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595 days ago
14.
Natches tenía ganas matar. Con Dios por testigo, en el momento que esos destrozados y dorados ojos color miel se posaron en él después de entrar en la casa flotante, tenía ganas matar.
Quería volver a matar a Craig, su fallecido marido. Quería hacer sufrir a Nassar Mallah. Quería golpear a Cranston hasta convertirlo en una masa ensangrentada y quería despedazar, a quién fuera que se hubiera atrevido a matar a Denton, miembro a miembro.
Quería que la sangre cubriera sus manos, pero incluso más, quería calmar el inquietante dolor en los ojos de Chaya.
—Mírate —dijo, manteniendo la voz queda y suave—. Funcionando con nada más que café y unos cuantos donuts. Temblando en mis brazos y mirándome con ferocidad. Me apuesto a que si tus ojos no hubieran estado cerrados por la hinchazón cuando te rescaté, habría visto entonces la misma voluntad de lucha en ellos.
—No hagas esto. —Sacudió la cabeza—. No soy lo que ves. No soy así de fuerte.
Le mostró una sonrisa traviesa, porque él lo sabía. Una sonrisa tan engreída y confiada como ningún autoproclamado lascivo le había ofrecido nunca a una mujer. Y surtió el efecto de llevar el rubor a su rostro, un destello de ira a sus ojos.
—Piensas que lo sabes todo. —Le empujó el pecho, como si en verdad fuera a soltarla ahora—. Suéltame.
Él rió ante eso.
—Nena, te cubrí las espaldas y te dejé pelear. Te llevé al peor bar de country en tres condados y me senté en la barra como un buen chico como habíamos quedado. Ahora este es mi terreno. No tengo que ser un buen chico aquí.
—Como si alguna vez fueras un buen chico —resopló y trató de retorcerse en sus brazos.
Natches se rió ante eso.
—Siempre he sido un buen chico contigo, Chay. Te dejé huir cada vez que quisiste hacerlo, ¿recuerdas?
—Ahora no me dejas huir —le espetó—. Y a todo lo que quiero huir es a una maldita ducha.
La abrazó sin apretar, dejando que se retorciera, dejando que ese pulcro cuerpecito se golpeara y frotara contra el suyo. Su polla estaba dura como una roca, había estado así desde que la observó en ese maldito bar.
Quería envolverla en sus brazos y mecerla, y al mismo tiempo deseaba follarla hasta que supiera hasta el fondo del alma exactamente a quién pertenecía.
—Bien, pero hoy estoy cansado de ser un buen chico. —Sonrió y agachó la cabeza, robándole un beso antes de que pudiera soltar más que un jadeo de protesta.
Cuando ella forcejeó, se las apañó para sacarle la camisa. Se había cambiado de ropa en el hotel, pero se dio cuenta que su equipaje probablemente se había esfumado en algún lugar. El equipo de bomberos había accionado varios de esos artefactos para cotejarlos con los escombros del coche del agente muerto.
Al pensar lo cerca que ella había estado de estallar también en llamas, le hizo temblar las manos mientras le sujetaba las caderas contra él y le daba otro beso. Un beso más profundo.
Mierda, si no olvidaba el miedo que lo congeló hasta los huesos cuando se dio cuenta que el coche de ella había sido manipulado para estallar, entonces se desintegraría por completo.
—Natches. —Su voz ahora no era más que el suspiro de un gemido—. Tienes que parar esto. Tengo que pensar.
—Aquí no está permitido pensar.
La dejó forcejear y retorcerse hasta que se giró y se encontró con el borde de la barra que separaba el salón de la cocina. Y luego le presionó los hombros hacia abajo.
No iba a ser lento y calmado esta noche. La lentitud y la calma vendrían más tarde. Ahora mismo, estaba quemándose vivo por ella.
Le aflojó los vaqueros y se los pasó sobre ese bien torneado trasero. El culo más bonito en los cincuenta estados que prestó juramento, mientras apresuradamente se sacaba sus vaqueros y liberaba la atormentada longitud de su erección.
Follarla era el éxtasis, y no podía estar sin esto mucho más tiempo.
—¿Qué estás haciendo? —Sin aliento, caliente, su voz le inundaba. No estaba protestando, estaba perdida en esto, al igual que él siempre se perdía en ella.
—Intentamos hacer un pequeño Natches, ¿recuerdas? —Metió la punta de la polla en los hinchados y saturados pliegues de su coño antes de empujar dentro de ella.
Maldición. Era como empujar en una llama viva. Natches gruñó, sintiendo el sudor cubriéndole la piel mientras ella lo quemaba vivo. Empujó la polla un poco más, sintiendo como se apretaba a su alrededor, sintiendo los delicados músculos de su vagina apretando y acariciando la sensible carne.
Nada era tan bueno. No había placer en la tierra que pudiera ser nunca tan bueno como tomar a Chaya así. Cuando ella lo alcanzó, las cortas y cuidadas uñas se le clavaron en el muslo, le dio más. Lentos, pausados empujes que lo enterraban en ella un poco más cada vez. Dándole la oportunidad de deleitarse con cada convulsión en respuesta alrededor de su ultrasensible polla.
—¡Maldito seas! Natches —le maldijo, incluso mientras tiraba de su muslo tratando de obligarle a ir más profundo.
Su voz era espesa, un femenino y pequeño gruñido de exigencia que le hizo sonreír de placer.
—¿Qué? ¿Quieres que pare? —Se detuvo. Medio enterrado en su interior, el glande latiendo, ansiando más.
—¡Estás loco! —le gritó.
—Hmm. Buena cosa que uno de nosotros esté cuerdo entonces. —Se inclinó hacia delante y posó un reguero de besos entre sus omoplatos—. Nuestro niño necesita al menos un padre cuerdo. Tú eres la sensata. —Empujó un poco más.
Él notó el fluir de sus jugos y tuvo que apretar los dientes para contener la liberación. Las pelotas se le habían apretado contra la base del pene, sensaciones de chispas eléctricas provenían de ellas por la necesidad de correrse.
—Oh Dios, Natches, no podemos seguir haciendo esto. —Ahora ella respiraba con dificultad, jadeando en pequeñas bocanadas que le aseguraban que estaba tan fuera de sí por el placer como él.
—¿Hacer qué? —Le corrían gotas de sudor por la sien mientras ella le incendiaba hasta el alma.
—Hablar de bebés.
Movió las caderas y entró otro centímetro, rápido y duro, apretando los dientes mientras ella se arqueaba, un hambriento gemido rogándole más.
—Pensar en darte bebés me pone duro —jadeó él. Mierda, pensar en su respiración lo ponía duro. Había permanecido duro entre cada liberación con la esperanza de tener más de ella.
—Todo te pone duro —dijo ella respirando entrecortadamente, y él tuvo que reír.
—Todo en ti me pone duro. —Se retiró, la punta de la polla suspendida justo dentro del calor líquido antes de volver a entrar otra vez.
Un ahogado gemido femenino llenó el aire cuando la tomó de nuevo. Empujando profundamente en su interior, se detuvo, y se retiró, sólo para volver a empujar. Empalándola con lentas estocadas, luego un rápido y duro empuje que la clavó a la mesa y la tuvo tratando de gritar el nombre de Natches.
—¿Conseguiste hoy esos condones? —Él apenas podía pensar, mucho menos hablar. Pero era el juego amoroso que ella necesitaba esta noche. Eso, y la lenta comprensión que eso iba a pasar. Ella iba a pertenecerle. Por completo.
—¡Maldito seas! —insultó ella, pero no había ira, tal vez un asomo de risa.
—Oh, tía, muy mal, Chay. —Le apretó las manos en las caderas mientras se retiraba.
—Natches, no te atrevas a parar —gritó ella, el pánico llenando su voz—. Oh Dios, por favor, no pares.
No había ni una posibilidad.
Empujó dentro de ella hasta la empuñadura, gruñendo ante el placer que bordeaba el dolor mientras se obligaba a detenerse, a mantenerse profundamente en su interior. A sentirla.
Ella estaba cerca del orgasmo. Su coño le apretaba el pene, acariciando el sensible glande, convulsionándose sobre éste como mil deditos hambrientos acariciándolo a la vez.
—Te sientes tan bien. —Se inclinó hacia ella, le besó la oreja y luego tiró el lóbulo con sus dientes acosándolo eróticamente—. Tan apretada y caliente a mí alrededor. Podría estar dentro de ti para siempre, sintiéndote correrte para mí, una y otra vez, Chay.
Podía notar la transpiración cubriendo ambos cuerpos. Tenía sus uñas clavadas en el muslo, un agudo dolorcillo que lo mantenía concentrado en medio del placer.
—¿Estás preparada para mí, Chay? Voy a tomarte duro. Voy a tomarte tan duro y profundo que pensarás que te estás muriendo. Luego, antes de que desaparezca el último temblor, voy a tomarte otra vez. Una y otra vez, hasta que sientas todo ese amor ardiente y caliente dentro de ti. ¿Me oyes, cariño? Vamos a encontrar todo ese amor.
Ella gritó su nombre. El sonido de su voz, aturdido y espeso por el placer que le estaba dando, fue casi, sólo casi, suficiente para enviarlo al clímax. Tuvo que apretar los dientes y lidiar por dominar la liberación. Pero supo que no iba a poder contenerlo durante mucho tiempo.
Agarrándole las caderas firmemente, empezó a moverse. Empezó lentamente, pero la calma y la lentitud no eran lo que ambos necesitaban. Ella necesitaba arder a través del dolor y él necesitaba guiarla a través de esa pasión. Necesitaba sentir que ella se deshacía a su alrededor, estallando de éxtasis mientras se hacía añicos.
En segundos, los empujes aumentaron. Estaba golpeando contra ella, enterrando la polla en su interior ciegamente, con golpes frenéticos mientras ella rogaba por más. Más duro. Más duro, más fuerte, hasta que oyó el gemido de Chaya llenando su cabeza y sintió su coño, como un puño apretado en la polla, ordeñándolo, arrancándole su liberación, desgarrándole con fuego y relámpagos.
—¡Ah, mierda! —Apenas reconoció su propia voz—. Chay. Ah Dios, nena, sí, tómala. Tómame todo.
Se vertió en su interior mientras sentía las contracciones de su coño derramando su alivio alrededor de él. Profundos, violentos chorros de semen salían de la punta de su polla, el apresurado placer le desgarraba el cuerpo mientras seguía empujando, enterrándose más profundo, y sintió las estrellas explotando en su cabeza mientras ella gritaba su nombre.
Se derrumbó sobre Chaya, las rodillas le fallaron, y maldición si no empezaba a sentirse tan exhausto como ella había parecido antes.
Las contracciones que convulsionaban alrededor de su polla se calmaron, y mientras le besaba el hombro, sonrió.
—¿Sabes una cosa, cariño? —dijo arrastrando las palabras.
—Hmm. —Estaba derretida debajo de él, saciada, relajada.
—Sabes que ahora estás muy embarazada, ¿no? —El orgullo se inflamó intenso y fuerte dentro de él, y juraría que estaba poniéndose duro otra vez—. ¿Ves? Te lo dije, pensar en hacer bebés contigo sólo me pone más duro.
* * *
Tan pronto como Chaya se duchó y tomó la comida improvisada de Natches, que la esperaba, su familia se reunió con ellos. Rowdy y su esposa, Kelly; Dawg y su esposa, Crista; y el tío Ray y su esposa María. Y el hermano de Crista, Alex Jansen.
Chaya conocía a Alex Jansen bastante bien —era más conocido como el músculo de Cranston, sin embargo dudaba que los Mackays supieran eso. Y por la mirada de advertencia que le lanzó, él tampoco quería que lo supieran.
Oh, que liado se estaba poniendo este pequeño enredo. Sabía que Alex podía informar a Timothy y provocarle más problemas de los que ella quería afrontar, pero también sabía que el hombre era increíblemente leal a su hermana pequeña, Crista.
¿Sin embargo, hacia qué lado se decantaría la lealtad de Alex?
Mientras los hombres se reunían con las cervezas que Natches había amontonado en la cubitera llena de hielo y las mujeres llevaban los tentempiés, los bocadillos y las patatas, Chaya examinó las relaciones entre los Mackays, sus mujeres, y el tío que más o menos los había criado a todos.
Ray Mackay era completamente opuesto a sus hermanos o hermana. Amaba a su hijo y a sus sobrinos, era increíblemente protector con ellos, y la lealtad y calidez parecía extenderse también hacia Alex. Y tal vez incluso hacia Chaya.
La había abrazado cuando entró, le palmeó el hombro, y le dijo que no se preocupara, los Mackays iban a encargarse de todo.
Quiso sonreír ante la declaración, pero tuvo el presentimiento de que iba completamente en serio.
Ahora, mientras se sentaba y observaba a los hombres revisar los informes escritos que Natches había sacado del portátil de ella, tuvo un atisbo de preocupación por haberlos involucrado. Si algo le pasara a uno de ellos, afectaría a toda la familia. Y no sólo les afectaría, los devastaría.
—Todos los sujetos a los que preguntaste eran ex miembros del ejército. —Rowdy le lanzó una mirada entornada a través de la amplia mesa cuando dejó los archivos que había estado revisando. Arrojó dos archivos hacia ella—. Hollister Mcgrew.
Chaya miró fijamente la foto clavada en una esquina del archivo. El rostro picado de Hollister Mcgrew, la miraba, enmarcado por un pelo lacio, castaño y luciendo una mirada obstinada. Se les informó que él y Johnny habían sido amigos en la universidad, y más tarde habían corrido juergas en varios bares de la localidad antes de que Hollister se alistara en el ejército.
No era gay, en verdad se consideraba a sí mismo un mujeriego, a pesar de los dientes delanteros cariados y el mal aliento. La licencia con honor del ejército había sido médica. Hollister no había llevado bien lo del ejército.
—George Mack. —Rowdy arrojó otro archivo.
Flaco como un palillo con lacios y finos cabellos castaños y obscenos ojos marrones. Durante unos años, él y Johnny habían sido amigos íntimos, hasta que George se había unido al ejército. Al igual que Hollister, George duró hasta la primera misión antes de recibir la licencia, sin embargo había sido menos honorable. Casi termina en Leavenworth .
Había otros. Se rumoreaba que algunos de ellos estaban metidos en drogas, grandes robos o hurtos. Los pocos que no eran ex militares, tales como Rogue Walker, una antigua amiga de Johnny, eran personas de interés los cuales podían tener o no información que vinculaban a Johnny con otras personas de utilidad.
—Johnny fue el único que admitió ser el cerebro de todo el asunto —señaló ella, haciendo de abogado del diablo.
—Ninguno de ellos tiene el cerebro o las conexiones para haber ayudado a Johnny a montarlo todo, ni podían haber mantenido sus sucias zarpas alejadas de un millón en efectivo —expuso Alex—. Son peones. ¿Quién es el rey?
Esa era una buena pregunta. Chaya se pasó los dedos por el pelo con frustración. Eso todavía no lo había averiguado.
—Tienen también conexión con los demás —expuso ella—. El alcalde y el jefe de policía. George Mack es primo segundo del alcalde Sunders. Hollister trabajó para Sunders como manitas durante varias semanas. Siguiendo la misma pauta para todo el mundo que he preguntado. Recibía tres o cinco nombres cada día así como las más probables localizaciones y residencias. Y las preguntas.
—Las preguntas no eran tan difíciles —resopló Dawg—. Y es condenadamente fácil mentir.
—Y a veces, es condenadamente fácil ver esa mentira. —Ella se encogió de hombros—. He sido entrenada para ver las mentiras. Soy una especialista en interrogación, Dawg. Esto es lo que hago bien.
Había tenido que mentir un poquito durante el interrogatorio, y sabía que eso estaba en las notas que le enviaba a Cranston cada noche. Las mismas notas que todo el mundo de allí tenía ahora.
—Johnny no confiaba en nadie —les dijo Ray a todos mientras echaba un vistazo a los archivos—. Era un chico raro, pero la confianza no era algo que concediera con facilidad.
—La confianza era algo que canjeaba —dijo Natches, su voz curiosamente suave—. Johnny sólo confiaba en su madre y en Dayle. Y sabemos que Nadine mentiría si con ello consigue lo que quiere. Dayle no es mejor.
Era su padre, pero no hubo mucho más que una pizca de emoción en su voz.
—Cranston llega por la mañana —les dijo ella—. Recibí su mensaje antes de volver al barco. Espero que tenga más respuestas.
—Sugiero que traiga respuestas. —El tono peligroso en la voz de Natches regresó. Si Timothy no tenía respuestas, entonces iba a tener que tratar con más de un Mackay cabreado.
—Varios de estos chicos también eran militares —observó Alex—. El equipo que capturamos después de la muerte de Johnny estaba formado por ex militares. Jugadores, alborotadores, ninguno bueno, pero pensaban que eran Rambo una vez regresaron a casa.
—El grupo que perseguimos, La Liga de la Libertad, utiliza a esos hombres para ayudarles a robar las armas que quieren obtener. Pero la Liga nunca antes había intentado vender algo tan potente a los terroristas.
—Las pocas ocasiones en que consiguieron robar armas más potentes, el DSN estaba allí para detener las ventas. Los agentes permitían pasar los alijos más pequeños mientras trabajaban para identificar y capturar a esos cabecillas de la milicia.
—Si la Liga está involucrada, entonces debe haber sido un golpe. Habrían sacado al Sueco y a su grupo, y habrían utilizado hombres más capaces para sacar adelante la operación —señaló Alex.
Y Chaya estuvo de acuerdo con eso… hasta cierto punto.
—Excepto que el intermediario Sueco había, de acuerdo con la evidencia que barajaba, trabajado antes con el contacto de esta zona. Los misiles eran baratos. ¿Dos millones? —Ella se burló—. ¡Por favor!, habrían conseguido veinte millones por ellos. Y la intención era esa. El intermediario sólo estaba comprando los derechos de transporte y los arreglos de la subasta de los misiles. Y eso es lo que Johnny no sabía. Pensaba que la venta de misiles era un trato cerrado.
—Lo que significa que alguien más, en algún lugar, estaba tirando de los hilos —reflexionó Natches, volviéndose a sentar en la silla, contemplando los papeles sobre la mesa antes de alzar la mirada hacia Chaya.
Ella ahora vio la amargura, la ira.
—Cada paso que hacemos nos lleva en esa dirección —afirmó ella.
—Jodido Somerset, Kentucky, sede de las ventas de la milicia ilegal y del terrorismo nacional. —Una risa cínica traspasó sus labios—. ¡Joder, chicos! —Miró a sus primos—. ¿Hemos estado dormidos o qué?
Chaya sacudió la cabeza, sufriendo por él. Este era su hogar, y sabía que amaba a estas montañas, el lago, e incluso de alguna manera, a la gente.
—Somerset es uno de los muchos pueblecitos —le dijo a él—. Las milicias de guerrilla pueden crecer y prosperar en tales áreas, por los vínculos con sus familias y comunidades. Saben a quién captar, en quién se puede confiar y quién puede chantajearles. La mayoría son inofensivos. Buenos chicos conspirando para defender a Dios y al país contra los agresores. Tienen vínculos con el personal militar, obteniendo unas cuantas armas aquí y allí, y eso los hace sentir más seguros. No lo hace legal, pero se sienten más seguros. Entonces, de vez en cuando, sale algo como la L.L. Y se tuerce, atrayendo a esos grupos una vez inofensivos, y de repente tienen un ejército con conexiones en toda América. Si pudiéramos capturar a la persona o personas que tiran de los hilos aquí en Somerset, entonces tendríamos la oportunidad de desmontar toda la red.
—¿Y crees que haciendo preguntas peliagudas a unos cuantos gilipollas va a lograrlo? —Dawg pasó las manos con asco sobre los archivos—. No veo ni una maldita referencia aquí sobre la Liga de la Libertad o una red de terroristas nacionales.
—No leíste el archivo de ella —le dijo Natches con calma, su mirada todavía clavada en Chaya—. Yo lo hice.
Chaya apretó los labios y bajó los ojos. Había hecho las preguntas que sabía irían en dirección de Natches y su padre. ¿Cuán leal era a su padre? Él proclamaba que no lo era, pero los lazos de familia a menudo tenían fuertes trasfondos. Y Natches no era tan fácil de leer como pretendía. En algunas áreas, sus secretos eran mucho más profundos de lo que la mayoría de la gente podía imaginar.
—Las preguntas que Cranston me envió ahora son más específicas. Centradas en Johnny, sus amistades y sus conexiones. Y hay ciertos hilos que se conectan entre ellos. La familia de Johnny. —Observó cómo Dawg apretaba la mandíbula—. Sus lealtades. Sus amigos. Con quién se hacía más, porque en esos grupos, encontraremos el contacto que necesitamos.
—En ese grupo de nombres no lo harás —resopló Rowdy—. He repasado estos archivos, agente Dane. No hay nada para identificar algún tipo de líder de una red de milicia nacional. Estos hombres son unos inadaptados. ¿No pueden decidir dónde usar el siguiente baño y esperas que me crea que forman parte de las bases crecientes de un grupo terrorista?
—Estoy más inclinada a creer que son peones de tal grupo —le soltó en respuesta—. He trabajado en este caso durante cinco años, Rowdy. Reconozco las señales. Y están todas.
—¿Quién en Somerset puede organizar y dirigir algo así? —Dawg miró hacia los otros, luego sus ojos centellearon con ira mientras se inclinaba hacia ella—. Los jodidos Mackays. Yo, Rowdy, Natches, podemos hacerlo —resopló—. ¿Cranston va ahora detrás de nuestros culos?
Ella negó con la cabeza.
—Sandeces. —Su mano golpeó la mesa—. No hay nadie en este condado con más experiencia militar, paramilitar, o asesinanto que nosotros tres.
Un asesino francotirador, un asesino de explosivos, y Rowdy, uno de los mejores comandantes de los Marines. Todos ellos abandonaron pronto el ejército. Para Dawg y Natches, después de una misión, ambos con licencias médicas. Rowdy aceptó dos misiones y se licenció. Tan pronto como volvieron, la Liga había empezado a crecer en esa zona.
—Ya investigué esa opción —les contó, mirando fríamente a Dawg—. No tienes las conexiones, ni tu personalidad tiene el temperamento necesario para ese trabajo.
Casi se la come, levantándose a medias de la silla mientras Natches se ponía en pie.
—No me digas que no tengo el temperamento para esto, pequeña —gruñó—. Esa mierdecilla de bomba en el coche, que se llevó de paseo a tu agente, parece un petardo comparado con lo que soy capaz de hacer.
—Para, Dawg. —Le advirtió Natches.
—Déjalo, Natches. Puedo manejarlo. —Le sonrió forzadamente a Dawg mientras su mujer se ponía detrás de él, con los ojos chispeando de ira mientras miraba a Chaya.
—Esa mierdecilla de bomba como tú la llamas —le soltó—, tenía una firma. La hemos rastreado antes.
—Yo no dejo jodidas firmas —le espetó.
—Exactamente. Tú no las dejas. Y la falta de ella es tu firma —le dijo—. No te hagas el tonto, Dawg, sólo porque no te gusto. —Chaya se levantó, aferrando con la mano la muñeca de Natches—. Tú, Rowdy, Ray, vuestras mujeres, y vuestros amigos íntimos fueron los primeros investigados. Minuciosamente. Encabecé esa investigación. Sé lo minuciosa que fue, porque sabía que ninguno de vosotros era malvado. Mordaces, malditamente malos cuando tenéis que serlo, y tan condenadamente arrogantes que una mujer tiene que apretar los dientes. Pero no sois traidores ni terroristas. Y lo demostré.
—Ella tiene razón. —Defendió Alex, atrayendo sus miradas. Estaba reclinado en la silla, los ojos grises iluminados por la diversión—. Seríais unos terroristas pésimos y fuisteis unos soldados pésimos. Creo que por eso los Marines os dejaron ir tan fácilmente, porque no seguís las órdenes para nada. —Se inclinó hacia delante y sonrió plácidamente—. Pero ellos piensan que yo sí. Y Chaya sabe eso. No es la única que está trabajando en este caso. Ahora, si ya hemos acabado este jueguecito de poder, tal vez podamos volver a trabajar en esto y averiguar a quién demonios persigue Timothy. En el caso que no lo haya averiguado por sí mismo.
Natches miró otra vez a Dawg, furioso, bordeando la rabia, pero la cólera no estaba dirigida a su primo. Estaba formándose en su interior, amenazando con romperle el control, por sus propias sospechas. No, sus propias certezas.
Dejó que Chaya lo arrastrara a la silla de nuevo e ignoró sus miradas preocupadas mientras seguían trabajando. Al final, ella se apartó mientras Alex les informaba sobre la Liga de la Libertad y sus conexiones. Era información que ya conocía de sobras. La sabía, porque esa maldita organización había asesinado a su hija.
Él la observaba mientras se movía por el salón, sentándose fuera del grupo de mujeres. Al final, María la atrajo hacia ellas con su amable sonrisa. María era la mujer más amable que Natches había conocido nunca hasta que sus primos empezaron a enamorarse. Habían elegido mujeres con esas mismas cualidades.
Al final, Chaya y Crista estaban hablando. Natches las observaba, dándose cuenta que Dawg las miraba, y le llamó la atención. Iban a tener que hablar de esto, y pronto. No podía entender el problema de Dawg con Chaya, y estaba empezando a no importarle el problema. Iba a detenerlo.
Al final, horas más tarde, se levantaron, se desperezaron, sacudiendo las cabezas y admitieron que tendrían que esperar a Timothy. Natches permanecía en silencio, vigilante.
Chaya estaba exhausta y la llevó a la cama, la acurrucó contra él, y esperó a que se durmiera. Mientras cavilaba. Y todo en lo que pensaba en el mundo no lo ayudaba a encontrarle sentido a lo se estaba cociendo en sus entrañas, o la ira que atormentaba su mente.
Pensar solo lo empeoraba.

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