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593 days ago
3.
El calor se expandía hasta su pecho y luego avanzaba hasta sus mejillas ante la aceptación. Nunca había tenido este tipo de urgencias antes. Bueno, tal vez una o dos veces. Pero sólo de una forma abstracta. Nunca había tenido a nadie específico en mente, y ella nunca, ciertamente, había admitido una fantasía a un amante.
Kate había tratado de alejar y comprender su constante hambre por sus nuevos vecinos como producto de la temporada calurosa, sus cuerpos a menudo semidesnudos o, incluso, sus hormonas reaccionando en la medida en que se hacía mayor. Ninguna de sus mentiras soportaba el agua.
Algo acerca de este hombre la atraía como un oso a la miel. Y sus amigos endulzaban la oferta. El miedo a su rechazo tenía su mente tan fuera de control, que no se dio cuenta de que él había empezado a reír hasta que él se tiró sobre su espalda en el colchón junto a ella.
Él se puso su curtido brazo sobre sus ojos, hundiendo su nariz rota en el hueco de su codo. El tatuaje de un tribal rodeando su bíceps se estiraba mientras trataba de sofocar su diversión, pero fracasaba. La cara de Kate se encendió a pesar de que tenía el estómago encogido.
Ella le pegó un puñetazo en el hombro. —¿De qué demonios te ríes? Sé que no soy nada especial, pero he visto la manera en que tus amigos me miran cuando piensan que no puedo ver. Maldición, puedo sentir sus ojos desnudándome cada vez que me inclino. ¡Me está volviendo loca!
Cuando se movió, plegando sus piernas bajó ella para huir de la de la cama, él rodó para su lado, apoyó su desaliñada mandíbula sobre su mano y a continuación, la agarró por la cintura y se negó a dejarla ir.
—No hay necesidad de que lleves tu bonita ropa interior en grupo, muñeca.
—¡Qué bueno, ya que no llevo puesto nada! —Ella alzó la barbilla.
—Eso es cierto. —Sus pupilas se dilataron. —Pero estás perdiendo mi punto de vista.
Mike la engatusó para que se reclinara a su lado con los movimientos lánguidos de sus dedos en la cintura. Luego sacudió la cabeza como si recordara lo que había estado diciendo. —No me puedo creer que me hicieras perseguirte como a un perro rabioso, porque mi equipo se enciende contigo.
—No es sólo que ellos estén fumando. —Ella se aclaró la garganta.
—No te preocupes. Te entendí la primera vez, nena. Tú quieres congeniar con ellos.
Kate apretó el labio inferior entre los dientes luego asintió a regañadientes. —Lo siento.
—Ya basta. Para de dar por hecho que sabes lo que quiero.
¿Cómo había terminado sobre ella otra vez? Su mirada tan intensa cortó las negaciones endebles que ella intentaba construir.
—¿Alguna vez escuchaste el dicho, "Trabaja duro, juega duro"? —Mike había invadido su espacio personal, llenando cada espacio con su olor, su calor y su desafío.
—¿Qué pasa con ello? —Ella tragó saliva sintiéndose como un pez fuera del agua.
—Conozco al equipo desde hace diez años, desde que nosotros padecimos lo nuestro en la escuela. No hay mucho que no hayamos hecho juntos. Soy un chico de mente abierta. ¿Te sorprendería si te dijera que no serías la primera mujer que hemos compartido? —Él trazaba el contorno de su clavícula con la punta de su dedo índice.
Ella trató de responder, pero no podía, tenía la garganta seca.
—Piensa en ello, Kate. ¿Dónde está tu espíritu combativo ahora? ¿Tienes las agallas de ir tras lo que quieres? Todo lo que tienes que hacer es preguntar.
Justo cuando pensaba que iba a robar sus inhibiciones con otro beso, saltó sobre ella y luego se dirigió a la ducha. En el umbral de azulejos de época al baño, se volvió. —Y una cosa más, dulzura... Eres bastante especial. No lo dudes.
¿A dónde diablos había desaparecido Mike? A Kate no debería importarle, pero lo hacía. Se regañaba a si misma cuando escaneada el patio por décima en vez ese minuto. Había pasado la mañana tratando de ignorar su insoportable sonrisa, ya que se pavoneaba alrededor de todo el sitio, mientras que mentalmente recitaba todas las razones por las que no podía aceptar su proposición no convencional.
A pesar de la “llamada despertador” de esta mañana, las aventuras no eran su estilo. El impulso prudente para evitar que él abandonara el lugar después de la sudorosa unión casi había abrumado a su sentido de auto—preservación. En su lugar, ella había guiado su mano debajo de su muslo para evitar que tirara de él hacia la cama para otro revolcón después de su ducha. No podía arriesgarse a más implicaciones. No importa cuánto rezará que ella podría cambiar, ella siempre querría más, algo duradero.
Golpearse la frente en la plancha de yeso de la pared que había terminado de instalar hacía una hora casi ahogó su suspiro. Su teléfono celular vibró, avisándola de un mensaje de texto entrante. Cada nervio hipersensible de su cuerpo saltó de anticipación.
Pasó abrir el teléfono. Mike.
Nos vemos en nuestra sala de lavandería. Pasa por el garaje. En silencio. Rápido.
Hacer caso omiso de sus órdenes sería prudente. También imposible.
Kate corrió por el pasillo a continuación, tomó las escaleras de dos en dos antes de salir por la puerta trasera. Saltó el muro bajo de piedra que dividía sus propiedades a continuación, y se coló en el garaje de los vecinos como un ladrón de guante blanco que trabaja en un robo de clase mundial.
Su mano movió el pomo de la puerta que conducía del garaje hacía la casa, donde la lavadora y la secadora estarían algún día, pero antes de que pudiera darle la vuelta. Los poderosos brazos de Mike la rodearon, presionando la espalda a su tenso abdomen. La cresta de su constante erección se acomodó en el valle de su culo, cubierto sólo por la delgada tela de sus sudorosos Capri y su tanga.
—¿Qué…?
El olor astringente de sellador se desprendía de su mano, la cual cubría su boca. En la oscuridad negra como el carbón, el roce de sus labios sobre su oreja la sobresaltó. Dio un respingo ante su susurro ronco. —Quiero mostrarte algo. Todo el mundo desea. Todo el mundo fantasea. Cuando tu amante te respeta, deberías sentirte libre para explorar tus deseos. No importa qué extremos puedan ser.
Sus ojos empezaron a acostumbrarse a la oscuridad. Rayos de luz que brillaban a través de las rejillas de ventilación procedentes del interior de la puerta lavadero, que daba a la cocina de Mike. Ahora que podía oír los rápidos latidos de su corazón, se quedó inmóvil. Un gemido masculino se hizo eco a través de la superficie de baldosas del espacio de la sala que estaba vacía. No, eran varios gemidos.
—¿Quieres ver lo que podría ser? —El pecho plano de Mike la acunaba mientras él avanzaba más cerca de los placeres prohibidos arrastrando sus botas con punta de acero. Sus manos rodearon su cintura. Las puntas de los dedos tentaron el dobladillo de su camiseta sin mangas. Luego se deslizaron debajo de ella para hacer irresistibles círculos sobre la piel a cada lado de su ombligo.
Kate se estremeció con su toque.
—Vamos, echemos un vistazo. —Él la golpeó con su pelvis, oprimiéndose contra ella.
Estaba inquieta mordiéndose el labio inferior con los dientes mientras debatía. Pero el siguiente gruñido primal de placer disolvió todo rastro de resistencia. Antes de que supiera lo que iba a hacer, sus dedos se plegaron en los listones de madera que estaban al nivel de sus ojos y se arrimó hasta que la nariz chocó contra la madera fresca y pintada.
Oh. Dios mío.
Desde donde veía, captó los fuertes perfiles de ambos, James y Neil. Alto y esbelto, Neil se apoyaba en el final del mostrador para sostenerse, Con los vaqueros desabrochados. Enmarcada en un vaquero desgastado, su polla sobresalía de la de la bragueta abierta. James permanecía inmóvil a media pulgada de distancia de la cabeza. Sus labios entreabiertos, brillando con saliva, como si estuviera esperando el permiso.
—Chúpala. —La orden ronca resonó a través del espacio, causando que un goteo de humedad se escurriera sobre los muslos de Kate.
En la cocina, Neil hundió los dedos en el pelo bronceado por el sol de James, con un tirón acercó al hombre arrodillado aún más. Con dos dedos, dirigió su polla erguida y recta hacia la boca abierta de James. Cuando él se deslizó en el interior, hasta las pelotas de una sola vez, la mirada de éxtasis en los rostros de ambos hombres le robaron el aliento.
Desde detrás de ella, las manos de Mike se movieron hacia abajo, sumergiéndose bajo la cintura de sus pantalones. Él los empujó por las caderas hasta que se agruparon en el suelo. —Mmm... Huele delicioso. ¿Estás mojada ya? Pensé que podrías disfrutar del espectáculo.
Él interrumpió su gemido cuando él inclinó la cara para un beso ardiente. Pero no la robó su concentración de los otros hombres durante mucho tiempo. Cuando volvió la cabeza para mirar otra vez, se habían detenido. ¿La habían oído?
¡Por favor, no paréis!
Como si leyeran sus pensamientos, los dos hombres retomaron su ritmo duro. La garganta robusta de James trabajaba tragando hasta el fondo la polla de Neil. Ella estuvo a punto de gritar de nuevo cuando su mandíbula se deslizó hacia delante, arrastrando su labio inferior hasta el testículo de Neil.
—¡Carajo! ¿Dónde aprendiste ese truco? —Jadeó Neil.
—De mí.
Los ojos de Kate se abrieron cuando vio a Dave paseándose desde la sala de estar. Un bulto impresionante se apreciaba al frente de sus shorts. Su cuerpo y estatura descomunal podrían haber sido intimidantes si él no fuera tan bromista o no echara una mano cuando era necesario.
—Hijo de puta. ¿No puedes estar dos de cada cinco minutos sin tener que bajar? —Joe venía un paso por detrás de Dave. —Tenemos un plazo...
Él debería haber contenido su respiración. James continuaba dando a Neil lo que parecía ser una mamada de clase mundial. Ella pensó que la mirada de Neil parpadeó hacia el escondite de ella y Mike, pero él no dijo nada.
Joe sonrió, se encogió de hombros hacia Dave.
—Ahora es un momento tan bueno como cualquier otro para un descanso. Necesitamos estar concentrados para hacer nuestra tarea de las líneas de tiza para el patio o todo va a estar fuera de escuadra, y pasaremos toda la tarde arreglándolo de todos modos.
El tolerante compañero se despojó de sus pantalones cortos en dos segundos. Su polla, desnuda bajo el caqui, saltó libre. Puso una mano sobre el mostrador luego saltó junto a Neil, con la gracia de los animales. Cuando sus pelotas se posaron en el mármol frío que habían reformado, dijo entre dientes.
—Vamos, Dave. Veo que estás echando un vistazo al culo James. ¿Qué estás esperando?

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