Era como si ella estuviera ardiendo y ellos la encendieran con hielo para dar mayor ferocidad a las llamas, y eso la encendía aún más.
El hielo dentro de ella se fundió completamente y Leo se arrodilló con la cabeza entre sus piernas. Él empujó su culo más cerca del borde de la mesa. Separando sus labios con los pulgares, él lamió su raja, calentándola. Entonces se apartó y dejó que el aire frío flotara hasta sus humedecidos pliegues como dedos helados. Ella gimió y se agitó, aún sin saber si pedía más o quería apartarse.
Ella parecía estar helada y ardiendo a la vez por todas partes. Nic continuaba pasando la lengua por su piel, prestando especial atención a sus pezones.
— Dios, sí — exclamó ella cuando él empezó a succionar los pezones. Él fue llevándoselos alternativamente a lo más hondo de su boca. Sus dientes raspaban ligeramente su piel, dándole otra dosis de placer y dolor.
Fuera de sí con las sensaciones, el principio de orgasmo anudándose en su matriz la sobrepasó. Retorciéndose, estirándose, ella estaba más tensa con cada movimiento.
Los labios de Leo en su clítoris la llevaron chillando hasta casi la inconsciencia. Él deslizó otro pedazo de hielo en su coño y el orgasmo se multiplicó, doblándose en intensidad mientras ella levantaba la espalda de la mesa. Desesperada, restregó sus caderas contra eso.
— Si, nena, fóllatelo — la animó Leo.
— Te… necesito… — Pudo decir ella. Ella necesitaba sentir a esos hombres dentro de ella, primero uno y luego el otro. Necesitaba su calor. Necesitaba sentir sus penes aterciopelados moviéndose en ella y llenándola.
De repente, el hielo había desaparecido. Desorientada, miró a Leo cerrar las cristaleras. Antes de poder preguntar nada, Nic ya la tenía en sus brazos. Ella nunca se había dejado llevar tanto.
El la llevó de nuevo a la habitación, se puso un condón y cayó sobre ella sin más preámbulo. Entró en ella de un solo empujón, como un martillo, reclamando todo el coño de ella como propiedad suya, aunque ella sabía que lo compartiría con Leo. En esa situación triangular, ella entendía que no habían sentimientos de exclusividad excepto con extraños. El brillo posesivo en los ojos de Nic le decía que era de ellos y sólo de ellos.
El primitivo y rudo apareamiento disparó su orgasmo. Se expandió por su cuerpo como lava. — ¡Nic! — gritó ella, apretando su coño alrededor de él, ordeñando su larga verga. El no paró en sus empujones, apretando los dientes y mirándola con los ojos entrecerrados y vidriosos por la pasión.
— Te siento como si fueras el cielo, Bree — gimió él. — Oh, Dios, no puedo… Yo… — Él se empujó hacia delante una vez más, sacudiéndose con su propio orgasmo explosivo.
Respirando con dificultad, él se soltó de ella y cayó a su lado. Mientras besaba su piel húmeda, ella espió a Leo de pie en la entrada. Sus brazos estaban cruzados sobre el pecho, se inclinó hacia delante del marco y sonrió.
— Me toca — dijo, adelantándose hacia la cama.
¡Oh, sí!, iba a ser una relación exhaustiva. Sonriendo, ella abrió sus brazos.
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Flotando de felicidad en una nube de algodón, Briony cruzó la zona F del aparcamiento del campus hasta el edificio donde estaba el departamento de matemáticas. Para ser un lunes por la mañana, era terriblemente un buen día. Fantástico. Estupendo. Y repetido hasta el infinito.
Leo y Nic habían estado con ella todo el fin de semana, amándola, aprendiendo a conocerla mejor. Ella sonrió. Eran espectaculares desgastándola. Ella estaba bastante segura de que la euforia se reflejaba en ella, como luces de neón certificando que ella era una mujer bien follada. Y no tenía ni una preocupación.
Ambos hombres la habían despedido en la entrada para coches esa mañana, y casi habían acabado en el asiento trasero de su coche. ¿Qué pensarían los vecinos?
No le importaba. Habría quienes la mirarían mal por estar en una relación de múltiple, pero ella nunca se había sentido tan feliz.
— Buenos días, Profesora Swift.
Ella levantó la vista para encontrarse con el Decano de matemáticas en el vestíbulo cercano a su oficina.
— Decano Butler — dijo ella, saludándole con un gesto.
Unos treinta centímetros más alto que Briony y musculoso, tenía el hábito de destacarse por encima de ella. Hoy no era diferente. Ella le miró y su mirada crítica le llegó por debajo de sus gruesas cejas. Era un hombre atractivo, pero un poco imbécil. Ella no dejó que eso la incomodara.
— Pareces terriblemente… feliz hoy — le dijo él.
— Es un buen día — contestó ella.
— ¿Lo es? — preguntó maliciosamente.
Su felicidad se evaporó rápidamente, como si un iceberg hubiera golpeado su júbilo titánico.
— ¿Por qué lo pregunta?
El negligentemente ondeó dos hojas de papel en su cara. Ella no necesitaba verlas bien para saber lo que eran.
— Me gustaría discutir esto. Tal vez deberíamos continuar esto en su oficina.
Rígidamente, ella asintió. Pasando al lado de él hasta la puerta de su oficina, hurgó con la llave en la cerradura, abrió la puerta y se apartó de él. Rápidamente, ella dio la vuelta a la mesa de su despacho e interpuso el imponente mueble entre ellos dos. Sus dedos se apretaron alrededor del mango de su bastón.
El decano ojeó el sofá con una ceja levantada. Deliberadamente volviendo su vista hacia ella, él cerró la puerta.
— Tengo una clase en breve — le dijo ella — Tengo que hacerles un examen.
— Hábleme de esto — le dijo, agitando los dos papeles.
— ¿Qué son?
— Estoy seguro de que lo sabe. Para ahorrarnos tiempo, le recordaré que son los formularios de cese de los Sres. Leonard Phelps y Nicholas Potter. Formularios anormalmente tardíos.
— Asumo que ellos han decidido que no necesitan las clases. Es una clase para primerizos y ellos son alumnos señor. No me explicaron por qué iban a abandonarla, y no es trabajo mío extraerles esa información.
— ¿Es trabajo suyo follárselos?
Su estómago se agitó y su corazón bombeó en sus oídos mientras le miraba fijamente.
— ¿Perdone?
— Este tipo de rollos son curiosos — murmuró él. Se dejó caer informalmente en una de sus sillas y se alisó su perfectamente planchado pantalón. — Siempre hay algo con lo que tropezar. Iba a discutir sobre este tema en alguna cafetería esta mañana, café con doble crema como le gusta y ¿Qué demonios me encuentro? A ti tragándote sus lenguas y cualquier otra cosa que tu boca pudiera tomar.
Oh, mierda.
Un brillo salvaje llenó sus ojos.
— Por eso, cuéntame otra vez de que van estos formularios.
— Nada pasó antes de que ellos los entregaran.
— Pruébalo. ¿Qué tengo que creer? ¿Tu palabra? ¿La de ellos? No es muy convincente.
Ella tragó, con un nudo en la garganta — ¿Y ahora qué? ¿Estoy despedida?
Él sonrió. Con ese brillo en sus ojos, parecía tan terrorífico como un gnomo malvado la noche antes de Navidad.
— Eso depende completamente de ti, Briony. Quiero que cortes con esos dos. Si te veo cerca de ellos en otro momento que no sea el de tu despedida, estás fuera de aquí.
— ¿Es eso todo?
— No. Quiero eso que ellos encuentran tan encantador.
Ella le miró fijamente, incrédula por la forma en que su mundo se desmoronaba. Para mantener su trabajo ella tenía que… ¿tener relaciones con el decano? ¡Una mierda!
— ¡Esto es acoso sexual!
— La foto de vosotros tres que tengo en mi móvil dice otra cosa. Si tú me acusas de acoso sexual, yo te acusaré de comportamiento impropio con tus alumnos. — El dio unos toquecitos al teléfono colgado de su cinturón. — ¿A quién crees que creerán?
¿Tenía una foto?
Ella había estado loca al pensar que podía tener a Leo, Nic y su trabajo. Su trabajo había sido la única cosa firme en su vida. Era su estabilidad. Si ella elegía a Nic y Leo por encima de el, y la despedían, ella lo perdería todo. Su casa, su coche, incluso su seguro médico sería imposible de mantener. Ella ni siquiera podría alquilar un sitio para almacenar sus cosas. Y estaba segura de que Buter no le iba a dar unas referencias justas.
Él la había puesto en una situación insostenible. El trabajo que había tenido durante ocho años o los hombres que había disfrutado por unos pocos días. Su vida o su amor.
No. No amor. Lujuria. Deseo. La única conexión que ella había tenido con un hombre, aún menos con dos. La felicidad había parecido tan cercana.
Ella se mordió el labio tembloroso. El dolor se extendió por su brazo debido a lo apretado que sujetaba el bastón.
— No voy a acostarme contigo — le dijo.
Él levanto una ceja imperiosamente y se puso en pie.
— Tienes una semana para pensártelo. He firmado los formularios. Si no finalizas tu relación con esos dos jóvenes, me ocuparé de que sean expulsados.
— ¿Por qué?
— Colaterales para tu cooperación.
— No voy a cambiar de parecer.
Él se encaminó a la puerta.
— Tampoco yo.
Dejando caer su cabeza hasta la mesa una vez oyó el sonido de la puerta cerrarse, ella sollozó. Frotándose las manos por encima de sus ojos, ella luchó para contener sus emociones pero eso estaba más allá de su alcance. Inhaló varias veces para calmarse, al menos momentáneamente.
Cogió su teléfono antes de convertirse en una masa sin habla por la autocompasión. Marcando el número de su profesora ayudante, le dio instrucciones a la chica para que hiciera los exámenes del día, algo completamente contrario a las reglas de la escuela, pero que en ese momento, a Briony no le importaba. Los tests estaban encima de su pupitre y la asistenta podía recogerlos y luego volverlos a dejar en la mesa.
Inmediatamente después, ella contactó con la secretaria del decano y avisó de que se iba por lo que quedaba del día, diciéndola a la mujer que estaba enferma. Sería verdad una vez ella dejara que sus sentimientos la dominaran de nuevo…
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Después de dejar a Leo en el edificio de comunicaciones, Nic se dirigió al edificio de matemáticas para estudiar en la sala que había junto al vestíbulo. Era un buen sitio para estudiar y, realmente, a quién pretendía engañar, esperaba poder ver a Briony mientras estaba por allí. Él había fantaseado con ella esa mañana en la ducha después de haber regresado al apartamento que compartía con Leo. Tal vez algún día no muy lejano ellos compartirían algún lugar, eso sería su sueño convertido en realidad.
Sorprendentemente, no había habido nada de sexual en sus pensamientos de esa mañana. Él los había visto a los tres en la carretera mientras él y Leo cumplían con su tarea. Explorando. Riendo. Amando. Había sido una feliz escena de dicha doméstica que lo había sorprendido. No era el tipo de sueño que solía tener. No se quejaría si se convertía en realidad.
Estaba a poca distancia de la oficina de Briony cuando ella salió y se apresuró en su dirección. Riendo la tomó por los brazos.
— Hey, cariño, ¿por qué tanta prisa? — murmuró sólo para los oídos de ella. — ¿Ansiosa por qué llegue esta noche? Yo lo estoy.
Su cabeza se disparó, sus ojos se cerraron heridos como si él acabara de golpearla. — ¡Nic! — exclamó en voz baja. Ella miró nerviosamente a su alrededor, y él dejó caer sus brazos para que nada pudiera percibirse aparte de lo habitual.
— Yo… — ella se sorbió la nariz.
— ¿Te estás constipando? Voy a cuidarte. Un buen caldo de pollo…
— Iba a llamarte — dijo ella apresuradamente. — Yo… — Ella volvió a mirar a su alrededor y un pánico extraño le golpeó a él en el pecho.
— No puedo ver a ninguno de los dos nunca más — le dijo ella confirmando sus temores.
— ¿Por qué? — grito ahogadamente, impactado.
Ella miró hacia otro lado.
— He entrado en razón. Necesito que se lo digas a Leo. No sigáis con esto. Por favor.
Él se quedó mirándola horrorizado, sintiendo que todo lo que había estado deseando durante dos años se destrozaba como un juguete desgastado. Incapaz de hacer nada en medio de la masa de estudiantes que daban vueltas por allí, él se quedó mirándola mientras ella se giraba y desaparecía en la multitud, llevándose sus sueños con ella.
Sacando bruscamente su móvil, llamó a Leo. Indudablemente algo iba mal.

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