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3.

Por supuesto que no. Esas fotos, de una manera o de otra, nunca cambiarían el hecho de que la deseaba pero que no tenía intención de tocarla.
Rogue comprobó esa teoría durante el invierno. Todos los viajes que pidió después de las largas horas que había dedicado en el restaurante Mackay. Las noches en que le había invitado a una bebida o intentado permanecer más rato en el vehículo para hablar, flirtear. Se había rendido. Lo dejaba pasar. No iba a rogarle.
Estiró las piernas en el sofá, se agachó y recogió los zapatos antes de mirarle.
—¿Tienes más preguntas, Zeke? Es tarde, necesito un trago, y tengo ganas de un baño de burbujas. Sinceramente, no sé qué más puedo decirte de Joe y Jaime que no sepas ya. O creas que sabes.
Y no podía estar en la misma habitación con él esta noche. No estaba tan fuerte como había estado en el invierno. Tal vez esos meses invernales la habían debilitado. Esperando cada noche que flirteaba de camino en su coche que contra todo pronóstico algo, cualquier cosa, pasara. Sólo tenía esperanzas echas trizas una y otra vez.
—¿Me estás echando? —Zeke inclinó la cabeza y alzó la vista hacia Rogue, la mirada centellante con pasión, en la que ella tenía miedo de hurgar demasiado profundamente—. Tras semanas de intentar hacerme subir, aquí, a tu apartamento, ¿ni siquiera vas a ofrecerme una cerveza?
—No. No voy a ofrecértela. Buenas noches, Zeke. Cierra la puerta al salir.
Rogue se dio la vuelta y caminó hacia la puerta abierta de la habitación. Podía sentir su mirada sobre ella, le sentía observándola, los ojos quemándola. De repente, la falda era demasiado corta, el chaleco mostraba demasiada piel de su estómago y espalda. Se sintió expuesta, vulnerable. Se sintió débil.
—Menudo cambio, Rogue. Intentaste seducirme durante medio invierno. ¿Qué pasó?
Se detuvo y giró lentamente para verle de pie, pagado de sí mismo, seguro, confiado.
—Me rendí —le contestó escuetamente—. Como dijiste, intenté seducirte. Tú no estabas dispuesto. No suplico. Fin de la historia.
La expresión de Zeke se tensó, un músculo brincó en su mandíbula mientras la repasaba con la mirada.
—Eres malditamente joven —la reprendió al final, y tal vez, también a sí mismo, pensó ella. O estaba intentando convencerse a sí mismo.
—Estoy muy cansada para jugar. —Era todo lo que podía hacer para mantener los hombros erguidos y luchar contra las lágrimas—. Joe y Jaime eran familia. Esto me ha golpeado bastante duro, y como ves —alzó los brazos ampliamente abarcando el apartamento vacío—, estoy yo y el baño de burbujas para el consuelo. Si no te importa, no necesito añadir juegos al estrés de esta noche.
Zeke observó a Rogue detenidamente. Entonces lo vio. La sombra en esos profundos ojos violetas que había llamado su atención. Una sombra que no había visto nunca antes. Soledad. Pérdida. Conocía ese sentimiento. Y en los últimos cinco años siempre que lo golpeaba, era Rogue quien le venía a la mente. Su sonrisa, la promesa de pasión en sus ojos, la necesidad de tocarla, la seguridad de que ella podía calmar a la bestia que rugía en su interior.
Maldita fuera. Ella se las apañó para lograr colarse en su vida, no había ninguna duda. La echó de menos durante las últimas semanas desde que empezó a ir con la Harley al restaurante, en vez de llamarle y gorronear un viaje. Diablos, la había echado mucho de menos. Era como si algo hubiera desaparecido de repente en su vida. Había un vacío donde yacían ahora esas horas. Una sensación de espera.
—¿Rogue, por qué no tienes un amante? —Miró alrededor del apartamento. Por lo que sabía, durante todo el tiempo que ella había vivido en Somerset, nunca tuvo un amante.
No contaban las fotos que habían acabado en internet. Las investigó por su cuenta, y aunque nunca encontró pruebas, había suficientes sospechas para probarle que Rogue había sido utilizada de algún modo. El rumor era que Nadine Grace y Dayle Mackay la habían puesto en el punto de mira cuando ella defendió al hijo de Zeke en un examen de la escuela. A Nadine nunca le había gustado Shane porque Zeke se había negado a ir por el mismo camino que su padre había recorrido. Thad Meyes mantuvo el puesto de sheriff durante años, y todo ese tiempo protegió a Dayle Mackay y al colectivo de imbéciles de la Liga por la Libertad. No sólo los había protegido, había formado parte de ellos. Zeke se negó a seguir ese camino, y Nadine al final encontró la manera de devolver el golpe, a través de Shane.
Un mes después de defender a su hijo, Rogue abandonó el bar con una extraña pareja. Entonces no era muy conocida; nadie pensó en cuestionarla cuando se fue. Y entonces Rogue fue despedida del trabajo en la escuela y las fotos habían aparecido en internet.
Oh, sé cómo funcionan Grace y Mackay, pensó Zeke mientras se encontraba cruzando la estancia, la mirada vagando, de nuevo, hacia las puntillas de encaje que se asomaban por encima del chaleco de piel.
¿Sujetador o camisola? se preguntó. Seguramente una de esas pequeñas camisolas cortas. Rojo escarlata y seductor.
Al igual que los zapatos que llevaba en la mano.
—No me contestaste, Rogue —le recordó—. ¿Por qué no tienes un amante?
Y no estaba seguro si quería oír la respuesta a esa pregunta. Tal vez la misma razón por la que él no tenía una amante. Porque no podía tener a Rogue.
—¿Importa el porqué? —Permaneció inmóvil, decidida; mientras él iba hacia ella, deteniéndose a un suspiro de tocarla.
Zeke bajó la mirada, sintiendo cosas que sabía no tenía derecho a sentir. Cosas que sabía no debería sentir, no por esa vivaracha niña-mujer que era demasiado joven para él.
Estaba practicando un juego peligroso esa noche y lo sabía. Pero necesitaba probarla. Lo suficiente como para controlarse, para sofocar la lujuria que lo atravesaba enloquecidamente.
—No juegues conmigo, Zeke —exhaló con cansancio—. Sinceramente, no tengo tiempo. No tengo la fuerza para jugar ahora mismo.
—¿He jugado alguna vez contigo, Rogue? —le preguntó, extendiendo la mano para tocarle la mejilla, sabiendo, maldición, que eso era un error. El peor error que seguramente podía cometer ahora mismo. Porque no podía concluirlo. No podía tenerla a ella y a la venganza. Era imposible.
No le contestó. Zeke podía haber usado uno de sus comentarios inteligentes en este momento. Algo que le recordara que era muy, muy joven. Veintiséis, incluso si fueran casi veintisiete, estaban muy lejos de sus treinta y siete. Once años. Dos años menos de los que separaban a Alex Jansen y a su prometida, Janey Mackay, pensó Zeke. Pero sólo porque Alex pudo manejarlo no significaba que él pudiera.
Diablos, su hijo, Shane, tenía diecinueve. Estaba más cerca de la edad de Rogue que Zeke.
—Tú no juegas —susurró ella, su expresión se ablandó, transformándose, volviéndose sensual, tentadora.
Malditas las cosas que quería hacerle. Las maneras en que deseaba hacerlas. Estaba aquí para interrogarla sobre las muertes de sus primos; en cambio, se encontró disfrutando de la suavidad de su mejilla. Piel como el satén y la seda combinados. Y mientras la miraba, se dio cuenta de que estaba desprovista de maquillaje.
Sin embargo tenía un aspecto seductor con esos ojos violetas. Esos largos y descontrolados rizos cobrizos dorados fluyendo a su alrededor, haciendo que un hombre se preguntara cómo sería estar envuelto en ellos.
—Esto es una mala idea. —Suspiró, bajando la cabeza y permitiendo que su áspera mejilla acariciara la de ella—. Dime que me vaya.
—Vete —dijo en voz baja mientras se ablandaba contra él.
Zeke casi rió. Maldita fuera, podía hacerle reír cuando nadie más podía.
—Eso no fue una orden, Rogue.
—Oh. ¿Se suponía que era una orden? —Una sonrisita cómplice tironeó de sus labios.
Oh bien, ella sabía que la deseaba hasta doler. Y ella lo deseaba. Lo deseaba con la misma ansia. Zeke pudo verlo en sus ojos.
Los zapatos cayeron en la alfombra, el leve ruido apenas fue registrado en su cabeza. Diablos, apenas podía oír nada por encima del latido acelerado de su propio pulso y el estruendo de la lujuria en sus venas.
Dejó que sus labios pasaran casi rozando por la mejilla de Rogue. La necesidad de ella amenazaba con erosionar su control y sentidos.
—Me marcho —le dijo—. Esto es condenadamente peligroso.
—Por supuesto que sí. —Una pequeña mano le aferraba el antebrazo. Los dedos de la otra presionaban contra el estómago de Zeke. Ella pudo notar los abdominales abultándose; él pudo sentir la calidez de ella a través de la tela de la camisa.
Su polla presionaba imperiosamente contra los vaqueros. El fuerte latido lo estaba volviendo loco. Lo había vuelto loco toda la noche. ¿Cuánto más se suponía que un hombre tenía que soportar antes de que el hambre invalidara el control?, se preguntó. ¿Y qué tenía esta mujer que amenazaba su control?
Dejó que sus labios acariciaran los rizos al lado del rostro. Eran suaves, fragantes. Como seda que olía a amanecer. Quería aplastarlos entre sus dedos, sujetarla en el sitio, y consumirla beso tras beso. Deseaba saborear esos sensuales labios exuberantes. Deseaba sentir su lengua contra la suya, demonios, la deseaba entera.
—Te estás burlando de mí. —Su voz era débil, un atisbo de necesidad agitándose en ella mientras se acercaba a él—. No te burles de mí, Zeke. Bésame o suéltame.
—Se supone que me digas que me vaya —le recordó.
—Bésame o vete. Haz una cosa o la otra.
—Besarte sería una idea muy mala. —¿Entonces, por qué no daba un paso atrás? ¿Por qué no la soltaba? En cambio, se acercó más, un brazo le rodeó la espalda mientras le agarraba la mandíbula con la mano y le levantaba la cabeza.
—O una de tus mejores ideas —le contestó ella sin respiración.
Zeke no se dio la oportunidad de pensar, y debería. Debería haber considerado las consecuencias, y estaba malditamente seguro de que debería haber considerado la chispa que ardía entre ellos incluso cuando no se estaban tocando.
Debería haberlo considerado, porque cada vez que lo hizo, tuvo mejor criterio que arrastrarse más cerca del fuego.
Tenía mejor criterio que dejar que su hambre sacara lo mejor de él. Pero no lo consideró.
La acarició con los labios mientras se abrían. Ligero como un susurro, se permitió sentir los labios de Rogue. Regresó a por una degustación. La degustación más pura de ese lleno labio inferior, y fue ambrosía. Néctar. Fue la degustación más dulce de carne que juró que nunca había conocido. Si no estaba equivocado, el más ligero sabor de su bebida favorita persistía allí. El más ligero atisbo del whisky oscuro y potente que prefería.
—Zeke —susurró su nombre contra los labios—. Por favor, no te burles.
No se quejó, no rogó. Era una exigencia dada en el tono de una mujer quien aceptaba que la burla sería todo lo que recibiría.
Pero el hombre no se estaba burlando. Zeke no se burlaba. Él estaba casi tan indefenso en el agarre de sensualidad entretejiéndose alrededor de ellos como ella estaba en su abrazo. La levantó más cerca, marcando el duro grosor de su polla contra ella mientras se giraba y la presionaba contra la pared, con los labios abiertos, la lengua empujando entre ellos, la necesidad controlando cada objeción que su cabeza estaba enumerando mientras se permitía hundirse en el beso.
Los brazos de Rogue estaban en su cuello. Las piernas levantadas hasta que las rodillas montaron sus caderas, y caramba, estaba perdido. Era apenas consciente del hecho que estaba levantándole la falda por encima de las caderas. Cortísima falda. Lo tentaba. Lo provocaba. Hizo que sus manos anhelaran levantarla y ver que llevaba debajo.
Notar lo que llevaba también funcionaba. O no notarlo. Todo lo que pudo encontrar fue la tira más fina de tela pasando entre los cachetes del culo, un diminuto triángulo cubriendo los pliegues sin vello de su coño.
Estaba perdido. Iba a ir al infierno. Iba a ser despellejado por los latigazos de la culpa y el remordimiento al segundo en que lograra apartar los labios de ella. ¿Así que, por qué demonios debería molestarse ahora? Siguió besándola, besándola hasta que la culpa y el remordimiento se quemaran hasta las cenizas bajo el hambre ardiendo fuera de control.
Porque Rogue sabía tan salvaje como su nombre, tan libre como el sol. Era la promesa de una llama eterna, la ilusión de algo que sabía no existía. La ilusión de la emoción verdadera. Porque en este beso había más que placer. Hacía que la oscuridad que mantenía dentro subiera a la superficie, y las fantasías que él sabía no podía ni pensar con esta mujer tentaran su mente.
—¡Maldita seas! —Masculló la maldición contra sus labios, porque no podía obtener bastante. No podía degustar lo suficiente de ella, no podía besarla lo suficientemente profundo, lo bastante salvaje. No podía apretar la polla cubierta por los vaqueros lo suficiente entre los muslos de Rogue, no podía sentir su calidez lo bastante cerca. Estaban malditos.
Porque no podía parar. Porque sentir su suavidad era demasiado. Besaba como un sueño, y Dios sabía, que se había rendido a los sueños años atrás.
—¿Maldita yo? —gritó ahogadamente Rogue, sin respiración, casi jadeando mientras ardientes y pequeños dedos de sensaciones le recorrían apresuradamente por el cuerpo.
Tenía los labios hinchados; podía sentirlos sensibles mientras sus besos iban de los labios hacia la mandíbula, hacia el cuello. Sus labios acariciaban; tal vez la mordisqueó con los dientes. Ella estaba segura de que lo hizo. Pero, Dios, su lengua. Estaba lamiendo el cuello como si tomara ávidas y diminutas degustaciones de su piel. Y entre los muslos. Los dedos estaban entre los muslos, metidos bajo el trasero mientras sus rodillas le aferraban las caderas de él, acariciando, revoloteando sobre el triangulo de seda del tanga que llevaba. Acariciando la tela humedecida mientras los jugos se desprendían de su sexo.
Podía notar lo resbaladiza que estaba, lo húmeda. Su carne estaba hinchada, el clítoris latiendo. El pulso acelerado, añadiendo sensibilidad a su piel, el dolor de la necesidad entre los muslos.
Gimiendo su nombre, echó la cabeza contra la pared, los ojos cerrados mientras sentía los labios en la parte superior de los pechos, por encima del borde apuntillado de su camisola. El botón de arriba del chaleco se abrió.
—Esto es de locos. —Las palabras sonaron como si se las arrancaran.
¿De locos? Era el placer más grande que ella había conocido en su vida.
—Maldición. Rogue. Esto tiene que parar.
Ella mantuvo los ojos cerrados, las manos en la cabeza de él, sujetando los labios dónde estaban, rozándole entre los senos. Sentirlos, como áspero terciopelo acariciándola, era una sensación embriagadora.
Iba a tener que soltarlo. Lo sabía. Podía sentirlo. Iba a tener que dejar que se fuera y pasar la noche sola. Otra vez. Sin él. Sin el consuelo que necesitaba, sin el hombre en el que necesitaba apoyarse.
Ella luchó contra la opresión en el pecho, la garganta. Las lágrimas que querían llenarle los ojos y las retuvo, atrapándolas en el interior de su corazón.
—Entonces para. —Dejó caer la cabeza hacia delante, los labios posados contra la frente de él, los dedos todavía aferrados en su cuello—. Todo lo que tienes que hacer es parar.
Y matarla. Y quitarle algo que no había sabido que se estaba perdiendo hasta ahora. No había sabido lo bueno que podía ser, lo caliente que podía ser. No había imaginado que su contacto pudiera no sólo enviar el placer apresurado a través de cuerpo, sino más profundo, hacia su corazón intacto. Hacia esa parte de ella que siempre había ocultado, que siempre había permanecido distante.
Ella no era distante con Zeke. Deseaba rogar. Deseaba suplicarle que no parara, que no alejara la calidez de ella. Que no le robara su toque cuando lo había esperado durante tantísimo tiempo.
Un segundo después, se estaba retirando de ella lentamente. Rogue obligó a las rodillas a soltarse, se obligó a sí misma a encontrar el equilibrio mientras él lentamente, muy lentamente la soltaba, luego retrocedió un paso.
—¿Conseguiste todo lo que querías? —Rogue recurrió al sarcasmo para evitar llorar—. Si es así, como dije antes, ya sabes dónde está la puerta.
Se giró, en realidad casi tropezando, para alejarse de él y encontrar el consuelo relativo de su habitación, la gran bañera, burbujas calientes que de ninguna manera remplazarían su toque.
—Soy demasiado mayor para ti, Rogue. Lo sabes tan bien como yo.
Un segundo más tarde se encontró a sí misma atraída contra su pecho, la espalda nivelada contra él, absorbiendo su calor y su furia.
Rogue negó con la cabeza lentamente.
—No es la edad, Zeke —le dijo en voz baja—. Esa es tu excusa. ¿Por qué no lo admites? Tu reputación no te permite estar conmigo, y ambos lo sabemos.
El silencio llenó el aire entre ellos. Ella sintió sus dedos apretándole las caderas, el pecho ensanchándose detrás suyo.
—¿Crees que no te follaré porque puedes dañar mi reputación? —Hubo un filo de burla en su voz que fue cortante—. Oh, Rogue, cariño, no tienes ni idea de lo equivocada que estás. No te follaré, nena, porque sé lo que nadie sabe. Sé exactamente por qué una relación conmigo nos destruiría a ambos.
—¿De verdad? —Ella no veía la destrucción. Veía la necesidad, el sufrimiento, la oscura soledad que nadie más podía calmar. Un hambre que solo Zeke podía satisfacer. Que siempre había sabido que sólo Zeke podría satisfacer.
—¿Y qué es lo que crees que sabes?
—Sé, Caitlyn Rogue, lo muy inocente que eres comparada conmigo y lo que sé es que acabaría quitándotela. No eres una mujer que permitiría a un hombre follarla por el placer de ello, sin sentimiento. No eres una mujer que pudiera alguna vez dar con facilidad lo que yo necesito. Y no eres una mujer del que un hombre pueda alejarse sin lamentos. Eres demasiado joven para esos lamentos. Y yo demasiado mayor para querer ver cómo te atan. Piensa en eso. Recuérdalo. Porque la próxima vez que me invites a tu cama, puedes encontrar más de lo que esperabas.
Si él esperaba que se tomara las amenazas veladas y la indirecta como una excusa, entonces sería mejor que se lo pensara de nuevo.
Le arrojó un pequeño gruñido de enfado mientras se soltaba de sus brazos.
—¿Qué, Zeke, te gusta retozar con tus esposas? —le espetó, girándose hacia él, casi ardiendo en llamas ante la mirada en su rostro—. ¿Te gusta jugar al sheriff grande y malo cuando follas a tus mujeres?
Los labios de él se arquearon con un atisbo de diversión que ella simplemente no apreció. Casi una sonrisa mientras esos predadores ojos marrones vagaban sobre el frontal del desabrochado chaleco de piel.
—¿Retozar con las esposas sería el menor de tus problemas? —le gruñó en respuesta, y ella casi le creyó.
Fingió un escalofrío.
—¿Debería gemir y rogar piedad?
—Probablemente. —Hubo un gruñido de risa—. Una cosa es segurísima, acabarías con unas palmadas en el trasero. ¿Se detiene alguna vez esa boquita tuya?
—Sólo cuando estoy besando a sheriffs cobardes con más excusas que esposas. —Sonrió ella forzada—. Vete a casa, Zeke. Estoy cansada de jugar contigo esta noche. Te diré que, la próxima vez que esté de humor para unas cachetadas y cosquillas te llamaré. Parece que eso es todo lo que estás dispuesto a sacar en un momento dado.
Oh, estaba cabreada. Lo fulminó con la mirada, viendo la diversión, la cuidadosa vigilancia que manifestaba. ¿Él pensó que podría entrar en su casa y simplemente jugar al amante grande y malo arrojando sus pequeñas advertencias? ¿Quién demonios era él esta semana? ¿El señor del infierno? Tonterías. Oyó durante años cómo le gustaba follar al sheriff. Toda la noche. Duro y fuerte. Era como un semental listo para montar y cabalgar en cualquier momento, una viuda había hablado a rastras y a tumbos durante un festín de autocompasión de épicas proporciones cuando el semental del sheriff había dejado de ir a su cama. Rogue estaba cansada de oír las malditas historias de mujeres ahogando sus penas en whisky.
—Listilla. —Bajó la voz, más profunda—. Esa fue gratis, cariño. Sigue así y empezaré a dejar la cuenta abierta. Haré la recaudación.
Ella fingió un escalofrío.
—Estoy temblando en mis zapatos.
Él miró a los zapatos en el suelo, luego de vuelta a sus pies antes de que los labios se apretaran y diera una fuerte sacudida con la cabeza.
—Tengo que salir de aquí —dijo él—. Si oigo algo sobre los gemelos, te lo haré saber.
—Simplemente envía a uno de tus pequeños ayudantes —le ordenó furiosa—. He decidido que después de todo no me gusta jugar contigo, Zeke. Pienso que ya es hora de que considere a otros tipos potenciales.
Él se detuvo.
Zeke pudo sentir la sangre estallándole en la cabeza ante la pequeña y airada amenaza, y el hecho de que fuera en serio. ¿Iba en serio? La miró fijamente a los ojos, manteniendo los ojos entrecerrados mientras juzgaba su expresión.
Sip, tal vez iba en serio.
—No me precipitaría en nada si fuera tú —la advirtió. Intentó mantener la advertencia ligera, pero falló miserablemente. Sabía cómo sonó. Como un hombre advirtiendo a su mujer que diera marcha atrás en un límite que estaba a punto de cruzar.
Él no podía tenerla, pero que lo maldijeran si iba a permanecer a un lado y observar a algún otro bastardo tomarla ahora que la había probado.
Ese pensamiento lo congeló con tanta efectividad como lo hizo la advertencia de Rogue. Demonios, estaba perdiendo la jodida cabeza.
—Joder —gruñó de repente—. No es asunto mío.
—No es asunto tuyo —estuvo de acuerdo ella, evidentemente más enfadada ahora que cuando empezó.
Zeke observó el rubor que subió por sus mejillas, el brillo de la batalla en sus ojos violetas y casi, sólo casi, se pregunto por la chispa dominante que parecía desencadenar una cascada de lujuria en sus entrañas.
Maldita fuera. No se suponía que lo desafiara. Que lo cabreara, sí. ¿Qué lo desafiara? Diablos, no. Era la única cosa que había luchado por evitar que pasara durante años. Rogue desafiándolo no era algo que ninguno de ellos quisiera poner a prueba ahora mismo. No mientras el sabor de sus labios permanecía en los suyos, mientras todavía notaba los sedosos y resbaladizos jugos de su coño en las yemas de los dedos.
—Ve con cuidado pequeña —le dijo amablemente—. Desafiar a un perro grande es muy distinto a desafiar a esos pequeños chihuahuas con los que vas a veces. Ladran al viento, meten las colas entre las piernas y huyen cuando yo les gruño en respuesta. Recuérdalo. Y mejor considera que hay una razón para ello. No soy un perrito faldero que puedas acurrucar, acariciar y pasarle la mano unas cuantas veces, y considerarlo un trato hecho. Eres una niña a mi lado, Rogue. No son los años entre nosotros lo que me retiene; es el hecho de que tú y yo, ambos; sabemos que hay cosas sobre mí que no quieres tentar. De lo contrario, no estarías tan malditamente decidida a presionarme.
Ella alzó la ceja de golpe. Un pequeño arco perfecto de sarcasmo.
—Estoy segura de que tendré pesadillas esta noche —dijo arrastrando las palabras—. Cierra cuando te vayas, sheriff. Ya he tenido bastante de profundas y oscuras advertencias y tonterías masculinas dominantes. Te haré saber cuando esté preparada para más.
Lo pasó tranquilamente, y él la soltó. Tuvo que obligar a sus dedos a no curvarse en puños para contener el impulso de alargar la mano para cogerla. Tuvo que obligarse a no seguirla cuando la puerta de la habitación se cerró.
Demonios, tuvo que obligarse a irse del apartamento. Cruzar a grandes zancadas la habitación, girar la cerradura de la puerta, y salir antes de cerrarla tras él. Obligarse a bajar las escaleras y a atravesar el bar fue incluso más difícil.
Porque sabía lo que ella estaba haciendo. No estaba en un maldito baño de burbujas. Sintió su mirada al minuto en que salió del bar. Estaba arriba observándole, igual que lo había observado entrar en el bar incontables veces. Y se preguntó si ella estaba recordando la oscura promesa de ese beso que habían compartido, porque él sabía con certeza que no podría ser olvidado.
El beso en sí mismo fue un desafío. Debería haberlo sabido al instante en que ella empezó a luchar por su sabor, presionando por más, por una caricia más profunda, un sabor más fuerte. Estaba metido en un gran problema en lo que se refería a esa mujer.
Debería haber sabido que Rogue no escucharía una advertencia, que no vería la razón. Era joven, impulsiva, salvaje como el viento. Demasiado joven. Hijo de puta. Abrió de golpe la puerta de la camioneta y se alzó hacia el asiento antes de cerrarla de un portazo. Quería estrellar los puños en algo; quería aullar a la jodida luna, volver dentro corriendo y demostrarle como un hombre hambriento, como un hombre tomaba a su mujer, y exactamente como esperaba un hombre una respuesta.
No le convenía jugar con él. No le convenía apretar sus botones y dejarlo con una polla tan malditamente dura que si lograba conseguir que se relajara, entonces la cabrona estaría todavía sensible, todavía lista para la acción. No había estado tan malditamente a punto para el sexo en más años de los que quería contar.
La mujer le endurecía la polla más rápido de lo que el viejo Parson juró que la Viagra hacía. Era un maldito lío, y empezaba a perder no sólo el control si no también el juicio.
Ella era, así de simple, demasiado condenadamente joven para el hambre que él tenía.

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594 days ago

3.

Por supuesto que no. Esas fotos, de una manera o de otra, nunca cambiarían el hecho de que la deseaba pero que no tenía intención de tocarla.
Rogue comprobó esa teoría durante el invierno. Todos los viajes que pidió después de las largas horas que había dedicado en el restaurante Mackay. Las noches en que le había invitado a una bebida o intentado permanecer más rato en el vehículo para hablar, flirtear. Se había rendido. Lo dejaba pasar. No iba a rogarle.
Estiró las piernas en el sofá, se agachó y recogió los zapatos antes de mirarle.
—¿Tienes más preguntas, Zeke? Es tarde, necesito un trago, y tengo ganas de un baño de burbujas. Sinceramente, no sé qué más puedo decirte de Joe y Jaime que no sepas ya. O creas que sabes.
Y no podía estar en la misma habitación con él esta noche. No estaba tan fuerte como había estado en el invierno. Tal vez esos meses invernales la habían debilitado. Esperando cada noche que flirteaba de camino en su coche que contra todo pronóstico algo, cualquier cosa, pasara. Sólo tenía esperanzas echas trizas una y otra vez.
—¿Me estás echando? —Zeke inclinó la cabeza y alzó la vista hacia Rogue, la mirada centellante con pasión, en la que ella tenía miedo de hurgar demasiado profundamente—. Tras semanas de intentar hacerme subir, aquí, a tu apartamento, ¿ni siquiera vas a ofrecerme una cerveza?
—No. No voy a ofrecértela. Buenas noches, Zeke. Cierra la puerta al salir.
Rogue se dio la vuelta y caminó hacia la puerta abierta de la habitación. Podía sentir su mirada sobre ella, le sentía observándola, los ojos quemándola. De repente, la falda era demasiado corta, el chaleco mostraba demasiada piel de su estómago y espalda. Se sintió expuesta, vulnerable. Se sintió débil.
—Menudo cambio, Rogue. Intentaste seducirme durante medio invierno. ¿Qué pasó?
Se detuvo y giró lentamente para verle de pie, pagado de sí mismo, seguro, confiado.
—Me rendí —le contestó escuetamente—. Como dijiste, intenté seducirte. Tú no estabas dispuesto. No suplico. Fin de la historia.
La expresión de Zeke se tensó, un músculo brincó en su mandíbula mientras la repasaba con la mirada.
—Eres malditamente joven —la reprendió al final, y tal vez, también a sí mismo, pensó ella. O estaba intentando convencerse a sí mismo.
—Estoy muy cansada para jugar. —Era todo lo que podía hacer para mantener los hombros erguidos y luchar contra las lágrimas—. Joe y Jaime eran familia. Esto me ha golpeado bastante duro, y como ves —alzó los brazos ampliamente abarcando el apartamento vacío—, estoy yo y el baño de burbujas para el consuelo. Si no te importa, no necesito añadir juegos al estrés de esta noche.
Zeke observó a Rogue detenidamente. Entonces lo vio. La sombra en esos profundos ojos violetas que había llamado su atención. Una sombra que no había visto nunca antes. Soledad. Pérdida. Conocía ese sentimiento. Y en los últimos cinco años siempre que lo golpeaba, era Rogue quien le venía a la mente. Su sonrisa, la promesa de pasión en sus ojos, la necesidad de tocarla, la seguridad de que ella podía calmar a la bestia que rugía en su interior.
Maldita fuera. Ella se las apañó para lograr colarse en su vida, no había ninguna duda. La echó de menos durante las últimas semanas desde que empezó a ir con la Harley al restaurante, en vez de llamarle y gorronear un viaje. Diablos, la había echado mucho de menos. Era como si algo hubiera desaparecido de repente en su vida. Había un vacío donde yacían ahora esas horas. Una sensación de espera.
—¿Rogue, por qué no tienes un amante? —Miró alrededor del apartamento. Por lo que sabía, durante todo el tiempo que ella había vivido en Somerset, nunca tuvo un amante.
No contaban las fotos que habían acabado en internet. Las investigó por su cuenta, y aunque nunca encontró pruebas, había suficientes sospechas para probarle que Rogue había sido utilizada de algún modo. El rumor era que Nadine Grace y Dayle Mackay la habían puesto en el punto de mira cuando ella defendió al hijo de Zeke en un examen de la escuela. A Nadine nunca le había gustado Shane porque Zeke se había negado a ir por el mismo camino que su padre había recorrido. Thad Meyes mantuvo el puesto de sheriff durante años, y todo ese tiempo protegió a Dayle Mackay y al colectivo de imbéciles de la Liga por la Libertad. No sólo los había protegido, había formado parte de ellos. Zeke se negó a seguir ese camino, y Nadine al final encontró la manera de devolver el golpe, a través de Shane.
Un mes después de defender a su hijo, Rogue abandonó el bar con una extraña pareja. Entonces no era muy conocida; nadie pensó en cuestionarla cuando se fue. Y entonces Rogue fue despedida del trabajo en la escuela y las fotos habían aparecido en internet.
Oh, sé cómo funcionan Grace y Mackay, pensó Zeke mientras se encontraba cruzando la estancia, la mirada vagando, de nuevo, hacia las puntillas de encaje que se asomaban por encima del chaleco de piel.
¿Sujetador o camisola? se preguntó. Seguramente una de esas pequeñas camisolas cortas. Rojo escarlata y seductor.
Al igual que los zapatos que llevaba en la mano.
—No me contestaste, Rogue —le recordó—. ¿Por qué no tienes un amante?
Y no estaba seguro si quería oír la respuesta a esa pregunta. Tal vez la misma razón por la que él no tenía una amante. Porque no podía tener a Rogue.
—¿Importa el porqué? —Permaneció inmóvil, decidida; mientras él iba hacia ella, deteniéndose a un suspiro de tocarla.
Zeke bajó la mirada, sintiendo cosas que sabía no tenía derecho a sentir. Cosas que sabía no debería sentir, no por esa vivaracha niña-mujer que era demasiado joven para él.
Estaba practicando un juego peligroso esa noche y lo sabía. Pero necesitaba probarla. Lo suficiente como para controlarse, para sofocar la lujuria que lo atravesaba enloquecidamente.
—No juegues conmigo, Zeke —exhaló con cansancio—. Sinceramente, no tengo tiempo. No tengo la fuerza para jugar ahora mismo.
—¿He jugado alguna vez contigo, Rogue? —le preguntó, extendiendo la mano para tocarle la mejilla, sabiendo, maldición, que eso era un error. El peor error que seguramente podía cometer ahora mismo. Porque no podía concluirlo. No podía tenerla a ella y a la venganza. Era imposible.
No le contestó. Zeke podía haber usado uno de sus comentarios inteligentes en este momento. Algo que le recordara que era muy, muy joven. Veintiséis, incluso si fueran casi veintisiete, estaban muy lejos de sus treinta y siete. Once años. Dos años menos de los que separaban a Alex Jansen y a su prometida, Janey Mackay, pensó Zeke. Pero sólo porque Alex pudo manejarlo no significaba que él pudiera.
Diablos, su hijo, Shane, tenía diecinueve. Estaba más cerca de la edad de Rogue que Zeke.
—Tú no juegas —susurró ella, su expresión se ablandó, transformándose, volviéndose sensual, tentadora.
Malditas las cosas que quería hacerle. Las maneras en que deseaba hacerlas. Estaba aquí para interrogarla sobre las muertes de sus primos; en cambio, se encontró disfrutando de la suavidad de su mejilla. Piel como el satén y la seda combinados. Y mientras la miraba, se dio cuenta de que estaba desprovista de maquillaje.
Sin embargo tenía un aspecto seductor con esos ojos violetas. Esos largos y descontrolados rizos cobrizos dorados fluyendo a su alrededor, haciendo que un hombre se preguntara cómo sería estar envuelto en ellos.
—Esto es una mala idea. —Suspiró, bajando la cabeza y permitiendo que su áspera mejilla acariciara la de ella—. Dime que me vaya.
—Vete —dijo en voz baja mientras se ablandaba contra él.
Zeke casi rió. Maldita fuera, podía hacerle reír cuando nadie más podía.
—Eso no fue una orden, Rogue.
—Oh. ¿Se suponía que era una orden? —Una sonrisita cómplice tironeó de sus labios.
Oh bien, ella sabía que la deseaba hasta doler. Y ella lo deseaba. Lo deseaba con la misma ansia. Zeke pudo verlo en sus ojos.
Los zapatos cayeron en la alfombra, el leve ruido apenas fue registrado en su cabeza. Diablos, apenas podía oír nada por encima del latido acelerado de su propio pulso y el estruendo de la lujuria en sus venas.
Dejó que sus labios pasaran casi rozando por la mejilla de Rogue. La necesidad de ella amenazaba con erosionar su control y sentidos.
—Me marcho —le dijo—. Esto es condenadamente peligroso.
—Por supuesto que sí. —Una pequeña mano le aferraba el antebrazo. Los dedos de la otra presionaban contra el estómago de Zeke. Ella pudo notar los abdominales abultándose; él pudo sentir la calidez de ella a través de la tela de la camisa.
Su polla presionaba imperiosamente contra los vaqueros. El fuerte latido lo estaba volviendo loco. Lo había vuelto loco toda la noche. ¿Cuánto más se suponía que un hombre tenía que soportar antes de que el hambre invalidara el control?, se preguntó. ¿Y qué tenía esta mujer que amenazaba su control?
Dejó que sus labios acariciaran los rizos al lado del rostro. Eran suaves, fragantes. Como seda que olía a amanecer. Quería aplastarlos entre sus dedos, sujetarla en el sitio, y consumirla beso tras beso. Deseaba saborear esos sensuales labios exuberantes. Deseaba sentir su lengua contra la suya, demonios, la deseaba entera.
—Te estás burlando de mí. —Su voz era débil, un atisbo de necesidad agitándose en ella mientras se acercaba a él—. No te burles de mí, Zeke. Bésame o suéltame.
—Se supone que me digas que me vaya —le recordó.
—Bésame o vete. Haz una cosa o la otra.
—Besarte sería una idea muy mala. —¿Entonces, por qué no daba un paso atrás? ¿Por qué no la soltaba? En cambio, se acercó más, un brazo le rodeó la espalda mientras le agarraba la mandíbula con la mano y le levantaba la cabeza.
—O una de tus mejores ideas —le contestó ella sin respiración.
Zeke no se dio la oportunidad de pensar, y debería. Debería haber considerado las consecuencias, y estaba malditamente seguro de que debería haber considerado la chispa que ardía entre ellos incluso cuando no se estaban tocando.
Debería haberlo considerado, porque cada vez que lo hizo, tuvo mejor criterio que arrastrarse más cerca del fuego.
Tenía mejor criterio que dejar que su hambre sacara lo mejor de él. Pero no lo consideró.
La acarició con los labios mientras se abrían. Ligero como un susurro, se permitió sentir los labios de Rogue. Regresó a por una degustación. La degustación más pura de ese lleno labio inferior, y fue ambrosía. Néctar. Fue la degustación más dulce de carne que juró que nunca había conocido. Si no estaba equivocado, el más ligero sabor de su bebida favorita persistía allí. El más ligero atisbo del whisky oscuro y potente que prefería.
—Zeke —susurró su nombre contra los labios—. Por favor, no te burles.
No se quejó, no rogó. Era una exigencia dada en el tono de una mujer quien aceptaba que la burla sería todo lo que recibiría.
Pero el hombre no se estaba burlando. Zeke no se burlaba. Él estaba casi tan indefenso en el agarre de sensualidad entretejiéndose alrededor de ellos como ella estaba en su abrazo. La levantó más cerca, marcando el duro grosor de su polla contra ella mientras se giraba y la presionaba contra la pared, con los labios abiertos, la lengua empujando entre ellos, la necesidad controlando cada objeción que su cabeza estaba enumerando mientras se permitía hundirse en el beso.
Los brazos de Rogue estaban en su cuello. Las piernas levantadas hasta que las rodillas montaron sus caderas, y caramba, estaba perdido. Era apenas consciente del hecho que estaba levantándole la falda por encima de las caderas. Cortísima falda. Lo tentaba. Lo provocaba. Hizo que sus manos anhelaran levantarla y ver que llevaba debajo.
Notar lo que llevaba también funcionaba. O no notarlo. Todo lo que pudo encontrar fue la tira más fina de tela pasando entre los cachetes del culo, un diminuto triángulo cubriendo los pliegues sin vello de su coño.
Estaba perdido. Iba a ir al infierno. Iba a ser despellejado por los latigazos de la culpa y el remordimiento al segundo en que lograra apartar los labios de ella. ¿Así que, por qué demonios debería molestarse ahora? Siguió besándola, besándola hasta que la culpa y el remordimiento se quemaran hasta las cenizas bajo el hambre ardiendo fuera de control.
Porque Rogue sabía tan salvaje como su nombre, tan libre como el sol. Era la promesa de una llama eterna, la ilusión de algo que sabía no existía. La ilusión de la emoción verdadera. Porque en este beso había más que placer. Hacía que la oscuridad que mantenía dentro subiera a la superficie, y las fantasías que él sabía no podía ni pensar con esta mujer tentaran su mente.
—¡Maldita seas! —Masculló la maldición contra sus labios, porque no podía obtener bastante. No podía degustar lo suficiente de ella, no podía besarla lo suficientemente profundo, lo bastante salvaje. No podía apretar la polla cubierta por los vaqueros lo suficiente entre los muslos de Rogue, no podía sentir su calidez lo bastante cerca. Estaban malditos.
Porque no podía parar. Porque sentir su suavidad era demasiado. Besaba como un sueño, y Dios sabía, que se había rendido a los sueños años atrás.
—¿Maldita yo? —gritó ahogadamente Rogue, sin respiración, casi jadeando mientras ardientes y pequeños dedos de sensaciones le recorrían apresuradamente por el cuerpo.
Tenía los labios hinchados; podía sentirlos sensibles mientras sus besos iban de los labios hacia la mandíbula, hacia el cuello. Sus labios acariciaban; tal vez la mordisqueó con los dientes. Ella estaba segura de que lo hizo. Pero, Dios, su lengua. Estaba lamiendo el cuello como si tomara ávidas y diminutas degustaciones de su piel. Y entre los muslos. Los dedos estaban entre los muslos, metidos bajo el trasero mientras sus rodillas le aferraban las caderas de él, acariciando, revoloteando sobre el triangulo de seda del tanga que llevaba. Acariciando la tela humedecida mientras los jugos se desprendían de su sexo.
Podía notar lo resbaladiza que estaba, lo húmeda. Su carne estaba hinchada, el clítoris latiendo. El pulso acelerado, añadiendo sensibilidad a su piel, el dolor de la necesidad entre los muslos.
Gimiendo su nombre, echó la cabeza contra la pared, los ojos cerrados mientras sentía los labios en la parte superior de los pechos, por encima del borde apuntillado de su camisola. El botón de arriba del chaleco se abrió.
—Esto es de locos. —Las palabras sonaron como si se las arrancaran.
¿De locos? Era el placer más grande que ella había conocido en su vida.
—Maldición. Rogue. Esto tiene que parar.
Ella mantuvo los ojos cerrados, las manos en la cabeza de él, sujetando los labios dónde estaban, rozándole entre los senos. Sentirlos, como áspero terciopelo acariciándola, era una sensación embriagadora.
Iba a tener que soltarlo. Lo sabía. Podía sentirlo. Iba a tener que dejar que se fuera y pasar la noche sola. Otra vez. Sin él. Sin el consuelo que necesitaba, sin el hombre en el que necesitaba apoyarse.
Ella luchó contra la opresión en el pecho, la garganta. Las lágrimas que querían llenarle los ojos y las retuvo, atrapándolas en el interior de su corazón.
—Entonces para. —Dejó caer la cabeza hacia delante, los labios posados contra la frente de él, los dedos todavía aferrados en su cuello—. Todo lo que tienes que hacer es parar.
Y matarla. Y quitarle algo que no había sabido que se estaba perdiendo hasta ahora. No había sabido lo bueno que podía ser, lo caliente que podía ser. No había imaginado que su contacto pudiera no sólo enviar el placer apresurado a través de cuerpo, sino más profundo, hacia su corazón intacto. Hacia esa parte de ella que siempre había ocultado, que siempre había permanecido distante.
Ella no era distante con Zeke. Deseaba rogar. Deseaba suplicarle que no parara, que no alejara la calidez de ella. Que no le robara su toque cuando lo había esperado durante tantísimo tiempo.
Un segundo después, se estaba retirando de ella lentamente. Rogue obligó a las rodillas a soltarse, se obligó a sí misma a encontrar el equilibrio mientras él lentamente, muy lentamente la soltaba, luego retrocedió un paso.
—¿Conseguiste todo lo que querías? —Rogue recurrió al sarcasmo para evitar llorar—. Si es así, como dije antes, ya sabes dónde está la puerta.
Se giró, en realidad casi tropezando, para alejarse de él y encontrar el consuelo relativo de su habitación, la gran bañera, burbujas calientes que de ninguna manera remplazarían su toque.
—Soy demasiado mayor para ti, Rogue. Lo sabes tan bien como yo.
Un segundo más tarde se encontró a sí misma atraída contra su pecho, la espalda nivelada contra él, absorbiendo su calor y su furia.
Rogue negó con la cabeza lentamente.
—No es la edad, Zeke —le dijo en voz baja—. Esa es tu excusa. ¿Por qué no lo admites? Tu reputación no te permite estar conmigo, y ambos lo sabemos.
El silencio llenó el aire entre ellos. Ella sintió sus dedos apretándole las caderas, el pecho ensanchándose detrás suyo.
—¿Crees que no te follaré porque puedes dañar mi reputación? —Hubo un filo de burla en su voz que fue cortante—. Oh, Rogue, cariño, no tienes ni idea de lo equivocada que estás. No te follaré, nena, porque sé lo que nadie sabe. Sé exactamente por qué una relación conmigo nos destruiría a ambos.
—¿De verdad? —Ella no veía la destrucción. Veía la necesidad, el sufrimiento, la oscura soledad que nadie más podía calmar. Un hambre que solo Zeke podía satisfacer. Que siempre había sabido que sólo Zeke podría satisfacer.
—¿Y qué es lo que crees que sabes?
—Sé, Caitlyn Rogue, lo muy inocente que eres comparada conmigo y lo que sé es que acabaría quitándotela. No eres una mujer que permitiría a un hombre follarla por el placer de ello, sin sentimiento. No eres una mujer que pudiera alguna vez dar con facilidad lo que yo necesito. Y no eres una mujer del que un hombre pueda alejarse sin lamentos. Eres demasiado joven para esos lamentos. Y yo demasiado mayor para querer ver cómo te atan. Piensa en eso. Recuérdalo. Porque la próxima vez que me invites a tu cama, puedes encontrar más de lo que esperabas.
Si él esperaba que se tomara las amenazas veladas y la indirecta como una excusa, entonces sería mejor que se lo pensara de nuevo.
Le arrojó un pequeño gruñido de enfado mientras se soltaba de sus brazos.
—¿Qué, Zeke, te gusta retozar con tus esposas? —le espetó, girándose hacia él, casi ardiendo en llamas ante la mirada en su rostro—. ¿Te gusta jugar al sheriff grande y malo cuando follas a tus mujeres?
Los labios de él se arquearon con un atisbo de diversión que ella simplemente no apreció. Casi una sonrisa mientras esos predadores ojos marrones vagaban sobre el frontal del desabrochado chaleco de piel.
—¿Retozar con las esposas sería el menor de tus problemas? —le gruñó en respuesta, y ella casi le creyó.
Fingió un escalofrío.
—¿Debería gemir y rogar piedad?
—Probablemente. —Hubo un gruñido de risa—. Una cosa es segurísima, acabarías con unas palmadas en el trasero. ¿Se detiene alguna vez esa boquita tuya?
—Sólo cuando estoy besando a sheriffs cobardes con más excusas que esposas. —Sonrió ella forzada—. Vete a casa, Zeke. Estoy cansada de jugar contigo esta noche. Te diré que, la próxima vez que esté de humor para unas cachetadas y cosquillas te llamaré. Parece que eso es todo lo que estás dispuesto a sacar en un momento dado.
Oh, estaba cabreada. Lo fulminó con la mirada, viendo la diversión, la cuidadosa vigilancia que manifestaba. ¿Él pensó que podría entrar en su casa y simplemente jugar al amante grande y malo arrojando sus pequeñas advertencias? ¿Quién demonios era él esta semana? ¿El señor del infierno? Tonterías. Oyó durante años cómo le gustaba follar al sheriff. Toda la noche. Duro y fuerte. Era como un semental listo para montar y cabalgar en cualquier momento, una viuda había hablado a rastras y a tumbos durante un festín de autocompasión de épicas proporciones cuando el semental del sheriff había dejado de ir a su cama. Rogue estaba cansada de oír las malditas historias de mujeres ahogando sus penas en whisky.
—Listilla. —Bajó la voz, más profunda—. Esa fue gratis, cariño. Sigue así y empezaré a dejar la cuenta abierta. Haré la recaudación.
Ella fingió un escalofrío.
—Estoy temblando en mis zapatos.
Él miró a los zapatos en el suelo, luego de vuelta a sus pies antes de que los labios se apretaran y diera una fuerte sacudida con la cabeza.
—Tengo que salir de aquí —dijo él—. Si oigo algo sobre los gemelos, te lo haré saber.
—Simplemente envía a uno de tus pequeños ayudantes —le ordenó furiosa—. He decidido que después de todo no me gusta jugar contigo, Zeke. Pienso que ya es hora de que considere a otros tipos potenciales.
Él se detuvo.
Zeke pudo sentir la sangre estallándole en la cabeza ante la pequeña y airada amenaza, y el hecho de que fuera en serio. ¿Iba en serio? La miró fijamente a los ojos, manteniendo los ojos entrecerrados mientras juzgaba su expresión.
Sip, tal vez iba en serio.
—No me precipitaría en nada si fuera tú —la advirtió. Intentó mantener la advertencia ligera, pero falló miserablemente. Sabía cómo sonó. Como un hombre advirtiendo a su mujer que diera marcha atrás en un límite que estaba a punto de cruzar.
Él no podía tenerla, pero que lo maldijeran si iba a permanecer a un lado y observar a algún otro bastardo tomarla ahora que la había probado.
Ese pensamiento lo congeló con tanta efectividad como lo hizo la advertencia de Rogue. Demonios, estaba perdiendo la jodida cabeza.
—Joder —gruñó de repente—. No es asunto mío.
—No es asunto tuyo —estuvo de acuerdo ella, evidentemente más enfadada ahora que cuando empezó.
Zeke observó el rubor que subió por sus mejillas, el brillo de la batalla en sus ojos violetas y casi, sólo casi, se pregunto por la chispa dominante que parecía desencadenar una cascada de lujuria en sus entrañas.
Maldita fuera. No se suponía que lo desafiara. Que lo cabreara, sí. ¿Qué lo desafiara? Diablos, no. Era la única cosa que había luchado por evitar que pasara durante años. Rogue desafiándolo no era algo que ninguno de ellos quisiera poner a prueba ahora mismo. No mientras el sabor de sus labios permanecía en los suyos, mientras todavía notaba los sedosos y resbaladizos jugos de su coño en las yemas de los dedos.
—Ve con cuidado pequeña —le dijo amablemente—. Desafiar a un perro grande es muy distinto a desafiar a esos pequeños chihuahuas con los que vas a veces. Ladran al viento, meten las colas entre las piernas y huyen cuando yo les gruño en respuesta. Recuérdalo. Y mejor considera que hay una razón para ello. No soy un perrito faldero que puedas acurrucar, acariciar y pasarle la mano unas cuantas veces, y considerarlo un trato hecho. Eres una niña a mi lado, Rogue. No son los años entre nosotros lo que me retiene; es el hecho de que tú y yo, ambos; sabemos que hay cosas sobre mí que no quieres tentar. De lo contrario, no estarías tan malditamente decidida a presionarme.
Ella alzó la ceja de golpe. Un pequeño arco perfecto de sarcasmo.
—Estoy segura de que tendré pesadillas esta noche —dijo arrastrando las palabras—. Cierra cuando te vayas, sheriff. Ya he tenido bastante de profundas y oscuras advertencias y tonterías masculinas dominantes. Te haré saber cuando esté preparada para más.
Lo pasó tranquilamente, y él la soltó. Tuvo que obligar a sus dedos a no curvarse en puños para contener el impulso de alargar la mano para cogerla. Tuvo que obligarse a no seguirla cuando la puerta de la habitación se cerró.
Demonios, tuvo que obligarse a irse del apartamento. Cruzar a grandes zancadas la habitación, girar la cerradura de la puerta, y salir antes de cerrarla tras él. Obligarse a bajar las escaleras y a atravesar el bar fue incluso más difícil.
Porque sabía lo que ella estaba haciendo. No estaba en un maldito baño de burbujas. Sintió su mirada al minuto en que salió del bar. Estaba arriba observándole, igual que lo había observado entrar en el bar incontables veces. Y se preguntó si ella estaba recordando la oscura promesa de ese beso que habían compartido, porque él sabía con certeza que no podría ser olvidado.
El beso en sí mismo fue un desafío. Debería haberlo sabido al instante en que ella empezó a luchar por su sabor, presionando por más, por una caricia más profunda, un sabor más fuerte. Estaba metido en un gran problema en lo que se refería a esa mujer.
Debería haber sabido que Rogue no escucharía una advertencia, que no vería la razón. Era joven, impulsiva, salvaje como el viento. Demasiado joven. Hijo de puta. Abrió de golpe la puerta de la camioneta y se alzó hacia el asiento antes de cerrarla de un portazo. Quería estrellar los puños en algo; quería aullar a la jodida luna, volver dentro corriendo y demostrarle como un hombre hambriento, como un hombre tomaba a su mujer, y exactamente como esperaba un hombre una respuesta.
No le convenía jugar con él. No le convenía apretar sus botones y dejarlo con una polla tan malditamente dura que si lograba conseguir que se relajara, entonces la cabrona estaría todavía sensible, todavía lista para la acción. No había estado tan malditamente a punto para el sexo en más años de los que quería contar.
La mujer le endurecía la polla más rápido de lo que el viejo Parson juró que la Viagra hacía. Era un maldito lío, y empezaba a perder no sólo el control si no también el juicio.
Ella era, así de simple, demasiado condenadamente joven para el hambre que él tenía.

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