Hipsgrung.

@LittleK1Draulh

Des de Aye, Aye hasta Oe,Oe. Un loco canadiense y 5 idiotas. Demetira como princesa. Taylor ídola.Miley mi diosa. #Belieber #Lovatic #Directioner

10 RAZONES PARA AMARTE.
1 Capítulo.
Y entonces ella me preguntó “¿Y por que me amas? ¿Por que has estado toda una vida a mi lado? ¿Por que has aguantado mis chillidos, mis rabietas, mis enfados? ¿Por qué seguiste a mi lado, después de todo?”
Y yo le respondí que tenía 10 razones para amarla y sólo una para dejarla de hacer. Ella, se acomodó sobre su cama, con las pocas fuerzas que le quedaban y me pidió que le contara cada y una de las razones. Sonreí. Había 10 razones por las que le amaba, y seguramente, el tiempo que tardaría en explicarle esas 10 se habría llevado el último segundo de su vida.
Respiré hondo. 10 razones por las que te amo.

RAZÓN NÚMERO UNO.
La primera razón por la que la amaba era por el primer día que la vi. Des de ese maldito segundo se que era ella la razón por la que llovía de esa manera aquella tarde de Domingo, por que el sol lloraba, pues su sonrisa podía iluminar más que él. 
Por suerte, había una cafetería abierta, un Starbucks. Pese a que era Domingo, estaba abierta. Necesitaba una dosis de cafeína. Aquella misma mañana Johana me había dejado. 
Johana era la chica con la que salía des de el instituto, con la que di mi primer beso. La chica a la que había dedicado cada día de mi adolescencia. Y me había dejado por un Canadiense mucho más alto, mucho más guapo. Mucho más yo.
Y ese mismo día, justamente se me había roto la cafetera de casa. ¿Una señal? No, era una auténtica putada. La cafetera me había costado 100 dolares y seguro que en repararla me gastaría como mínimo 50, así que me salía más a cuenta ir a un Starbucks a por una dosis de cafeína, al menos hasta que tuviera la suficiente dignidad como para que la llevasen a reparar, por décima vez aquel mes.
El Starbucks estaba lleno a reventar, y yo no estaba de humor, así que fui directamente a la barra y allí me atendió ella, sonriendo.
Era raro que alguien, un Domingo a las 5 de la tarde sonriera cuando hacía un día de perros y seguramente llevaría toda la jornada trabajando. Miré la chapa que llevaba en el pecho. “Miriam”. Se llamaba Miriam. 
-¿Que te pongo?
Me quedé en blanco. La verdad es que hacía ya un tiempo que no entraba a un Starbucks así que no sabía que pedirme. Mire el cartel de arriba que colgaba en el techo. Hoy me tomaría un Frapuchino. 
-Un Frapuchino.
Busqué en mi bolsillo los 4'50 que valía ese agua chirri caliente que tanto necesitaba, se lo dejé encima de la mesa y me fui.
Salí a la calle y estaba aún más llena de gente con paraguas que cuando había entrado a la cafetería. Mi apartamento estaba justamente arriba, así que no tenía que caminar mucho. Subí al piso, encendí el televisor, me tumbe en el sofá y me empecé a tomarme aquel café que no me ayudaría en mi depresión.
Tendría que olvidar a Johana. Había salido con ella durante 7 largos años, des de que tenía 13 años. Es más, se había mudado a mi apartamento. Y aquella mañana, en nuestra pelea, se había ido. Aún había cosas suya y eso no me ayudaba demasiado en la faena de olvidar a Johana.

RAZÓN NÚMERO DOS
Su sonrisa. La número uno era la primera vez que la vi, a ella. La número dos, la primera vez que la vi sonreír, realmente, feliz.
Al día siguiente de mi compra en aquel Starbucks, Johana había enviado a una amiga suya, Emma, a recoger sus cosas. Ella, como ya era de esperar, no tenía la dignidad suficiente para dejarse ver. Y como yo no quería ver como mi apartamento se iba haciendo cada vez más mio, más solo, más yo, decidí irme a darme una vuelta. 
Por suerte, había parado de llover. Era Lunes. Un Lunes cualquiera de Noviembre. Iba por la calle. No se donde iba. Mis pies andaban solos. Me fijaba en los escaparates de las tiendas. Dentro de poco ya pondrían las luces de Navidad, ya se verían enamorados besándose apasionadamente a la luz de la Luna, niños deseando tener aquel coche de juguete, niñas deseando aquella Barbie con la que jugarían cada día que pudieran y abuelos con lágrimas en los ojos pensando que tal vez, sólo tal vez, aquella sería su última Navidad.
Me recorrí media ciudad en poco más de media hora. Y entonces la vi. Vi a Miriam por segunda vez en mi vida.
Iba de la mano de un joven, alto, rubio, ojos azules y con una brillante sonrisa. Por la felicidad que tenían los dos, seguramente estarían saliendo.
La sonrisa de Miriam podría haber enamorado a cualquier chico. Yo la recordaba, mentiría si no reconociera. que había pensado en ella cada maldito segundo durante aquella noche.
Pero ahora me daba cuenta de que era una tontería, ella tenía novio, y se les veía muy felices, pero al menos, la podría ver de vez en cuando. Pues tenía que pasar por el Starbucks para ir a trabajar cada mañana, y seguramente, un día o otro, le vería.
Esa tontería me haría sonreír, quisiera o no. Una chica preciosa con la que había mantenido una conversación de no más de medio minuto. Y mientras no arreglase la cafetera, podría seguir hablando con ella, siempre que trabajase aquel día.
De vuelta a mi apartamento me dí cuanta de que empecé a sonar como un paranoico, pues solo la había visto 2 veces, ella tenía novio y seguramente, ni me reconocería. 
Llegue a casa y Emma aún estaba. Joder, si que tenía mierda Johana en mi apartamento. Vi que se quedo mirando una foto mía y de Johana, y me miro preocupada.
-¿Quieres quedártela?- me pregunto.
Cogí el marco y lo tiré al suelo. Se rompió en mil pedazos. Quité la foto y se la di de mala gana.
-Que se la quede, yo ya no quiero nada de ella.

RAZÓN NÚMERO 3.
Sus lagrimas.
No tardé en verlas. Y si no las hubiera visto, jamás hubiera podido responder a la pregunta de “100 cosas por las que te amo”. 
Aquella noche, bajé a tirar la basura. Yo vivía en uno de los barrios más “chungos” de Nueva York donde, las noches siempre han sido peligrosas, siempre. Baje por la escalerilla de incendios por que me dio realmente mucho palo ir por el vestíbulo. El suelo estaba mojado. Había vuelto a llover aquella tarde. Deje la bolsa de basura en el container y escuche gritos de una chica. Me asusté y fui hacia el chillido. Era en medio la calle.
La luz de la farola estaba fundida, así que no pude ver con claridad de quien se trataba, que chillaba, solo pude ver que era una chica. Y un chico. Y un cuchillo clavado en la cintura de la chica. Me quedé de piedra.
La habían apuñalado. Saqué el valor de donde nunca lo he tenido ni nunca más lo tuve y empuje al chico, pudiendo arrancar rápidamente el cuchillo de la cintura de la chica, cosa que hizo que esta soltara un repentino chillido de dolor, y amenacé al chico con el cuchillo.
-Vete de aquí si no quieres que te parta la cara.-Me acerqué a él con el cuchillo y se fue corriendo. 
Me di la vuelta, la chica estaba en el suelo, sosteniéndose la herida de el cuchillo con la mano. Levanto la vista, y pude ver sus lágrimas.
Era ella. Era ella de nuevo.
Le tendí la mano sin decir nada y la ayudé a levantarse. Me dio las gracias con un susurro de voz. Quiso irse, pero no la deje. Le agarre la mano. Había un charco de sangre en sus pies, su camiseta estaba empapada de sangre. 
-Sube a casa, puedo curártelo.
La subí en brazos hasta mi apartamento, no podía aguantar que hiciera algún tipo de esfuerzo que la hiciera hacerse más daño. Se tumbó en el sofá y se levanto la camiseta. Daba bastante asco, la verdad. Tenía un buen corte, pero podría curarse lo.
-Te va a doler un poco.


RAZÓN NÚMERO4
Su sinceridad.
La verdad es que apreciaba su sinceridad a la hora de contarme cualquier cosa. Y esa noche me lo demostró.
Cuando paré de curarle la herida de el vientre, la invité a que se quedara a casa y que me contara que había pasado, al menos, por el echo de que yo la había salvado.
Ella acepto plenamente.
-Me llamo Miriam, y bueno...el era mi novio.
Dijo era y eso me hizo que me sintiera algo mejor, pues al menos ahora ya no tenía novia. Asentí con la cabeza y la escuche.
-Se llama Tom. Estábamos bien, bueno...no mucho. Yo tengo 19 años y el 24. Salimos des de hace 3 años. El siempre ha estado muy en contra de todo lo que yo hacía. No me dejaba salir con mis amigas. Y siempre nos peleábamos. Y hace poco, pues, cuando nos peleábamos, acababa pegan dome. Según el, me lo merezco. Esta mañana, he estado con mi hermano por la calle y el se ha puesto muy celoso. El cree que mi hermano y yo tenemos algo más que la típica relación entre hermanos, pero no es así. El se equivoca. El caso es que me ha apuñalado. Me ha dicho que no merecía vivir.
Se paró en seco. Se puso a llorar y se me rompió el alma. Ella lo estaba pasando mal, muy mal. Aquel idiota, le había pegado. Nadie nunca tendría que pegar a una mujer.
La abracé. Mi madre había sufrido abuso por parte de mi padre durante toda la niñez. Mi madre no pudo salir de el. Acabo muerta un día por una de sus palizas. Y no iba a dejar que nadie pasara por lo mismo.
Por ello trabajaba en la seguridad social ayudando a mujeres con ese tipo de problemas.
-Miriam, yo puedo ayudarte. Para empezar, denúnciela.
-No puedo, no puedo. Irá a peor. Si le denuncio...
-Si le denuncias, parará. Yo estaré aquí para protegerte. 

RAZÓN NÚMERO 4
Sus miedos.
La convencí para que se quedara a dormir. Le dije que era muy peligroso que saliera a la calle, tal vez el seguiría esperando la en el portal, o en la puerta de su casa.
Llamó a sus padres, ella vivía con ellos. Les explicó que se quedaba a dormir a casa de una amiga, que ya iría mañana por la mañana. La deje dormir en mi cama. Aunque ella no se hubiera quedado, tampoco hubiera querido quedarme a dormir en ella. Me recordaba a Johana. Johana ahora era mi debilidad y casi todo me recordaba a ella.
Así que le deje una camiseta mía, un pantalón de chándal y yo me quedé a dormir en el sofá,
Mi apartamento era de alquiler, tenía una simple habitación, un comedor-cocina y un lavabo. La verdad es que no necesitaba mucho más. Por el día trabajaba en el centro sociocultural, ayudando a mujeres con todo tipo de maltrato.
Si podía, no estaba en casa durante al menos, 12 horas. Me debía a aquellas mujeres.
Y esa era, supongo, una de las razones por las que Johana me dejó. Yo nunca tenía tiempo para ella. Pero es que, se lo debía todo al centro sociocultural. Esas mujeres me necesitaban más que Johana. 
Johana no trabajaba, estudiaba por Internet. Se pasaba el día en casa.

Me levanté pronto. Llevaría a Miriam al centro, la inscribiría e intentaríamos por todos los medios convencerla para que denunciara a ese...llamemos le personaje.
Cuando me levanté ella ya estaba despierta, mirando el techo de el comedor, con cara de dolor.
-¿Te duele?- le dije mientras le preparaba un café.
-Un poco. 
Asentí con la cabeza. Tal vez tendría que haberla llevado a urgencias, pero no, entonces si que no la hubiera podido ayudar, pues se habrían puesto por medio los policías, entonces ella hubiera tenido más miedo. Siempre ocurría lo mismo.
-No hace falta que me ayudes, de verdad.-se tomó el café rápido- No quiero ser una molestia, me iré a casa. Gracias por todo.
-No eres una molestia. Trabajo con gente como tu, podemos ayudarte.
Ella me miro. Pedía ayuda a gritos. Gritos ahogados que nunca lograría decir.
-Vamos a la oficina.
-No.
Me quedé parado de golpe. ¿No quería ir a la oficina donde la ayudaríamos? Podríamos, juntos, lograr que ella estuviera mejor, que saliera de aquel pozo sin fondo. Pero ella no quería.
-¿Por que no?
-Me da miedo salir a la calle.

RAZÓN NÚMERO 5.
Su cabezonería. 
Si no quería hacer algo, no lo hacía. Si le daba miedo bajar a la calle, nunca bajaría. ¿Por que? Por que le daba miedo. Y punto. No había nada más que hablar.
Le agarré de la mano.
-Confía en mi, yo te protegeré.
-¿Confiar en ti? ¿Como? No se ni como te llamas.
Caí en la cuenta de que no me había presentado. Vale, tenía que presentarme.
-Me llamo Jonh.
-Encantada.
-Ahora, que ya sabes como me llamo, confía en mi. Yo protegeré de ti. Como anoche, ¿recuerdas?
Asintió con la cabeza. Abrí la puerta de el apartamento. Al principio no quería avanzar. Tuve que tirar de ella más de una vez, como si fuera una niña pequeña. Como si fuera mi niña pequeña.
Bajemos al vestíbulo, y luego, ya no quiso dar ni un paso más.
-No puedo, pídeme lo que quieras. Pero esto no. 
Le daba miedo pisar la calle, y lo entendía. El podría estar por allí, esperándola. Pero yo no iba a permitir que una hipótesis, por remota que fuera, ocupara su cabeza como un cáncer y no la dejara moverse.
-Hagamos una cosa.
-No, no puedo.
-Escúchame- le cojí fuerte las dos manos y le mire a los ojos. Respiré hondo.- Llamaré a un taxi. No tendrás que pisar la calle. Sólo un par de metros. Sólo hasta el taxi. ¿De acuerdo?
Asintió con la cabeza.
Telefoneé a un taxi, le dije que era urgente. Tardaron apenas 5 minutos en venir. Cuando el taxi se paro delante de la puerta de el portal, la mire a los ojos.
-Solo unos metros....

RAZÓN NÚMERO 6.
Su sencillez.
Bajemos de el taxi. El trayecto apenas duró un par de minutos. En esos minutos, no intercambiemos ni una sola palabra. Nada de nada. Ella miraba por la ventana. Había dejado de llover. Era Martes. Las calles de Nueva York estaba llenas a rebosar.
Lleguemos a el centro sociocultural, no me costo convencerla para que saliera del taxi, caminara unos metros y se metiese dentro. Lo hizo ella ya de por si, pues el taxi no es que tuviera una olor a flores, precisamente.
Nos metimos dentro de el centro. La acompañé hasta mi despacho.
-Buenos días Jonh, ha venido la señora...- me dijo Manci, la chica que se encargaba de dar hora a todas las mujeres.
-Posponlo para mañana. Hoy tengo el día lleno.
-Pero es una emergencia...
-Manci, esto si que es una emergencia.
La miré con una mirada asesina que hizo que dejara de preguntar y se fue a su despacho. Le dije a Miriam que se sentara. 
Ella no había dormido, pero estaba preciosa. No había dormido nada, y era normal. Cada vez que a una mujer la maltratan, es muy difícil que aquella noche pueda dormir. La preocupación te puede. Las preguntas. El “¿Por que a mi?”, el “debe de haber sido un error, es culpa mía”.. Eso era lo que yo intentaba que no sucediera. 
Que se echara las culpas a ella. No era su culpa. Que un hombre abuse de ti no es tu culpa. Es la suya. Únicamente suya. Y pese a que yo no tenía ningún estudio sobre psicología, es más, había acabado el instituto y ya esta, sabía como se sentía una mujer, pues mi madre paso por ello.
-Lo primero de todo, es decirte que tu no tienes culpa de nada, ¿de acuerdo?
-Si que la tengo.-dijo ella.
-Miriam, ¿de que tienes culpa?
-Pues de haberme comportado mal con él.
Era lo típico. Él hacía creer a ella que era una zorra por hacer cosas normales, que toda mujer o chica hace a su edad. Y ese era el problema. Cuanto más tiempo te maltratan, más te entra en la cabeza que la culpa es tuya. Y peor lo pasas.
-No, no lo es. Que él no se sepa controlar no es tu culpa. ¿Que has echo tu de mal?
Se quedó en silencio. Solía pasar. Cuando preguntas eso, la gente se queda callada. No, no había echo nada mal. Entonces buscas en tu consciencia algo, algo que te haga pensar “Esto, esto estuvo mal”. La mayoría de las veces, no encuentras nada. Y te callas. Y bajas la cabeza.
Y eso es lo que hizo ella. Estaba despeinada, tenía unas ojeras tremendas, le debía de doler mucho el corte, pero se le dibujaba una bonita sonrisa en sus ojos.
-Vayamos a tomar un café.

RAZÓN NÚMERO 7.
Sus ganas de hablar.
En el centro teníamos una cafetera y un par de pastas, para charlar en la sala de espera, y tal. Le hice un café a ella, y otro a mi, el que sería el 2 para los dos de aquella mañana, y cogimos un par de magdalenas. Volvimos a mi despacho y aparté todos los papeles que tenia encima de la mesa para poder comer tranquilamente.
-He de darte las gracias por lo que hiciste ayer por mi.
-De eso trabajo.
Hizo una pausa. Le dio un mordisco a su magdalena.
-Si no hubiera sido por ti, no hubiera podido salir de allí.
-El destino.
-El destino..-susurró ella con un hilo de voz.
Me miro a los ojos. Sonrió. Hacía 2 días que la conocía, hacía 2 días que la había visto sonreír. Era raro, extraño. Era demasiado perfecto. Yo, que era un hombre de ilusionarme rápido, podría jurar y perjurar que aquella mujer me traía loco. 
-¿Por que te dedicas a esto? ¿No te parece muy deprimente?
-¿Deprimente?- dije yo riendo.
-Si, es decir- se puso a reír- tantos dramas...¿No hacen que te sientas mal? Por que, debe de haber gente que lo pasa realmente mal.
-Los dramas ayudan a evadirte de tu realidad, de tu mundo, de tu vida.
-Eso no es siempre bueno.
Tenía razón. Eso era lo malo de mi trabajo. Como decía siempre Johana “amas más a esas mujeres que a mi”. Era cierto. Ellas eran unas luchadoras. Merecían todo el tiempo de el mundo.
-A veces necesitas evadirte. Ver otras vidas. Poder salvarlas.
-¿Has salvado muchas vidas?
Me quedé pensando un buen rato. Tal vez no, tal vez el destino había salvado esas vidas. El destino había echo que mi madre muriera, que me diera cuenta de lo que realmente merecía la pena. Tal vez el destino tendría que llevarse el merito de haber conocido tanta gente, de mi “don”. Tal vez era eso, y no mi fuerza de voluntad.
-Yo creo que he salvado la tuya. Y tu vida es mi mundo.
Me dí cuenta de que sonó muy cursi, muy pasteloso, muy ñoño. Pero ya era demasiado tarde para retirarlo. Era la verdad. La pura verdad.

RAZÓN NÚMERO 8
Su timidez.
Cuando le dije eso, se puso roja, muy roja. Y se le escapo una risa nerviosa. A mi también.
-Vaya, nadie me había dicho eso nunca.- dijo ella sonriendo.
-Entonces, es como si no hubieras vivido, si en esta vida no te dicen cosas bonitas, que te hagan volverte a ilusionar...¿de que sirve vivir?
-Eres idéntico a mi. Piensas las cosas, le das vueltas hasta tener una solución. Y luego, lo dices hablando solo. Pensando en voz alta, sin miedo a que suene cursi.
Yo era así. Un dramático. Un filosófico de la vida. Alguien que ha visto la muerte en los ojos de casi todas las mujeres que había conocido. Alguien que veía a una chica como un princesa, como una reina, y no como una simple chica.
-Tu eres diferente a las mujeres con las que he tratado siempre. Pese a lo que has vivido, sigues sonriendo. Sigues volviendo a reír. Sigues con ganas de vivir. Tu eres diferente.
Nos acabemos las magdalenas y fuimos ha tirar el baso de plástico. Se me había echo tarde, bastante tarde. Había quedado con ir a reparar la cafetera, pero no podía irme. Tenía mucha faena en la oficina, ella tendría que irse a casa, si quería, claro.
-¿Vas a irte a tu casa o prefieres quedarte en la mía?
Sonó muy borde y frío. Lo corregí.
-Quiero decir que, puedes quedarte en mi casa. Así al menos no estaré solo, ni tu y podré ayudarte...
-Claro. Iré a buscar ropa a casa.
-¿Te ves con fuerzas como para salir sola a la calle?
Se paro en seco. Lo había olvidado. Hablando conmigo se había olvidado de todo en cuanto le había pasado.
-Creo que si.

RAZÓN NÚMERO 9.
Su ausencia.
Cuando se iba, la echaba de menos. Y la primera vez que me di cuenta, fue aquel mismo día.
Ella se había ido, hacía apenas 5 minutos, a casa de sus padres a por algo de ropa. Había llamado a un taxi para no correr el peligro de que tuviera que andar sola por la calle, cuando el podría estar al asecho. Mientras yo, haría tiempo. Llamé a Manci para que se pasará por mi despacho cuando quisiera, y por lo visto ella también estaba tan aburrida como yo, pues vino enseguida.
-Dime Jonh.
-Siéntate, anda- dije con una sonrisa.
Manci y yo eramos como uña y carne. Pasábamos muchas horas juntos, en la oficina. Y luego, siempre quedábamos algún día para ir a un bar cualquiera a tomar algo. A Johana eso no le hacía gracia. Nada de gracia. Ella siempre había pensado que yo y Manci teníamos algo. Pero no había nada más que una buena amistad. A más, Manci tenía novio. Y estaba muy contenta con él.
-Es algo arriesgado, pero es perfecta- le dije, hablando de Miriam.
-¿No crees que tendrías que conocerla mejor?.
-Es el destino Manci. El destino ha echo que la conozca.
-Ya sabes que pienso yo sobre el destino.
Manci siempre había pensado que el destino no existía. Que si pasaba por algo, pasaba. Punto. No había mas. Ella no era de las que se paraba a pensar durante horas y horas sobre algo.
-Hazme caso, esta vez va enserio.
-Lo mismo decías de Johana. 
Vaya, dio en el lugar donde más me dolía. Mi pasado siempre era mi punto fuerte, y a la vez, el débil. Mi pasado era aquello que no se podía tocar a no se que yo diera permiso. Mi talón de aquiles.
-No hablemos de ella.
-De ella decías lo mismo, decías que era especial.
-No hablemos de ella, he dicho- alcé el tono de voz.
No me gustaba chillar. No lo aguantaba. Era raro. Me sentía como mi padre. Mi padre, el hombre que pegaba a mi madre. No.
No era un hombre. Alguien que pega a una mujer no se puede hacer llamar un hombre.
Me sentí mal.
-Lo siento Manci, pero no hablemos de ella.- dije en un susurró.

NÚMERO 10.
Y por último, su presencia.
Cuando estaba con ella, no solo la primera vez, sino siempre. Siempre que he estado ha su lado. Siempre que la he odio sonreír, por que, las sonrisas también se oyen.
Llegó de casa de sus padres con una maleta llena de ropa, supuse. Pedimos otro taxi. Esta vez, olía mejor.
Lleguemos a mi apartamento, hicimos un trato: ella dormiría en la cama, yo en el sofá. Le haría un lugar en el armario para sus cosas. No sabía cuanto tiempo iba a quedarse. No tenía ni la menor idea, pero ojalá que fuera mucho. No podía estar solo, en casa. No podía.
Le hice la cena. Cenemos. Me sonrió.
-No se como agradecerte todo esto, de verdad- dijo ella después de cenar.
-Sonríe. Una sonrisa es el mejor regalo que le puedes hacer a un hombre.
Sonrió. Una y otra vez. Se paso, el resto de su vida, sonriendo. 
El resto de mi vida.
El resto de nuestra vida, sonriendo. Siempre. Raro era el día que no sonreía.


-Por esas 10 razones te quiero, Miriam.- vi su cara arrugada, su sonrisa temblorosa, sus ojos verdes que pedían a gritos un segundo más de vida.
-¿Y el resto de nuestra vida? Cuéntamelo.-dijo ella, poco a poco, pues le faltaba cada vez menos para morir.
Yo, que tampoco estaba echo un jovenete, al revés, tenía 1 año más que ella y con la espalda jodida, me acomodé en la silla de al lado de su cama.
-Dividiremos nuestra vida en tres partes: la feliz, la increíble y el final.

Views 22

662 days ago

10 RAZONES PARA AMARTE.
1 Capítulo.
Y entonces ella me preguntó “¿Y por que me amas? ¿Por que has estado toda una vida a mi lado? ¿Por que has aguantado mis chillidos, mis rabietas, mis enfados? ¿Por qué seguiste a mi lado, después de todo?”
Y yo le respondí que tenía 10 razones para amarla y sólo una para dejarla de hacer. Ella, se acomodó sobre su cama, con las pocas fuerzas que le quedaban y me pidió que le contara cada y una de las razones. Sonreí. Había 10 razones por las que le amaba, y seguramente, el tiempo que tardaría en explicarle esas 10 se habría llevado el último segundo de su vida.
Respiré hondo. 10 razones por las que te amo.

RAZÓN NÚMERO UNO.
La primera razón por la que la amaba era por el primer día que la vi. Des de ese maldito segundo se que era ella la razón por la que llovía de esa manera aquella tarde de Domingo, por que el sol lloraba, pues su sonrisa podía iluminar más que él.
Por suerte, había una cafetería abierta, un Starbucks. Pese a que era Domingo, estaba abierta. Necesitaba una dosis de cafeína. Aquella misma mañana Johana me había dejado.
Johana era la chica con la que salía des de el instituto, con la que di mi primer beso. La chica a la que había dedicado cada día de mi adolescencia. Y me había dejado por un Canadiense mucho más alto, mucho más guapo. Mucho más yo.
Y ese mismo día, justamente se me había roto la cafetera de casa. ¿Una señal? No, era una auténtica putada. La cafetera me había costado 100 dolares y seguro que en repararla me gastaría como mínimo 50, así que me salía más a cuenta ir a un Starbucks a por una dosis de cafeína, al menos hasta que tuviera la suficiente dignidad como para que la llevasen a reparar, por décima vez aquel mes.
El Starbucks estaba lleno a reventar, y yo no estaba de humor, así que fui directamente a la barra y allí me atendió ella, sonriendo.
Era raro que alguien, un Domingo a las 5 de la tarde sonriera cuando hacía un día de perros y seguramente llevaría toda la jornada trabajando. Miré la chapa que llevaba en el pecho. “Miriam”. Se llamaba Miriam.
-¿Que te pongo?
Me quedé en blanco. La verdad es que hacía ya un tiempo que no entraba a un Starbucks así que no sabía que pedirme. Mire el cartel de arriba que colgaba en el techo. Hoy me tomaría un Frapuchino.
-Un Frapuchino.
Busqué en mi bolsillo los 4'50 que valía ese agua chirri caliente que tanto necesitaba, se lo dejé encima de la mesa y me fui.
Salí a la calle y estaba aún más llena de gente con paraguas que cuando había entrado a la cafetería. Mi apartamento estaba justamente arriba, así que no tenía que caminar mucho. Subí al piso, encendí el televisor, me tumbe en el sofá y me empecé a tomarme aquel café que no me ayudaría en mi depresión.
Tendría que olvidar a Johana. Había salido con ella durante 7 largos años, des de que tenía 13 años. Es más, se había mudado a mi apartamento. Y aquella mañana, en nuestra pelea, se había ido. Aún había cosas suya y eso no me ayudaba demasiado en la faena de olvidar a Johana.

RAZÓN NÚMERO DOS
Su sonrisa. La número uno era la primera vez que la vi, a ella. La número dos, la primera vez que la vi sonreír, realmente, feliz.
Al día siguiente de mi compra en aquel Starbucks, Johana había enviado a una amiga suya, Emma, a recoger sus cosas. Ella, como ya era de esperar, no tenía la dignidad suficiente para dejarse ver. Y como yo no quería ver como mi apartamento se iba haciendo cada vez más mio, más solo, más yo, decidí irme a darme una vuelta.
Por suerte, había parado de llover. Era Lunes. Un Lunes cualquiera de Noviembre. Iba por la calle. No se donde iba. Mis pies andaban solos. Me fijaba en los escaparates de las tiendas. Dentro de poco ya pondrían las luces de Navidad, ya se verían enamorados besándose apasionadamente a la luz de la Luna, niños deseando tener aquel coche de juguete, niñas deseando aquella Barbie con la que jugarían cada día que pudieran y abuelos con lágrimas en los ojos pensando que tal vez, sólo tal vez, aquella sería su última Navidad.
Me recorrí media ciudad en poco más de media hora. Y entonces la vi. Vi a Miriam por segunda vez en mi vida.
Iba de la mano de un joven, alto, rubio, ojos azules y con una brillante sonrisa. Por la felicidad que tenían los dos, seguramente estarían saliendo.
La sonrisa de Miriam podría haber enamorado a cualquier chico. Yo la recordaba, mentiría si no reconociera. que había pensado en ella cada maldito segundo durante aquella noche.
Pero ahora me daba cuenta de que era una tontería, ella tenía novio, y se les veía muy felices, pero al menos, la podría ver de vez en cuando. Pues tenía que pasar por el Starbucks para ir a trabajar cada mañana, y seguramente, un día o otro, le vería.
Esa tontería me haría sonreír, quisiera o no. Una chica preciosa con la que había mantenido una conversación de no más de medio minuto. Y mientras no arreglase la cafetera, podría seguir hablando con ella, siempre que trabajase aquel día.
De vuelta a mi apartamento me dí cuanta de que empecé a sonar como un paranoico, pues solo la había visto 2 veces, ella tenía novio y seguramente, ni me reconocería.
Llegue a casa y Emma aún estaba. Joder, si que tenía mierda Johana en mi apartamento. Vi que se quedo mirando una foto mía y de Johana, y me miro preocupada.
-¿Quieres quedártela?- me pregunto.
Cogí el marco y lo tiré al suelo. Se rompió en mil pedazos. Quité la foto y se la di de mala gana.
-Que se la quede, yo ya no quiero nada de ella.

RAZÓN NÚMERO 3.
Sus lagrimas.
No tardé en verlas. Y si no las hubiera visto, jamás hubiera podido responder a la pregunta de “100 cosas por las que te amo”.
Aquella noche, bajé a tirar la basura. Yo vivía en uno de los barrios más “chungos” de Nueva York donde, las noches siempre han sido peligrosas, siempre. Baje por la escalerilla de incendios por que me dio realmente mucho palo ir por el vestíbulo. El suelo estaba mojado. Había vuelto a llover aquella tarde. Deje la bolsa de basura en el container y escuche gritos de una chica. Me asusté y fui hacia el chillido. Era en medio la calle.
La luz de la farola estaba fundida, así que no pude ver con claridad de quien se trataba, que chillaba, solo pude ver que era una chica. Y un chico. Y un cuchillo clavado en la cintura de la chica. Me quedé de piedra.
La habían apuñalado. Saqué el valor de donde nunca lo he tenido ni nunca más lo tuve y empuje al chico, pudiendo arrancar rápidamente el cuchillo de la cintura de la chica, cosa que hizo que esta soltara un repentino chillido de dolor, y amenacé al chico con el cuchillo.
-Vete de aquí si no quieres que te parta la cara.-Me acerqué a él con el cuchillo y se fue corriendo.
Me di la vuelta, la chica estaba en el suelo, sosteniéndose la herida de el cuchillo con la mano. Levanto la vista, y pude ver sus lágrimas.
Era ella. Era ella de nuevo.
Le tendí la mano sin decir nada y la ayudé a levantarse. Me dio las gracias con un susurro de voz. Quiso irse, pero no la deje. Le agarre la mano. Había un charco de sangre en sus pies, su camiseta estaba empapada de sangre.
-Sube a casa, puedo curártelo.
La subí en brazos hasta mi apartamento, no podía aguantar que hiciera algún tipo de esfuerzo que la hiciera hacerse más daño. Se tumbó en el sofá y se levanto la camiseta. Daba bastante asco, la verdad. Tenía un buen corte, pero podría curarse lo.
-Te va a doler un poco.


RAZÓN NÚMERO4
Su sinceridad.
La verdad es que apreciaba su sinceridad a la hora de contarme cualquier cosa. Y esa noche me lo demostró.
Cuando paré de curarle la herida de el vientre, la invité a que se quedara a casa y que me contara que había pasado, al menos, por el echo de que yo la había salvado.
Ella acepto plenamente.
-Me llamo Miriam, y bueno...el era mi novio.
Dijo era y eso me hizo que me sintiera algo mejor, pues al menos ahora ya no tenía novia. Asentí con la cabeza y la escuche.
-Se llama Tom. Estábamos bien, bueno...no mucho. Yo tengo 19 años y el 24. Salimos des de hace 3 años. El siempre ha estado muy en contra de todo lo que yo hacía. No me dejaba salir con mis amigas. Y siempre nos peleábamos. Y hace poco, pues, cuando nos peleábamos, acababa pegan dome. Según el, me lo merezco. Esta mañana, he estado con mi hermano por la calle y el se ha puesto muy celoso. El cree que mi hermano y yo tenemos algo más que la típica relación entre hermanos, pero no es así. El se equivoca. El caso es que me ha apuñalado. Me ha dicho que no merecía vivir.
Se paró en seco. Se puso a llorar y se me rompió el alma. Ella lo estaba pasando mal, muy mal. Aquel idiota, le había pegado. Nadie nunca tendría que pegar a una mujer.
La abracé. Mi madre había sufrido abuso por parte de mi padre durante toda la niñez. Mi madre no pudo salir de el. Acabo muerta un día por una de sus palizas. Y no iba a dejar que nadie pasara por lo mismo.
Por ello trabajaba en la seguridad social ayudando a mujeres con ese tipo de problemas.
-Miriam, yo puedo ayudarte. Para empezar, denúnciela.
-No puedo, no puedo. Irá a peor. Si le denuncio...
-Si le denuncias, parará. Yo estaré aquí para protegerte.

RAZÓN NÚMERO 4
Sus miedos.
La convencí para que se quedara a dormir. Le dije que era muy peligroso que saliera a la calle, tal vez el seguiría esperando la en el portal, o en la puerta de su casa.
Llamó a sus padres, ella vivía con ellos. Les explicó que se quedaba a dormir a casa de una amiga, que ya iría mañana por la mañana. La deje dormir en mi cama. Aunque ella no se hubiera quedado, tampoco hubiera querido quedarme a dormir en ella. Me recordaba a Johana. Johana ahora era mi debilidad y casi todo me recordaba a ella.
Así que le deje una camiseta mía, un pantalón de chándal y yo me quedé a dormir en el sofá,
Mi apartamento era de alquiler, tenía una simple habitación, un comedor-cocina y un lavabo. La verdad es que no necesitaba mucho más. Por el día trabajaba en el centro sociocultural, ayudando a mujeres con todo tipo de maltrato.
Si podía, no estaba en casa durante al menos, 12 horas. Me debía a aquellas mujeres.
Y esa era, supongo, una de las razones por las que Johana me dejó. Yo nunca tenía tiempo para ella. Pero es que, se lo debía todo al centro sociocultural. Esas mujeres me necesitaban más que Johana.
Johana no trabajaba, estudiaba por Internet. Se pasaba el día en casa.

Me levanté pronto. Llevaría a Miriam al centro, la inscribiría e intentaríamos por todos los medios convencerla para que denunciara a ese...llamemos le personaje.
Cuando me levanté ella ya estaba despierta, mirando el techo de el comedor, con cara de dolor.
-¿Te duele?- le dije mientras le preparaba un café.
-Un poco.
Asentí con la cabeza. Tal vez tendría que haberla llevado a urgencias, pero no, entonces si que no la hubiera podido ayudar, pues se habrían puesto por medio los policías, entonces ella hubiera tenido más miedo. Siempre ocurría lo mismo.
-No hace falta que me ayudes, de verdad.-se tomó el café rápido- No quiero ser una molestia, me iré a casa. Gracias por todo.
-No eres una molestia. Trabajo con gente como tu, podemos ayudarte.
Ella me miro. Pedía ayuda a gritos. Gritos ahogados que nunca lograría decir.
-Vamos a la oficina.
-No.
Me quedé parado de golpe. ¿No quería ir a la oficina donde la ayudaríamos? Podríamos, juntos, lograr que ella estuviera mejor, que saliera de aquel pozo sin fondo. Pero ella no quería.
-¿Por que no?
-Me da miedo salir a la calle.

RAZÓN NÚMERO 5.
Su cabezonería.
Si no quería hacer algo, no lo hacía. Si le daba miedo bajar a la calle, nunca bajaría. ¿Por que? Por que le daba miedo. Y punto. No había nada más que hablar.
Le agarré de la mano.
-Confía en mi, yo te protegeré.
-¿Confiar en ti? ¿Como? No se ni como te llamas.
Caí en la cuenta de que no me había presentado. Vale, tenía que presentarme.
-Me llamo Jonh.
-Encantada.
-Ahora, que ya sabes como me llamo, confía en mi. Yo protegeré de ti. Como anoche, ¿recuerdas?
Asintió con la cabeza. Abrí la puerta de el apartamento. Al principio no quería avanzar. Tuve que tirar de ella más de una vez, como si fuera una niña pequeña. Como si fuera mi niña pequeña.
Bajemos al vestíbulo, y luego, ya no quiso dar ni un paso más.
-No puedo, pídeme lo que quieras. Pero esto no.
Le daba miedo pisar la calle, y lo entendía. El podría estar por allí, esperándola. Pero yo no iba a permitir que una hipótesis, por remota que fuera, ocupara su cabeza como un cáncer y no la dejara moverse.
-Hagamos una cosa.
-No, no puedo.
-Escúchame- le cojí fuerte las dos manos y le mire a los ojos. Respiré hondo.- Llamaré a un taxi. No tendrás que pisar la calle. Sólo un par de metros. Sólo hasta el taxi. ¿De acuerdo?
Asintió con la cabeza.
Telefoneé a un taxi, le dije que era urgente. Tardaron apenas 5 minutos en venir. Cuando el taxi se paro delante de la puerta de el portal, la mire a los ojos.
-Solo unos metros....

RAZÓN NÚMERO 6.
Su sencillez.
Bajemos de el taxi. El trayecto apenas duró un par de minutos. En esos minutos, no intercambiemos ni una sola palabra. Nada de nada. Ella miraba por la ventana. Había dejado de llover. Era Martes. Las calles de Nueva York estaba llenas a rebosar.
Lleguemos a el centro sociocultural, no me costo convencerla para que saliera del taxi, caminara unos metros y se metiese dentro. Lo hizo ella ya de por si, pues el taxi no es que tuviera una olor a flores, precisamente.
Nos metimos dentro de el centro. La acompañé hasta mi despacho.
-Buenos días Jonh, ha venido la señora...- me dijo Manci, la chica que se encargaba de dar hora a todas las mujeres.
-Posponlo para mañana. Hoy tengo el día lleno.
-Pero es una emergencia...
-Manci, esto si que es una emergencia.
La miré con una mirada asesina que hizo que dejara de preguntar y se fue a su despacho. Le dije a Miriam que se sentara.
Ella no había dormido, pero estaba preciosa. No había dormido nada, y era normal. Cada vez que a una mujer la maltratan, es muy difícil que aquella noche pueda dormir. La preocupación te puede. Las preguntas. El “¿Por que a mi?”, el “debe de haber sido un error, es culpa mía”.. Eso era lo que yo intentaba que no sucediera.
Que se echara las culpas a ella. No era su culpa. Que un hombre abuse de ti no es tu culpa. Es la suya. Únicamente suya. Y pese a que yo no tenía ningún estudio sobre psicología, es más, había acabado el instituto y ya esta, sabía como se sentía una mujer, pues mi madre paso por ello.
-Lo primero de todo, es decirte que tu no tienes culpa de nada, ¿de acuerdo?
-Si que la tengo.-dijo ella.
-Miriam, ¿de que tienes culpa?
-Pues de haberme comportado mal con él.
Era lo típico. Él hacía creer a ella que era una zorra por hacer cosas normales, que toda mujer o chica hace a su edad. Y ese era el problema. Cuanto más tiempo te maltratan, más te entra en la cabeza que la culpa es tuya. Y peor lo pasas.
-No, no lo es. Que él no se sepa controlar no es tu culpa. ¿Que has echo tu de mal?
Se quedó en silencio. Solía pasar. Cuando preguntas eso, la gente se queda callada. No, no había echo nada mal. Entonces buscas en tu consciencia algo, algo que te haga pensar “Esto, esto estuvo mal”. La mayoría de las veces, no encuentras nada. Y te callas. Y bajas la cabeza.
Y eso es lo que hizo ella. Estaba despeinada, tenía unas ojeras tremendas, le debía de doler mucho el corte, pero se le dibujaba una bonita sonrisa en sus ojos.
-Vayamos a tomar un café.

RAZÓN NÚMERO 7.
Sus ganas de hablar.
En el centro teníamos una cafetera y un par de pastas, para charlar en la sala de espera, y tal. Le hice un café a ella, y otro a mi, el que sería el 2 para los dos de aquella mañana, y cogimos un par de magdalenas. Volvimos a mi despacho y aparté todos los papeles que tenia encima de la mesa para poder comer tranquilamente.
-He de darte las gracias por lo que hiciste ayer por mi.
-De eso trabajo.
Hizo una pausa. Le dio un mordisco a su magdalena.
-Si no hubiera sido por ti, no hubiera podido salir de allí.
-El destino.
-El destino..-susurró ella con un hilo de voz.
Me miro a los ojos. Sonrió. Hacía 2 días que la conocía, hacía 2 días que la había visto sonreír. Era raro, extraño. Era demasiado perfecto. Yo, que era un hombre de ilusionarme rápido, podría jurar y perjurar que aquella mujer me traía loco.
-¿Por que te dedicas a esto? ¿No te parece muy deprimente?
-¿Deprimente?- dije yo riendo.
-Si, es decir- se puso a reír- tantos dramas...¿No hacen que te sientas mal? Por que, debe de haber gente que lo pasa realmente mal.
-Los dramas ayudan a evadirte de tu realidad, de tu mundo, de tu vida.
-Eso no es siempre bueno.
Tenía razón. Eso era lo malo de mi trabajo. Como decía siempre Johana “amas más a esas mujeres que a mi”. Era cierto. Ellas eran unas luchadoras. Merecían todo el tiempo de el mundo.
-A veces necesitas evadirte. Ver otras vidas. Poder salvarlas.
-¿Has salvado muchas vidas?
Me quedé pensando un buen rato. Tal vez no, tal vez el destino había salvado esas vidas. El destino había echo que mi madre muriera, que me diera cuenta de lo que realmente merecía la pena. Tal vez el destino tendría que llevarse el merito de haber conocido tanta gente, de mi “don”. Tal vez era eso, y no mi fuerza de voluntad.
-Yo creo que he salvado la tuya. Y tu vida es mi mundo.
Me dí cuenta de que sonó muy cursi, muy pasteloso, muy ñoño. Pero ya era demasiado tarde para retirarlo. Era la verdad. La pura verdad.

RAZÓN NÚMERO 8
Su timidez.
Cuando le dije eso, se puso roja, muy roja. Y se le escapo una risa nerviosa. A mi también.
-Vaya, nadie me había dicho eso nunca.- dijo ella sonriendo.
-Entonces, es como si no hubieras vivido, si en esta vida no te dicen cosas bonitas, que te hagan volverte a ilusionar...¿de que sirve vivir?
-Eres idéntico a mi. Piensas las cosas, le das vueltas hasta tener una solución. Y luego, lo dices hablando solo. Pensando en voz alta, sin miedo a que suene cursi.
Yo era así. Un dramático. Un filosófico de la vida. Alguien que ha visto la muerte en los ojos de casi todas las mujeres que había conocido. Alguien que veía a una chica como un princesa, como una reina, y no como una simple chica.
-Tu eres diferente a las mujeres con las que he tratado siempre. Pese a lo que has vivido, sigues sonriendo. Sigues volviendo a reír. Sigues con ganas de vivir. Tu eres diferente.
Nos acabemos las magdalenas y fuimos ha tirar el baso de plástico. Se me había echo tarde, bastante tarde. Había quedado con ir a reparar la cafetera, pero no podía irme. Tenía mucha faena en la oficina, ella tendría que irse a casa, si quería, claro.
-¿Vas a irte a tu casa o prefieres quedarte en la mía?
Sonó muy borde y frío. Lo corregí.
-Quiero decir que, puedes quedarte en mi casa. Así al menos no estaré solo, ni tu y podré ayudarte...
-Claro. Iré a buscar ropa a casa.
-¿Te ves con fuerzas como para salir sola a la calle?
Se paro en seco. Lo había olvidado. Hablando conmigo se había olvidado de todo en cuanto le había pasado.
-Creo que si.

RAZÓN NÚMERO 9.
Su ausencia.
Cuando se iba, la echaba de menos. Y la primera vez que me di cuenta, fue aquel mismo día.
Ella se había ido, hacía apenas 5 minutos, a casa de sus padres a por algo de ropa. Había llamado a un taxi para no correr el peligro de que tuviera que andar sola por la calle, cuando el podría estar al asecho. Mientras yo, haría tiempo. Llamé a Manci para que se pasará por mi despacho cuando quisiera, y por lo visto ella también estaba tan aburrida como yo, pues vino enseguida.
-Dime Jonh.
-Siéntate, anda- dije con una sonrisa.
Manci y yo eramos como uña y carne. Pasábamos muchas horas juntos, en la oficina. Y luego, siempre quedábamos algún día para ir a un bar cualquiera a tomar algo. A Johana eso no le hacía gracia. Nada de gracia. Ella siempre había pensado que yo y Manci teníamos algo. Pero no había nada más que una buena amistad. A más, Manci tenía novio. Y estaba muy contenta con él.
-Es algo arriesgado, pero es perfecta- le dije, hablando de Miriam.
-¿No crees que tendrías que conocerla mejor?.
-Es el destino Manci. El destino ha echo que la conozca.
-Ya sabes que pienso yo sobre el destino.
Manci siempre había pensado que el destino no existía. Que si pasaba por algo, pasaba. Punto. No había mas. Ella no era de las que se paraba a pensar durante horas y horas sobre algo.
-Hazme caso, esta vez va enserio.
-Lo mismo decías de Johana.
Vaya, dio en el lugar donde más me dolía. Mi pasado siempre era mi punto fuerte, y a la vez, el débil. Mi pasado era aquello que no se podía tocar a no se que yo diera permiso. Mi talón de aquiles.
-No hablemos de ella.
-De ella decías lo mismo, decías que era especial.
-No hablemos de ella, he dicho- alcé el tono de voz.
No me gustaba chillar. No lo aguantaba. Era raro. Me sentía como mi padre. Mi padre, el hombre que pegaba a mi madre. No.
No era un hombre. Alguien que pega a una mujer no se puede hacer llamar un hombre.
Me sentí mal.
-Lo siento Manci, pero no hablemos de ella.- dije en un susurró.

NÚMERO 10.
Y por último, su presencia.
Cuando estaba con ella, no solo la primera vez, sino siempre. Siempre que he estado ha su lado. Siempre que la he odio sonreír, por que, las sonrisas también se oyen.
Llegó de casa de sus padres con una maleta llena de ropa, supuse. Pedimos otro taxi. Esta vez, olía mejor.
Lleguemos a mi apartamento, hicimos un trato: ella dormiría en la cama, yo en el sofá. Le haría un lugar en el armario para sus cosas. No sabía cuanto tiempo iba a quedarse. No tenía ni la menor idea, pero ojalá que fuera mucho. No podía estar solo, en casa. No podía.
Le hice la cena. Cenemos. Me sonrió.
-No se como agradecerte todo esto, de verdad- dijo ella después de cenar.
-Sonríe. Una sonrisa es el mejor regalo que le puedes hacer a un hombre.
Sonrió. Una y otra vez. Se paso, el resto de su vida, sonriendo.
El resto de mi vida.
El resto de nuestra vida, sonriendo. Siempre. Raro era el día que no sonreía.


-Por esas 10 razones te quiero, Miriam.- vi su cara arrugada, su sonrisa temblorosa, sus ojos verdes que pedían a gritos un segundo más de vida.
-¿Y el resto de nuestra vida? Cuéntamelo.-dijo ella, poco a poco, pues le faltaba cada vez menos para morir.
Yo, que tampoco estaba echo un jovenete, al revés, tenía 1 año más que ella y con la espalda jodida, me acomodé en la silla de al lado de su cama.
-Dividiremos nuestra vida en tres partes: la feliz, la increíble y el final.

0 Comments

Realtime comments disabled